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Año IV - Nº 253
Uruguay,   28 de setiembre del 2007
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Fernando Pintos

Esa enorme virtud de Fidel Castro

por Fernando Pintos
 
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            Hace algunos años ya de esto que voy a relatar, en una recepción me encuentro con Marco Augusto Quiroa, quien era —¿acaso alguien lo ignora?— uno de los mejores pintores guatemaltecos del siglo XX y además un excelente escritor. Con El Maistro Quiroa mantuvimos, durante muchos años, una relación cordial que se asentaba sólidamente en valores tales como respeto, aprecio y tolerancia.

            Por aquel entonces, yo escribía una columna semanal para el matutino «Siglo Veintiuno», la cual se denominaba «Trinchera». Marco Augusto se puso a reír con el tono campechano que le caracterizaba y me explicó cuánto disfruta con mis artículos urticantes sobre Fidel Castro. Por supuesto que se trataba de un comentario sarcástico, pues Quiroa defendía y admiraba al personaje. Sonriendo, El Maistro y agregó que también se divertía mucho con lo que otros columnistas de tendencia similar a la mía —como Luis Enrique Pérez, Alfred Kaltschmitt, Mario David García o Estuardo Zapeta— solían escribir acerca del hombre de la barba. Como todos habrán comprendido a estas alturas, Marco Augusto Quiroa y yo sosteníamos posiciones ideológicas radicalmente opuestas.

            Entonces, me tocó el turno de sonreír. Y le contesté a mi amigo que, en el fondo, yo apreciaba profundamente a Fidel Castro, puesto que de él dependía, en cierta medida. Y me extendí, con el propósito de explicarme mejor: es bien sabido que los columnistas siempre tenemos —y tememos— unas fechas fatídicas, que en mucho se parecen a aquellas legendarias calmas chichas oceánicas que, en siglos anteriores, cuando primaba la navegación a vela, sembraban el pánico entre la gente de mar. Ya que se tratase de una sequía temática, una anemia verbal o un coma creativo, ellas rondaban siempre amenazantes a quienes escriben… Y existían pocas amenazas peores sobre este mundo,  cuando menos para mí. Pero, ¡justa y providencialmente!, cuando todos aquellos ingratos fantasmas irrumpían con la antipática pretensión de condenar a mis lectores a un aburrimiento solemne, comenzaba a otear en todas direcciones y he ahí que casi de inmediato aparecían, recortándose con prístina nitidez sobre mi horizonte, la hirsuta barba mayestática y el gesto imperial de Fidel Castro. Enfocaba entonces mejor mi vista y aquella enorme figura comenzaba a crecer, y crecía más, y aún continuaba haciéndolo… Y acontecía entonces que, casi de inmediato, no era un pequeño salvavidas que flotaba lejos de mi naufragio, sino el hermano mayor del «Titanic», que acudía en mi auxilio a toda máquina. Y entonces yo reparaba, con asombro, tanto en lo injusto de mi olvido como en la providencial presencia de aquel personaje barbudo. Porque todos los días de cada año y las veinticuatro horas de cada jornada, Fidel seguía allí, inamovible, inevitable, resaltable y convertido en un blanco tan espléndido para hacer diana que muy bien se le hubiese podido utilizar en las competencias olímpicas de tiro al blanco para no videntes (tan fácil resultaba acertar en aquel bulto desmesurado). Agregué que Fidel era, para los columnistas, algo tan providencial como lo era la mayonesa para las amas de casa: servía para casi cualquier emergencia y era capaz de transformar un montón de sobras del día anterior en un almuerzo más o menos pasable. Y finalicé diciendo que, tal cual lo veía, era tan fácil acertarle a Castro como lo sería jugar al blanco con unos peces que permanecieran encerrados dentro de un barril.

            Terminada aquella elaborada explicación, Marco Augusto Quiroa y yo volvimos a sonreír cordialmente, porque sabíamos muy bien que la exposición de ideas opuestas no debe conducir, por fuerza —tal cual algunos desgraciados piensan y practican—, a guerras de exterminio, odios jarochos inextinguibles, actitudes cerriles de rechazo o la sistemática satanización de todo aquel que no piense tal como a uno se le pudiese antojar.

            Ha transcurrido ya una década desde aquella grata conversación. El Maistro Quiroa sucumbió a una enfermedad implacable y no habita ya en este mundo. Pero Fidel Castro, o cuando menos su momia (manipulada por maestros de la ventriloquia) ahí sigue, ofreciendo un tema seguro y un blanco ineludible para cualquier columnista que deteste a los tiranos, los liberticidas… Y los ventrílocuos.

 
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