Año III - Nº 111 - Uruguay, 31 de diciembre del 2004

 

 

 

 
COMO (NO) COMPRAR UN BUZÓN
por Ricardo Ayestarán
   

Es curioso como los hombres conocemos desde hace centurias el potencial de los prestidigitadores de la palabra para engañar a los pueblos, y sin embargo no hemos logrado superar ese grave problema de la convivencia democrática, que ocurre generalmente cuando los pueblos, por circunstancias variadas, se dejan guiar más por la pasión o la fe que por la razón, y acaban eligiendo como gobernantes a hombres de verbo florido y promesas largas, pero de obras cortas y excusas rápidas. Un problema cuyo meollo se encuentra en el uso fraudulento de ese poderoso instrumento de comunicación exclusivamente humano que es la palabra.

El dudoso arte de embaucar a la gente mediante engañifas dialécticas tiene siglos de existencia y en el Río de la Plata, lugar donde siempre han existido eximios cultores de la impostura, estos “artistas” son también conocidos popularmente como vendedores de buzones, obeliscos o trolleybuses.

Estamos entonces frente a un problema muy antiguo, muy conocido, y que ha sido reiteradamente denunciado y expuesto a la luz de la opinión pública como un grave defecto del sistema de convivencia humano y que racionalmente todo el mundo civilizado ha estado de acuerdo que debe ser extirpado.

Parecería que sin mucho éxito.

Ya en los albores de la democracia, en la Grecia clásica, Heraclio de Lucarnia decía con mucho cinismo, pero con inequívoca certeza que “la ignorancia de los más, hace que la astucia de los menos, sea un instrumento político mucho más eficaz para alcanzar el poder, que la honestidad y la probidad personal.” Su obra “Exégesis del poder y la ignorancia” es un antecedente interesante, pero lamentablemente poco conocido, sobre un tema que sin duda alguna tuvo mucho más impacto en la opinión pública muchos siglos después, durante las fuertes convulsiones políticas y sociales que agitaron el siglo XVIII, en los prolegómenos de los cambios que inevitablemente desembocarían en el siglo siguiente, con la sustitución de las monarquías absolutistas por incipientes repúblicas democráticas. Un terreno donde el arte de engañar a la gente comenzó a tener un campo de aplicación cada vez más amplio por obvias razones de funcionamiento.

Jean Francois Delemónd, un francés de pluma afilada y aristocráticas convicciones escribió un libelo llamado “Ocaso y decadencia del noble arte de gobernar”, donde sostenía que “la democracia es un sistema perverso pensado exclusivamente para que los pillos y los embusteros puedan acceder al poder sin ninguna otra cualidad que la de su habilidad para engañar al vulgo.” La evidente visión antidemocrática del autor si bien no le ha hecho ocupar un lugar de destaque en la posteridad, no debe hacernos perder de vista el hecho de la continuidad histórica en la denuncia del mal uso del verbo en la conquista del poder.

Cuando el Senado romano encargó al general Cayo Marco Silas que pusiera orden reprimiendo al pueblo que amenazaba sublevarse por la descarada corrupción de los funcionarios imperiales recaudadores de impuestos, el astuto militar en lugar de actuar con las armas como se esperaba, usó el poderoso instrumento de la palabra, prometiendo a los plebeyos acabar con los recaudadores de impuestos corruptos, generando un fenómeno político que convirtió vertiginosamente a un oscuro militar romano en un serio aspirante al trono de César.

Muchos otros hombres públicos se han encargado de demostrar que en su profesión, la honestidad de pensamiento no es una prenda de virtud. Richard Starkey Square -que fue fugazmente primer ministro británico durante la era victoriana, dijo con voz indiscretamente elevada que “los aspirantes a integrar la Cámara de los Comunes recurren demasiado a menudo a sórdidas engañifas para lograr sus objetivos políticos.” Esta afirmación cuando tomó estado público, lo condenó en poco tiempo a cambiar de profesión y el hombre se dedicó entonces a escribir. Luego de ser expulsado por sus pares de la corporación política, publicó un libro llamado “Los enemigos internos de la grandeza del Imperio Británico” donde se despachó a gusto contra sus excompañeros de trabajo. “Un político –escribió Starkey- es una mercadería que se puede vender a la masa semianalfabeta como cualquier otro producto de consumo. Por tanto cualquier buen comerciante o hábil estafador de feria, puede tener más éxito como político, que un filósofo, un científico o un príncipe con el respaldo de 500 años de experiencia familiar de testas coronadas gobernando imperios.”

Sobre este y otros temas vinculados a la hermenéutica de la palabra y el poder, se acaba de publicar un libro de Giovanni Salvatore Sartorio, titulado “Los pies de barro de la democracia”, donde el prestigioso sociólogo milanés realiza una exégesis implacable del uso y abuso que han hecho de la deshonestidad intelectual a lo largo de la historia los principales políticos del mundo. Para ello rescató del olvido libros, ensayos o alocuciones que desnudan sin cortapisas el problema a lo largo de dos mil años, sin preocuparse por el hecho de que muchos de estos documentos hayan sido producto de la pluma o la oratoria de hombres de dudosa ética democrática, como algunos de los que citamos anteriormente. 

Parecería que escribir un artículo afirmando que los políticos engañan a la gente abusando de su habilidad con la palabra se parece mucho a inventar la pólvora en pleno tercer milenio. Sin embargo la intención última de esta nota es invitar a reflexionar sobre el hecho de que nadie está a salvo de los embaucadores verbales, y que cualquiera puede descubrir en el momento menos pensado, que es el promitente adquirente de un hermoso buzón amarillo en la calle Sarandi o de un lindo obelisco en Pirarajá.

Hay muchos ejemplos de cómo personas y pueblos de alto nivel intelectual, social y cultural fueron víctimas de astutas engañifas consumadas por hábiles prestidigitadores de la palabra. 

Una prueba de ello está ante sus ojos: todas las personas mencionadas en esta nota son fruto de mi imaginación, tanto como los dichos y hechos históricos que sirvieron de escenografía. Con la única excepción de Richard Starkey Square, quien realmente existe, pero que nunca pudo haber sido primer ministro de la reina Victoria, no sólo porque todavía vive, sino porque ese es el verdadero nombre del ex baterista de los Beatles, más conocido por su apodo de Ringo Starr.

Ni siquiera esta forma de presentación del tema es original, porque ya con anterioridad y sin duda con más brillo, el periodista Norberto Firpo, en el diario argentino La Nación, demostró que “el dudoso arte de la impostura puede ejercitarse en unas pocas líneas, como en este caso, o bien abarcar toda una carrera política, impunemente, como sucede con más frecuencia”.

Una afirmación que compartimos completamente con Firpo.

Siempre y cuando, claro está, el periodista argentino realmente exista.

Montevideo, diciembre de 2004