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Año III - Nº 162 - Uruguay, 30 de diciembre del 2005

 

Realmente, huele feo
por Claudio Paolillo

El caso de las fábricas de celulosa, que ha puesto en serio entredicho el estado de las relaciones entre Argentina y Uruguay, no es apenas la expresión de una diferencia circunstancial sobre un tema concreto: es una resultante de los abismos culturales que desde hace décadas separan a las dirigencias políticas de ambos países, no importa quiénes estén en el poder ni qué ideologías proclamen sustentar.

Cuando el ex presidente Jorge Batlle incurrió en junio del 2002 en el acto de mayor incorrección política de que se tenga memoria en la región e identificó a los políticos argentinos como una manga de ladrones del primero al último, el mundo reaccionó sorprendido, no tanto por lo que Batlle había dicho, sino por el hecho de que lo hubiera dicho. Hasta los ciudadanos argentinos apoyaron la terrible acusación del presidente uruguayo por abrumadora mayoría en encuestas difundidas entonces por diversos medios de Buenos Aires.

Ahora, el gobierno del presidente peronista argentino Néstor Kirchner ha decidido, por su cuenta y a través de la gobernación de Entre Ríos, atacar al Uruguay en una batalla que no reconoce treguas ni pausas y que, además, va in crescendo. Toda la prepotencia de la versión K del peronismo está cayendo como en sus peores momentos sobre Uruguay. Primero, cayó sobre las fábricas de celulosa que se están construyendo en Fray Bentos, en la margen oriental del río Uruguay, bajo el argumento de que contaminan. Cuando los especialistas del Banco Mundial, organismo a cuyo arbitraje se sometieron por voluntad propia los dos gobiernos, empezaron a dar indicios de que las plantas de celulosa no son peligrosas para la ecología de la región, entonces la ira peronista cayó sobre el Banco Mundial. Como la construcción de las fábricas siguió adelante, la soberbia kirchnerista se dirigió contra el gobierno del presidente Tabaré Vázquez, apelando a una vieja costumbre de las mafias peronistas que creen, como el ladrón, que todos son de su condición: el gobernador de Entre Ríos, Jorge Busti, insinuó que Uruguay estaba interesado en las fábricas de celulosa porque había recibido coimas (Busti dijo incentivos, pero todo el mundo entendió lo que quiso decir). Eso pareció colmar la paciencia del presidente Vázquez, que llamó al embajador uruguayo Francisco Bustillo a Montevideo para ver si le podía poner un parate a las bravuconadas incentivadas y apoyadas desde la Casa Rosada.

Kirchner sacó un comunicado para hacer de cuenta que estaba pidiendo disculpas, pero a los peronistas no se los frena así nomás. Está en la esencia del peronismo arremeter como venga y contra lo que venga. Así lo hizo Kirchner a comienzos del 2005 contra la prensa uruguaya, en un ataque alevoso y ordinario, más propio de un patotero que de un presidente. No por casualidad Perón era un admirador de Benito Mussolini y, cuando tuvo que exiliarse, fue acogido con calor por los dictadores Alfredo Stroessner (Paraguay) y Francisco Franco (España). Es que, aunque hiera la buena conciencia de sus partidarios, el proyecto de Perón siempre fue fascista. Marcos Aguinis escribió al respecto que no deja de ser ilustrativo que los fascistas locales siempre se identificaron con el peronismo. Y la influencia de Mussolini sobre Perón fue de forma y de fondo. No sólo las ideas, sino la organización, los discursos, la asistencia social, la escenografía, la propaganda, la represión política, el balcón. (1)

El último fin de semana, Busti quien, al igual que Kirchner, simpatizó con los montoneros en los 70, fue ferviente menemista en los 90, fue duhaldista desde el 2002 cuando Argentina tocó fondo y luego traicionó a Duhalde cuando el actual presidente llegó a la Casa Rosada a caballo de su antecesor prohijó un nuevo ataque contra los intereses de Uruguay al alentar cortes de rutas y puentes e impedir que turistas argentinos crucen en sus automóviles el río Uruguay para pasar sus vacaciones. Todo lo cual motivó una mesurada protesta pública del canciller uruguayo Reinaldo Gargano y, como contrapartida, un insulto grosero del gobernador peronista de Entre Ríos.

Kirchner, Busti y todos los corifeos de la versión peronista que hoy gobierna Argentina repiten el sonsonete de que las plantas de celulosa provocarán daños irreversibles al medio ambiente y, por eso, han hecho de este asunto una causa nacional. Dicen, por ejemplo, que una vez que estén operativas, esas fábricas desprenderán un olor a podrido que resultará insoportable para los lugareños. Eso no es lo que dicen las propias fábricas, ni sus sindicatos, ni los especialistas del Banco Mundial, ni los de la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) de Uruguay. Eso es lo que dicen los kirchneristas, las ONGs ambientalistas siempre trabajando con denuedo para evitar el riesgo de extinción...de las ONGs ambientalistas y algunos dinosaurios que, de este lado de la orilla, se rasgan las vestiduras para protestar contra lo que ni siquiera conocen, más inquietos por el hecho de que Botnia y Ence sean empresas privadas y extranjeras que por la sobrevivencia del sábalo, la boga, el dorado o el patí en el río Uruguay.

Pero olor a podrido hay. Y viene del otro lado del río. Porque la verdad es que al kirchnerismo ambientalista no le importan un comino ni los informes que produzca el Banco Mundial, ni los de la Dinama, ni los de las fábricas, ni los de los sindicatos de las fábricas, ni la palabra dada por el gobierno de Uruguay en cuanto a que si todos ellos están mintiendo y las plantas efectivamente contaminan, entonces serán automáticamente clausuradas. Increíblemente, tampoco le importa al gobierno de Kirchner lo que el mismo gobierno de Kirchner afirmó en la Memoria Anual del Estado de la Nación 2004. Allí, en la página 107, el gobierno de Kirchner dijo que en marzo del 2004 Argentina y Uruguay firmaron un acuerdo bilateral, poniendo fin a la controversia por la instalación de una planta de celulosa en Fray Bentos. En realidad, lo único que le importa al gobierno argentino es que las plantas se instalen en Argentina y no en Uruguay.

El argumento ambientalista es tan falaz que un mero repaso de documentación oficial provoca vergüenza ajena respecto a la conducta de los gobernantes argentinos. Hace 15 años, el gobierno de Entre Ríos, que también orientaba Busti, era un promotor militante de las plantas de celulosa. Hace 15 años las fábricas de ese tipo eran más contaminantes que ahora por la sencilla razón de que eran tecnológicamente más atrasadas que las actuales. Pero Busti las alentaba con devoción casi religiosa. El 4 de junio de 1990, Busti firmó un decreto en Paraná, la capital provincial, en el que consideró de interés provincial ayudar por medio de múltiples desgravaciones impositivas, la radicación en Entre Ríos de diversas actividades industriales. Una de ellas era la industria celulósica papelera, descrita en el decreto como un tipo de actividad industrial que se dedica a la elaboración de pulpa o pasta química, semiquímica o mecánica y/o papel a partir de la madera y/o subproductos de origen forestal. Pero este año, el mismo Busti que había firmado aquel decreto descubrió el medio ambiente. El gobernador se volvió ecológico, encabezó marchas contra la contaminación del aire, del suelo y del agua, agitó a su electorado a favor de la biodiversidad, movilizó a los funcionarios de su gobernación y gastó recursos públicos para defender a todos los ríos de su provincia (el Paraná, el Uruguay, el Gualeguay y el Gualeguaychú) de los ataques que los uruguayos sinvergüenzas, aliados con las multinacionales del mal, estaban perpetrando contra el ecosistema y el desarrollo y sostenimiento de la economía regional. Y el 17 de agosto, Busti el mismo Busti de hace 15 años hizo aprobar una ley provincial cuyo artículo primero resuma solemnidad patriótica. Declárase a la Provincia de Entre Ríos libre de Plantas Procesadoras de Pasta Celulósica, dice con ampulosidad.

¿Qué cambió entre aquél Busti de 1990, peronista y menemista, a este del 2005, peronista y kirchnerista? ¿Por qué aquél de 1990 quería a toda costa la instalación de esas plantas y éste del 2005 las quiere sacar a patadas? ¿El Busti de 1990 no creía, como parece creer el Busti del 2005, en el medio ambiente, en la biodiversidad, en la ecología y en el ecosistema?

¿Y qué transformaciones se operaron en el Busti de 1996, que seguía siendo peronista y menemista, para que ahora, peronista y kirchnerista, sea un cruzado contra las plantas de celulosa? En mayo de ese año, Busti y el entonces secretario de Estado de la Producción de Entre Ríos, José Mouliá, recibieron a directivos de un consorcio canadiense (Millar Western Pulp y NLK Consultants Inc.), con el propósito de instalar una planta de celulosa en la costa del río Uruguay...pero del lado argentino. Una crónica periodística de la época narra que al término de la reunión se firmó un memorándum de entendimiento entre la empresa y el gobierno, donde éste se compromete a proveer directa e indirectamente algunos requerimientos del grupo empresario: energía eléctrica a costos internacionales basados en el precio de la pulpa, cañería de gas natural, normas de seguridad, caminos y ferrovías hasta la planta y otras conveniencias mutuas. La planta proyectada sería la mayor productora de pulpa de madera de Argentina, con una capacidad de más de 300.000 toneladas anuales de pulpa. Y el mismo día, en otro artículo, se podía leer que Entre Ríos no aplicaría ni impuestos, ni tasas provinciales ni municipales durante 10 años y que tampoco apelaría a normas de conservación ambiental de mayor rigurosidad de las que existen en Canadá o Estados Unidos.

¿De qué estamos hablando, entonces? No queda más remedio que sospechar que estamos hablando de que el gobierno argentino actúa en este asunto con tal virulencia contra Uruguay simplemente porque no pudo atraer para su territorio a Botnia y a Ence. Es muy probable que el subsecretario uruguayo de Medio Ambiente, Jaime Igorra, tenga razón cuando afirma que la reacción argentina responde a una mezcla de frustración por no haber podido poner las plantas en la provincia de Entre Ríos que durante 15 años se pidieron y a un sentimiento de odio hacia una actitud muy firme del gobierno uruguayo que no asume ser una provincia de yoruguas dóciles a requerimientos que no corresponden. (2)

El gobernante uruguayo llamó a Botnia y a Ence a no caer en ninguna trampa que puedan plantear los argentinos. Si me llego a enterar que las empresas, por acallar reclamos o voces de la vecina orilla, dan 30 u 80 dólares, me voy a constituir en el peor enemigo de esos emprendimientos y no cejaré hasta su clausura porque se acabó en nuestro país y en la región la corruptela.

Si todo este ruido es porque alguien quiere percibir lo que no tuvo en su momento cuando auspiciaba la instalación de las plantas en Entre Ríos, que hoy no están, tampoco vamos a tolerar que se ponga en juego el buen nombre de nuestra República y su gobierno y de los procedimientos honestos que aquí se aplican, expresó Igorra. (3)

Aunque lo que dijo ya es muy grave de por sí, en Uruguay nadie en el gobierno avanzará un paso más que Igorra para señalar posibles actos de corrupción de los gobernantes argentinos. Pero en la Argentina decadente de comienzos del siglo XXI donde el Congreso festeja los defaults, la gente endiosa lo peor de su mejor jugador de fútbol (haber hecho un gol con la mano), el Estado paga todas sus deudas con el FMI mientras desvalija a los particulares que habían confiado en él y el presidente abre la Casa Rosada a humoristas de la televisión para burlarse de sus antecesores participando él mismo en el show ya hay publicaciones que acusan al gobierno de Entre Ríos de manejos espurios en torno a la radicación de plantas de celulosa.

Kirchner y Busti seguramente negarán la veracidad de este tipo de acusaciones. Pero sean éstas ciertas o no, lo que Kirchner y Busti no pueden negar es lo que decía hace exactamente cuatro años Eduardo Duhalde, quien los cobijaba a ambos bajo su liderazgo mientras la Argentina se incendiaba. El 1º de enero del 2002, Duhalde inauguró su mandato presidencial con un dramático discurso en el Congreso durante el cual habló sin rodeos sobre la catastrófica situación que le tocaba enfrentar. Luego de reconocer la profunda incapacidad moral y política de la dirigencia argentina, Duhalde afirmó que la nación estaba arrasada por la corrupción y el desgobierno.

Eso fue hace sólo cuatro años. Kirchner y Busti y muchos otros que siguen flotando como corchos integraban desde mucho tiempo antes la dirigencia cuya incapacidad moral y política, según admitía Duhalde, había llevado a la ruina a la Argentina. Ellos eran parte del equipo que arrasó al país con la corrupción y el desgobierno.

Ahora que patotean al Uruguay, cabe preguntarse: ¿habrán olvidado tan pronto aquello? ¿No aprendieron nada? ¿Creen que no son responsables? Sería triste que estuvieran haciendo las cosas a conciencia para que un día todo el mundo crea que no es sólo una broma de mal gusto inventada por los chilenos esa que dice que la diferencia entre un argentino y un terrorista es que el terrorista tiene simpatizantes.

(1) El atroz encanto de ser argentinos, Marcos Aguinis, Planeta, página 115, 2001
(2) El Banco Mundial da a conocer hoy el informe sobre las papeleras, Indice 810, radio El Espectador, 26/12/05
(3) Las empresas que instalan las plantas de celulosa no deben caer en ninguna trampa, semanario Crónicas, 23/12/05, página 9

Artículo publicado en el Semanario Búsqueda