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La nostalgia política
por Germán Sainz
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Es más que frecuente encontrarse con lo que puede denominarse “la nostalgia” política. El pensador rumano Emil Cioran decía que “el fondo metafísico de la nostalgia es comparable al eco interior de la caída, de la pérdida del paraíso”. Esa significación trascendental de un “regreso a los orígenes” marca a fuego el espíritu de cierta derecha. Pero no es un síntoma exclusivo de la derecha ideológica. La izquierda marxista basa toda la comprensión del mundo para finalmente materializar ese “retorno a los orígenes”; el regreso a ese “comunismo primitivo” que es promesa a cumplirse al final del recorrido histórico. La nostalgia anida en el corazón de la izquierda también, pero esta última, más pragmática, ha sabido sobrellevar esta tentación, para navegar por las aguas de lo posible. Los estalinistas, maoístas y todos los nostálgicos del ancien regim son apenas una anécdota viviente y en tanto la izquierda los contempla como residuos a utilizar en el momento conveniente, la nostalgia en la derecha es la regla común.
En su esencia, la nostalgia permite revivir esquemas concretos de un tiempo remoto en un presente siempre vigente, la perpetuidad de “recetas antiguas”. El ideario, cualquiera sea este, puede ser aplicado -según el nostálgico- sin variante alguna en cualquier momento. La “receta” que se intenta volver a revivir es materializada en su imaginario mas allá de la implacable incidencia de las variables tiempo y espacio. Se dirá que la fórmula no posee fecha de vencimiento, que la “revolución pendiente” aun puede ser llevada a cabo, que el “ideario patrio” o “las enseñanzas del caudillo primigenio” son aun aplicables sin un ápice de corrección. La etapa en la que se lucha y se plantea el combate resulta siempre ser la última; cuando no, se apuesta a la “crisis” del sistema. Se trata de una mal interpretada visión decadentista. El decadentismo sugiere pensar al ciclo histórico como una inevitable descomposición que terminará inevitablemente en una etapa de crisis. Es en ese preciso momento que la nostalgia cobra vigor y es posible revivirla a modo de justificación. La crisis puede no llegar nunca pero la esperanza siempre existe. Mantener la expectativa en su inevitable llegada implica (cuestión menor según el punto de partida del análisis) desperdiciar los mejores años sin haber alcanzado una mínima meta, haber sacrificado generaciones de militantes que no tuvieron mas chance que volver a casa con heridas y secuelas que no dejaron ni una sola victoria en el haber. En última instancia, existe el consuelo de saber que tarde o temprano “vendrá la crisis” y que las leyes palingenésicas (de regeneración) se cumplirán tarde o temprano. Más allá de la viable interpretación filosófico-histórica palingenésica, lo importante es resaltar la seductora excusa que esta ofrece al nostálgico. “No hay renovación posible” pues ya vendrá la vieja receta a inaugurar la nueva edad dorada”. Es una inequívoca invitación al quietismo histórico, al anquilosamiento ideológico, teórico y político.
Puede afirmarse que ese imán hacia las “recetas pasadas” son en definitiva una atracción por las formas. La forma cubre el espacio del contenido. Ella brinda seguridad ante lo desconocido y lo que está por venir. Las recetas pasadas son conocidas, seguras. Cuentan con un marco teórico completo y una mística probada, acompañada de una simbología sugestiva, armónica. Nada puede ser más sugestivo que ese esquema completo de símbolos, ritos y formas. La nostalgia es por ende, vivir de las conquistas y las glorias del pasado sin permitirse la inseguridad de la experimentación, el riesgo a la renovación.
Un lúcido pensador afirmó que lo importante ante todo es la esencia. La esencia va ligada al concepto de estilo. Debemos procurar darnos siempre una forma pero dentro de esa esencia inmutable que es el hombre de calidad. La esencia es inmaterial, transhistórica, y admite necesariamente nuevos ropajes (nuevas formas), obedece al cambio en una constante permanencia. Cambia su idioma y permite ser claramente comprendida por nuevos fieles. Se mantiene vigente en tanto acompaña los cambios del tiempo. La esencia no vive de glorias pasadas sino que siempre pretende tener nuevos retos. En el año cien, el mil, el mil quinientos, el mil novecientos cuarenta, el mil novecientos noventa y en el presente, la esencia fue la clave para aquellos que en su momento ocuparon el lugar de privilegio que la historia les deparaba. La esencia es esa fuerza invisible e inmutable desde la que partimos hacia algún lado.
© Germán Sainz para Informe Uruguay
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