VER MORIR
por Graciela Vera
Periodista Independiente
La muerte por sí sola no es referencia para un artículo salvo que quisiéramos polemizar sobre si hay vida después de que alguien haya firmado nuestro certificado de defunción; discusión que hasta podríamos considerar ilógica cuando formamos parte de la tripulación de un mundo en el que muchos de sus ocupantes parecen prematuramente difuntos.
Lo cierto es que no queremos internarnos en recovecos lingüísticos y menos aún filosóficos para censurar la manera de vivir de algunos de nuestros compañeros de viaje porque, hoy no es precisamente la manera en que se puede vivir lo que nos perturba.
No es tampoco la muerte como tal sino el método sádicamente atroz que algunos seres autollamados humanos encuentran para acabar con la vida de sus semejantes.
Viví muchos años de mi vida, si tuviera que calcular que parte diría que de la semana seis días y algunas horas; en un mundo tan ajeno a éste en el que hoy me hallo, que me asombra pensar que ambos se encuentran en el mismo planeta.
España ocupa un espacio geográfico que me hace vecina de aquello que, desde Uruguay veía como una inalcanzable utopía con titulares de prensa que reflejaban un ámbito donde a la noticia la difuminaba la distancia.
El continente asiático resulta, para la mayoría de los americanos, un continente extraño, atípicamente lejano y subrepticiamente fascinante.
Difícilmente podamos decir porqué nos atrae lo que desconocemos, lo misterioso y lo sórdido.
Pero nos hechiza.
Reinos de las mil y una noche; emperadores todopoderosos que no tiemblan al decretar la muerte de sus súbditos y a los que ni siquiera juzgamos porque infantilmente creemos que solamente los hallaremos en los libros de cabecera.
La muerte por lapidación no es un suplicio de reciente aplicación en este otro lado del mundo que, ahora desde España se me hace tan cercano.
Escribo, quizás porque hace una semana que siento indignación o, porque hoy caminando por la costa almeriense, al mojarme los pies en las aguas azules del Mar Mediterráneo no pude menos que pensar que son las mismas que me unen y separan de culturas que la intransigencia islámica torna incomprensibles.
¿Porqué mis amigas, las que viven en Montevideo, Buenos Aires o Porto Alegre, se horripilan ante la descripción de lo que es y lo que significa la ablación que sufren millones de mujeres en países con los que también los nuestros mantienen intercambios a niveles políticos, comerciales, turísticos y culturales?
¿Por qué la noticia que recatadamente dio la vuelta al globalizado espacio de la información, a más de provocar una efímera crisis de indignación, fue ya olvidada en el torbellino de problemas propios?
¿Acaso está tan lejana del pensamiento de los uruguayos la palabra lapidación que el horror deja paso a una, apenas dúctil curiosidad?
Cierto, yo tampoco me había interesado mucho por conocer como se vive en países asiáticos como Afganistán y seguramente si no fuera por la crisis provocada por los Talibanes, medio mundo ignoraría que Kabul es su capital.
Tampoco se me había ocurrido, hasta ahora, preocuparme por las mujeres de Tajijistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Pakistán e Irán, los vecinos limítrofes de Afganistán ¿pero sabéis? en este momento ellas están geográficamente más cercanas a mi y siento que espiritualmente necesitan más, que hable de ellas que de vosotras, amigas uruguayas, argentinas y brasileñas, porque vosotras a las cargas de sufrimientos le sabéis echar el salvavidas de la esperanza y de una alegría siempre latente.
Ellas no pueden hacerlo, ellas saben que pueden morir como murió Amina, enterrada hasta la cintura, cubierta con una sábana blanca y apedreada, hasta que dejó de moverse.
Una muerte dolorosa y lenta ya que para el sacrificio no se utilizan piedras demasiado grandes para evitar que con las primeras la infeliz pudiera liberarse del tormento.
La prensa le otorgó menos espacio que el que recibieron los cachorros de lince que nacieron hace poco en Doriana y el caso apenas comentado lo fue más por el morbo causado por el adulterio de Amina, que por el crimen cometido, ya no contra una mujer afgana sino contra todas las mujeres del mundo.
Puede ser que los veinticinco metros cuadrados para los pisos que la Ministra de Vivienda pretende para los españoles contra los setenta y siete de su despacho, causaran más expectación y vendieran más como noticia que un montón de piedras arrojadas contra una joven indefensa.
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Debajo del burka, con el rostro totalmente cubierto y llevando un atado sobre la cabeza y a su hijo en brazos, la mujer afgana vive en el siglo XXI su propia pesadilla.
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Puede ser que una América convulsionada políticamente no fuera el espacio más adecuado para ‘rajarse las vestiduras’ por otra mujer asesinada.
Quizás en el mundo donde las mujeres luchan por igualar cuotas de poder en los Parlamentos, no importe mucho que mientras se aplaude con beneplácito que Afganistán haya aprobado una Constitución que teóricamente da igualdad de derechos a hombres y mujeres, en ese mismo país otra mujer pueda ser apedreada en público hasta la muerte.
¿Puede sorprendernos esto cuando en ese mismo país la mujer sigue oculta bajo el burka; vestimenta que la cubre de cabeza a pies y tapa su cara dejando apenas los ojos detrás de una especie de rejilla.
Dije que no iba a hablar de la muerte y divagando me encuentro hablando de millones de mujeres muertas en vida. Quizás Amina haya logrado en definitiva librarse de un destino que la mantenía muerta en vida para, de alguna manera, comenzar a vivir en la muerte.
Almería, el sur del norte, jueves 28 de abril del 2005, a una semana de la lapidación de Amina.