En el sexagésimo octavo día de su gestión, el gobierno de izquierda uruguaya recibió una contundente muestra del formidable respaldo social con el que cuenta. Ni el más optimista de los frenteamplistas podía pensar que en las elecciones municipales del ocho de mayo ganaría ocho intendencias departamentales. Logró el 60% de los votos de Montevideo luego de quince años de gestión municipal, sin experimentar el menor desgaste y con un candidato outsider, que hasta el día en que fue nominado solo unos pocos militantes conocían.
A pesar de que ya mucha gente ve que la mayoría de las expectativas que despertó el triunfo de la izquierda a nivel nacional demorarán muchos años en concretarse, o directamente no se realizarán, la fuerza gobernante prácticamente no perdió un solo voto de los logrados en octubre pasado.
Los resultados de las elecciones municipales reafirman una peligrosa tendencia hegemónica de la izquierda y cuestiona profundamente la idea de que haya en Uruguay una oposición capaz de sustentar un modelo de desarrollo económico y social alternativo a la propuesta oficial.
Curiosamente, la principal fuerza opositora, el Partido Nacional, sustenta en sus sectores dominantes un modelo económico y social filosóficamente afín y compatible con el del gobierno, diferenciándose más en lenguaje y estilos personales que en propuestas estructurales alternativas. El minoritario sector Herrerista, con un proyecto alternativo mejor estructurado, no logra romper con el esquema clásico de vinculación con el ciudadano basado en la búsqueda de la prebenda y el favor político.
Ante la ausencia de una oposición que apunte a algo más que capitalizar el potencial desgaste y descontento que pudiera generar el actual gobierno, el panorama político uruguayo parece augurar un dominio de la izquierda por varias décadas.
Seguramente blancos y colorados están expectantes, acertadamente convencidos de que hoy la actitud opositora no rinde, especialmente por el oprobioso desprestigio que rodea a la inmensa mayoría de los dirigentes de los partidos tradicionales. Sin embargo, a la luz de la experiencia montevideana estos dirigentes deberían comprender que un gobierno solo paga tributo a su desgaste si es fuertemente cuestionado por una oposición que muestre a la sociedad un camino distinto, realista y creíble.
Particularmente desafiante luce el panorama para los colorados, reducidos a menos del 10% del electorado y privado de toda posición de poder (con excepción de la intendencia de Rivera), fuente tradicional de su reclutamiento de adhesiones. ¿Será capaz el Partido Colorado de refundarse sobre bases distintas que la administración de favores y prebendas que dominó en los últimos veinte años? Una nueva generación de políticos jóvenes, inteligentes y pujantes ha emergido, sobre todo en el sector de la lista 15 del ex presidente Batlle, pero: ¿podrán mostrar un modelo alternativo de país capaz de entusiasmar al elector? ¿Podrán convencer a sectores ciudadanos significativos que la idea ya no es servirse del poder sino buscar una relación institucionalmente más sana del estado con el ciudadano?
La clave para explicar la ausencia de oposición política es la ausencia de oposición cultural e ideológica que cuestione el rol dominante del estado; que defienda decididamente la economía de mercado y la libertad de elegir del ciudadano y del consumidor; que se comprometa con una institucionalidad sana y con el estado de derecho; y mostrando cómo el Uruguay podría formar parte del mundo que funciona sin sentir que por eso se abandonan rasgos que los uruguayos sienten como parte de su identidad: la solidaridad con los más desfavorecidos, la aspiración de igualdad de oportunidades, etc.
No existen en Uruguay instancias para pensar el futuro que no estén en sintonía con las ideas dominantes, es decir, no hay cultura alternativa a la oficial. En esta circunstancia es muy difícil pedirle a las fuerzas políticas que asuman un rol cuestionador de la base de valores y creencias que sustenta la abrumadora mayoría de la gente, pues no es el rol del político enfrentar las convicciones de su electorado.
Por otra parte, hay una responsabilidad de un sector grande de académicos, intelectuales, profesionales, empresarios, periodistas; gente que ha tenido la oportunidad de conocer y experimentar "el mundo que funciona", de involucrarse en el debate de ideas y de hacer su aporte a la reflexión colectiva. También es la hora de las organizaciones e instituciones que nuclean a esas personas: las universidades (la oficial y las privadas), las cámaras empresariales, los institutos de investigación, etc.
Aquel sector de la sociedad civil que sabe que un Uruguay distinto es posible debe salir del aislamiento y la rutina de sus actividades profesionales y académicas y dar el debate de ideas y la luz a un proyecto alternativo que pueda ser recogido por el sistema político.
Si este gobierno opta por protagonizar una reconversión de su sustrato ideológico, cuestionar sus creencias tradicionales y pragmáticamente emprender el camino de las reformas estructurales, va a necesitar entonces de esa elaboración teórica que probablemente no encuentre entre su intelectualidad actual. Si por el contrario elige un camino de izquierda latinoamericana clásica, un populismo a la Chávez sin petróleo, el que va a necesitar de esa elaboración es el país. Si esta última fuera la opción del gobierno, en un par de años estaríamos ante graves problemas de estabilidad económica e institucional.
Algunos uruguayos tienen la idea de que una profunda crisis, una crisis absolutamente terminal del modelo estatista, operaría ideológicamente convenciendo a la gente de la auténtica naturaleza de nuestros problemas. Pero las crisis por sí mismas no le enseñan nada a la gente. Y a la vista está: el país se desplomó en 2002 y nadie aprendió nada. ¿Por qué? Porque el gobierno culpó a los "factores externos" y la oposición al "modelo neoliberal".
Y nadie salió a marcar que la causa central de nuestros problemas radica en que como colectivo social hemos decidido desafiar las reglas básicas de la generación de riqueza por entender que no son lo suficientemente "solidarias" y hemos olvidado que el único camino para superar realmente la pobreza es la generación de auténtica riqueza, y le duela a quien le duela, el único sistema de producción que en la historia ha conseguido generar tal cantidad de riqueza como para elevar sustancialmente el nivel de vida de buena parte de la humanidad es el capitalismo.
A las utopías regresivas de la cultura dominante hay que contrastarlas con el inmenso e innegable triunfo aplastante del capitalismo como sistema de producción. Hasta que alguien se tome el trabajo de levantar sin vergüenza las banderas del auténtico capitalismo, ese que nunca existió en Uruguay, la dicotomía será entre el populismo sui generis del encuentro progresista y el mercantilismo histórico de blancos y colorados. Y en esa competencia, los buenos amigos blancos y colorados perderán por paliza.
| Carlos Álvarez es Coordinador de Programas de CADAL en Uruguay. |
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