|

Astrid
Tus lánguidos ojos
desde lejos
apenas me dicen
un «sí» o un «no»,
un «te odio»
o un «te quiero»…
Tus ojos callan y siento
doloroso aquí en mi pecho
a cada instante tuyo
de silencio y desprecio…
Tu rostro entre la bruma
no reflejará mi espejo;
tu largo y frondoso cabello
la caricia de tus labios
el perfume de tu piel
el incienso de tu sexo,
o toda la oscura intimidad
de tu femenino deseo…
Todo eso que anhelo y
¡nada de ello que tengo!
Jamás lo podré tener,
esté vivo o sea muerto.
Es por eso que rehúyo
cada febril sentimiento
que quiere ser tuyo
y pugna por sobrevivir
encadenado a tu seno,
hendiendo senderos
de sangre/hiel
en el vacío desolado
de mi pecho.
Porque no quiero
ni puedo, ni debo
encadenarme, por ti
a un interminable sendero
de pétreo y cruel acceso,
asomado al borde mismo
de aquellos despeñaderos
del alma, al último extremo,
digo, del infierno.
Por eso no te miro.
Así es que te desprecio.
Y te parezco distante
y pensarás que te detesto
y cuando así te engañes…
Seré feliz por ello.
Pues cada vez que te acercas
las fuerzas me escapan
en mi decisión tambaleo
(¿acaso no ves que quisiera
gritarte a cada momento,
«mil veces te quiero»?),
cuando al chocarme
la lumbre de tus ojos
bebo amarga miel y siento
caricias lancinantes de fuego
(¿o es que no sientes
que tocarte desea con fiebre
cada célula diminuta
de mi apasionado cuerpo?),
y sigo bebiendo la cicuta
en el brocal de mi infierno,
porque tu mirar me hiere
y moribundo, retrocedo
(¿será que, más allá de tus pupilas
apenas es, tu sentimiento,
un pozo vacío y ciego?),
y me evado hasta el límite
descolorido e incierto
de mi profunda soledad,
arrastrando mi derrota
por pedregales de tormento…
Y ahora yo me alejo,
¿acaso no lo estás viendo?
Estoy febril, en la tarea
de irme hasta lo más lejos,
pero aun sigo escondiendo
¿egoísta o cobarde?
el torrente espeso del dolor
tras mi rostro indiferente
o la displicencia de un gesto,
que parecería decir, «nada»,
hasta el último momento.
Fernando Pintos
|