Año III - Nº 154 - Uruguay, 28 de octubre del 2005

 
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"Nosotros los pueblos
de las Naciones Unidas"

Recopilación de Jorge Muiño
sobre un texto de Luis Pérez Aguirre

¿Cómo encaminarnos hacia una mundialización positiva para la humanidad, que no suponga un aumento progresivo de la exclusión social, económica y política? Chimalman, sabemos, alcanzó ese nombre ("mano-escudo") una vez que se atrevió a salir al encuentro de Mixcóatl y cuando tuvo la osadía de desnudarse frente a él.

Cuando desvió las flechas negativas que le lanzaba el gran guerrero sin dejarse herir por ellas. Su actitud y su práctica fueron muy sabias y sin precedentes. Es un ejemplo a seguir por nosotros en esta situación inédita de la historia. Se trata de ser capaces de contagiarnos de la actitud de Chimalman y seguir sus pasos siglos después.

Quizás empezando por recuperar la dimensión universal, tanto en la percepción de los problemas como en las soluciones que necesita esta maltrecha humanidad a comienzos de un nuevo milenio. Y las soluciones están al alcance de la voluntad de quienes manejan estas dimensiones. Ha llegado la hora de poner en marcha, a escala planetaria, un nuevo contrato social universal. La Organización de las Naciones unidas ha afirmado por voz activa y pasiva que, con un poco de voluntad política, de solidaridad y coordinación, la erradicación de la pobreza es perfectamente posible.

La breve historia de la organización no ha sido todo lo exitosa que habían deseado sus fundadores, pero el avance hacia sus objetivos de paz y justicia entre los pueblos ha sido sin pausa. El 25 de abril de 1945 los cincuenta gobiernos reunidos en San Francisco comenzaban la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Organización Internacional y redactarían la Carta que sería aprobada días después, el 26 de junio. Un mes y medio después los Estados Unidos lanzaban la bomba de uranio sobre Hiroshima (6 de agosto) inaugurando la era atómica e infinitos interrogantes.

En esa conferencia los gobiernos se habían planeado la meta expresa de salvar a las generaciones futuras del azote de la guerra y al mismo tiempo crear un mundo mejor, más seguro y más justo. Poco después -el primero fue Polonia- se irían uniendo otros Estados a dichos sublimes anhelos hasta llegar a los 185 con que hoy cuenta la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Aquella Carta, que constaba de 111 artículos, entró en vigor el 24 de octubre de ese mismo año al haber sido ratificada por la mayoría de los Estados miembros. Nacía así la ONU con una evidente vocación de paz, de universalidad, neutralidad e igualdad entre los pueblos, con el objetivo de garantizar la seguridad internacional y fomentar las relaciones de amistad entre las naciones para establecer una cooperación internacional ante los problemas económicos, sociales y culturales, de desarrollo y de Derechos Humanos, sirviendo de organización central para los esfuerzos hacia el propósito común. Es lo que establece de manera meridiana el preámbulo de la Carta:
"Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos: a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles; a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de los derechos del hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas; a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes de derecho internacional y a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad."

Mirando a la ONU más de cincuenta años después de esta declaración sublime, nos viene a la mente el viejo axioma escolástico de que "primum in intentione, ultimum e executione" (lo primero que aparece en la intención es lo último en conseguirse). El mundo no estaba ni está preparado para poner en práctica con todas sus consecuencias los mecanismos pacificadores pregonados. Según informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), más de veinte millones de personas murieron en guerras y conflictos desde 1945. El número de soldados (cascos azules) enviados a las zonas de combate por la ONU creció entre 1989 y hoy de 9000 a 500.000. Más de un millar de ellos perecieron en la acción pacificadora.

Las insuficiencias genéticas de la ONU explican que haya tendido siempre mala prensa -no siempre justa- y que exista una sensación generalizada sobre "la ineficacia de la ONU". La verdad es que hoy por hoy la ONU depende en lo político del control que ejercen, a través del Consejo de Seguridad, los cinco miembros permanentes inamovibles, y en lo económico de la reticencia de los Estados miembros a saldar sus deudas, amén del chantaje que muchas veces ejercen los grandes deudores. El mayor son los Estados Unidos.-

Si el problema financiero de la ONU aparece como un callejón sin salida, con un sistema de cuotas que en principio parecía razonable pero que hoy se presta a inevitables abusos, habría que replantearse nuevamente la finalidad de la organización y redefinir el objetivo con mucha más modestia. Pero lo que no puede permanecer tal cual está por más tiempo es el concepto (¿qué significa hoy salvaguardar la paz?), los procedimientos (sobre todo me refiero a la estructura y eficacia del Consejo de Seguridad), y la actual estructura física (separación y dispersión de sedes, plantilla de funcionarios y financiamiento).

Pero si desde su fundación todas estas realidades pueden parecer desalentadoras, si comparamos a la ONU con su antecesora, la Sociedad de Naciones de 1919, aparece como una organización relativamente eficaz. Su historia no es brillante, no se adecua con lo que "debería ser", pero tampoco es inútil o inoperante. En muchas aspectos es enorme el parte que hizo a la humanidad y no podemos olvidar que a nivel planetario es la única organización que integra bajo sus alas a la casi totalidad de los Estados existentes. No tenemos otra equivalente. Permanece como el lugar privilegiado para la negociación entre adversarios, es el "techo común" de los pueblos por más que sea también lo que los gobiernos quieran o hagan de ella. Por el momento esta Organizaciones de Naciones Unidas es el único instrumento de carácter universal que tenemos.

Es inocultable que la ONU es cara, que es insuficiente, pero también es evidente que ha producido, desde sus fundación, muy valiosas resoluciones sobre la paz y la seguridad entre los pueblos, ha resulto conflictos, regulado armamentos, estableciendo normas fundamentales de Derecho Internacional, de cooperación económica y asistencia técnica; ha financiado planes de desarrollo, establecido mecanismo internacionales de protección de Derechos Humanos, protegido refugiados, etcétera. También seremos justos cuando reconozcamos y agradezcamos toda esta labor de la ONU realizada a través de sus cincuenta agencias especializadas.-

Pero consolidar su autoridad moral y demostrar la efectividad, que con impaciencia todos anhelamos en este mundo roto, llevará su tiempo y mucha voluntad política. Habrá que avanzar hacia nuevas iniciativas y sugerencias para dotar a la ONU de mejores instrumentos iniciativas y sugerencias para dotar a la ONU de mejores instrumentos legales y materiales para que cumpla cabalmente sus finalidades originales. Es claro que el tiempo transcurrido, desde la Carta de San Francisco ha descalabrado todas las proyecciones que el mundo se hacía de ella. Además la población mundial se ha más que duplicado desde 1945 y ahora rondamos los 6.200 millones de personas. Junto a los fabulosos recursos con que contamos para crear riqueza y alimentos está paradójicamente la injusticia distributiva, cada vez más insolente, y navegamos en un mundo que tiene parámetros completamente diferentes a los emergentes hace cincuenta años en los acuerdos de parámetros completamente diferentes a los emergentes hace cincuenta años en los acuerdos de Yalta.

El ex - secretario general Brutros-Ghali observaba con finura que "la historia muestra que los que están viviendo en una revolución no son conscientes de la dimensión de los cambios que experimentan". La revolución actual no es una mera acumulación de enormes cambios, sino un cambio total de condiciones generales de vida. Estamos ante un salto cualitativo, en las comunicaciones, los transportes, la capacidad de cálculo y previsión, los avances en medicina, nutrición la tendencia diaria hacia grandes unidades políticas supranacionales.
El mundo que se presenciaba la firma de la Carta de San Francisco hoy se ha evaporado. Ni siquiera estamos en la era de la "posguerra fría" que mira hacia el pasado, sino en lo que se empieza a denominar como la "era global".

Si la intención de aquella Carta hoy quedó lejos de sus esperanzas originales y aparece como "una gota de agua" en medio de un generalizado mar de "cinismo político", si la controversia ideológica de aquellos momentos quedó pulverizada por una división mucho más profunda y trágica ente pobres y ricos, sociedad consumista y hambre, saber inteligente e ignorancia paralizante, la Carta de la ONU nos desafía a tener una mayor imaginación y voluntad política que la demostrada por aquellos visionarios fundadores y sus redactores en San Francisco.

Pienso que si se deja la discusión sobre la reforma de las Naciones Unidas en el marco de los intereses políticos de las potencias Unidas en el marco de los intereses políticos de las potencias mundiales y se es omiso ante las presiones a que está sometida la estructura "onusiana" por parte de ciertos gobiernos, peligra la viabilidad de todo el sistema que tanto ha costado poner en funcionamiento. Es el momento de afirmar con mucho énfasis el rol que deben jugar las organizaciones no gubernamentales, las sociedades civiles (no por casualidad el preámbulo de la Carta comienza diciendo " nosotros , los pueblos de las Naciones Unidas..."). Los pueblos deben asumir un rol primordial en este asunto. Los Estados tiene tantas limitaciones y prioridades políticoeconómicas que les inhiben de llegar a una buena solución. Si los pueblos no se organizan y fuerzan a sus Estados a cambiar, nadie hará el trabajo de solidaridad hoy día tan necesario dentro y fuera de la Organización de las Naciones Unidas.

El momento que se está viviendo al interior de la ONU es malo y tenso. Pero la vida y el destino de pueblos enteros depende de que se salga de este atolladero de la mejor manera posible. Demos trabajar en la dinámica de la esperanza, la que nos dice que incluso entre la basura nacen las flores.-

Extraído textualmente del libro "Desnudo de seguridades - Reflexiones para una acción transformadora" - Luis Pérez Aguirre - que nunca podremos olvidar.- Editorial Trilce - Publicado en marzo de 2001.-