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En el día de la Reelección
* Fernando Pintos
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Esta es, a su manera una historia digna de ser contada. Casi igual que otras como cuando fui al cine a ver "Philadelphia" y volví a la sala de redacción de la revista CRÓNICA, me senté delante de mi computadora Mac y escribí una crítica donde explicaba que a Tom Hanks le deberían otorgar en justicia el Oscar de aquel año por su actuación& Y cité dos escenas: la primera, el primer plano de aquella expresión desesperada, cuando sale de su primera entrevista con el abogado que encarnó Denzel Washington. La segunda, cuando -en una escena que comparte con Washington- está escuchando un pasaje de la ópera "Andrea Chenier", interpretada por María Callas, y le va traduciendo la letra a su amigo (cualquiera que sepa un poco de inglés se habrá dado cuenta de la horrenda traducción que se hizo para los subtítulos, tanto en la exhibición cinematográfica, como en la del cable). Ciertamente, repetí la hazaña, exactamente igual, después de ver en el cine otra gran interpretación de Hanks: "Forrest Gump".
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Pero no me voy a referir a esas dos excelentes películas, pues desde mucho tiempo atrás abandoné la crítica cinematográfica y prefiero la socio-política. Esta semana he vuelto a ver, por CINE CANAL "Independence Day", una película que me trae también recuerdos periodísticos, o sea: acerca de lo que escribí en aquella específica oportunidad acerca de ella. Fue en el mes de septiembre de 1996, cuando yo estaba a punto de viajar, precisamente hacia Uruguay. Ya con un pie prácticamente en el avión, decidí ver "Independence Day, aquella super promocionada película del sello Twentieth Century Fox que fue dirigida por Roland Emmerich y contaba con un reparto nada despreciable. No mencionaré aquí el par de apagones sucesivos con que se adornó aquella memorable exhibición. Tampoco referiré con lujo de detalle incongruencias tales como que, si la cinta estaba anunciada para proyectarse en los cines Próceres 1 y 2, tan sólo se exhibía en el primero de los mencionados& Y ni por broma se me ocurriría que debo comentar técnicamente, o sea, como el crítico de cine que una vez fui, esa carísima producción, con lo cual estaría aburriendo a tirios y troyanos con que si era buena o mala, que si los efectos especiales estaban o no a la altura de la promoción previa, o que si director y elenco satisfacían las expectativas& Nada de eso. En la práctica, comentaré el trasfondo político de la cinta.
Como es bien sabido, existe en Estados Unidos un Establishment al que se denomina liberal -lo cual es un decir-, que domina no sólo a ese partido tan liberalmente llamado Demócrata, sino también a gran parte de los medios masivos de comunicación y, en buena medida, también al show business. De ahí que, cada vez que se instala un presidente republicano en la Casa Blanca, el Establishment sufre dolores de estómago infernales, acideces irredimibles, retortijones agónicos y unos cólicos epilogados por la máxima urgencia. Pero, cuando el ocupante de la mansión es un Kennedy, un Johnson, un Carter o un Clinton, aquellos mismos medios de comunicación que responden al Establishment exultan de euforia espumeante y la industria del espectáculo rezuma mieles empalagosas. Como esa es la norma en lugar de la excepción, y debido a que yo soy un tipo tan difícil y amigo de llevar la contraria -muy al estilo de mi admirado Curzio Malaparte-, resulta que todo eso me cae de la patada.
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De hecho, la campaña reeleccionista del entonces presidente demócrata William Clinton -no ha sido mi amigo como para llamarlo Bill- ya había comenzado muchísimo antes de lo debido -que es como decir, antes de lo ético y decoroso-, cuando la industria del espectáculo comenzó a lanzar películas sobre presidentes norteamericanos. ¡Oh, casualidad! En dos de ellas, se cargaban las tintas sobre los pecados y carencias personales de Richard Nixon. Pero en otra, titulada "The American President", la intención era enfatizar las ventajas de tener a un Clinton al frente del Poder Ejecutivo: Joven, dinámico, tierno, generoso y hasta besable, esto último de acuerdo con las inclinaciones de algún público femenino. Ello se hizo así porque el archiconocido Establishment, inveteradamente fiel a los dictados del diabólico doctor Goebbels y a las virtuosas tortuosidades del más que maquiavélico Laurenti Beria, propalaba y sigue propalando a absurda especie de que todos los demócratas son unos buenos tipos, reservando para los republicanos el escaparate de los estereotipos negativos: que violentos, que egoístas, que codiciosos, que avariciosos, que prepotentes, que insensibles, que militaristas y hasta que expansionistas imperiales& Y habría mucho más por agregar, como bien sabrán mis lectores. En primer término: hacer caso a pies juntillas de lo que pueda decir el Show Business me parece una reverenda estupidez. En segundo término: explicar que todos los que están en una tendencia política son buenos sin excepción, y todos los que están en otra son malos sin remedio, es una cretinada mayúscula. Es como si dijéramos que todos los nacionalófilos (o "nacionalóficos", como nos llamaba Rosas Riolfo) somos unas joyitas, en tanto que todos los peñarolenses o manyas son una semilla del demonio: una verdadera idiotez. Pero cuando el Show Business norteamericano comienza a pintar a cualquier político demócrata como buen tipo, me viene a la mente, casi sin demora, la imagen malévola de aquel muñeco Good Guy de la serie de películas de terror de Chucky. Y para que se vea lo que son los estereotipos: todas las grandes guerras del siglo XX en que Estados Unidos se vio involucrado, fueron obra de presidentes demócratas. Wilson se hizo reelegir prometiendo neutralidad y los metió de narices en la Primera Guerra Mundial. Roosevelt repitió la gracia y los tiró de cabeza en la Segunda Guerra Mundial. Truman los hizo entrar en la guerra de Corea. Kennedy fue el responsable de que se involucraran en la guerra de Vietnam, y Johnson los hundió allí hasta la coronilla. Comparada con todo eso, la ridícula guerrita del Golfo liderada por Bush Senior fue un verdadero juego de kinder, y hasta se quedan pequeñas las fantochadas de Bush Junior en Afganistán e Irak&
Pero vamos a resumir, volviendo con "Independence Day": aquella película tuvo el título equivocado. La bautizaron "Independence Day" cuando lo más adecuado hubiera sido, en honor a la franqueza, titularla "Reelection Day". Porque aquel presidentito de celuloide interpretado por Bill Pullman respondía a una idealizada imagen clintoniana& Porque la primera dama de esa ficción no podría ser más parecida a Hilary Clinton. Y, además, porque la producción y el estreno fueron estratégicamente calculados.
Eso sí: ose pasaron por alto, ¡aunque sólo fuese por aquella vez!, darle forma de elefante a la nave madre de los invasores estelares y poner una careta con el rostro de Bob Dole sobre la cara de cada uno de los alienígenas& ¡También se dejaron en el tintero el habitual chiste estúpido, gastado e infame contra Ronald Reagan, o las aburridas referencias a Nixon! Pero -casualidades que sólo mentes paranoides como la mía serían capaces de homologar con algún tipo de conducta deliberada-, a fin de enmendar tales pequeños descuidos, el estreno mundial de la cinta más promocionada del año 1996 coincidió, casi milimétricamente, con el vapuleo circense ordenado por los asesores de relaciones públicas de Clinton en contra de aquel inefable villano de tiempo completo, Sadam Hussein& Como bien puede verse: debió haberse titulado "Día de la Reelección" (de Clinton, of course).