Año III - Nº 111 - Uruguay, 31 de diciembre del 2004

 

 

 

 

Es tiempo de que apuntemos a ofrecer otro modelo, más dinámico para una ciudad de enclave estratégico en la región, con un puerto privilegiado.

Montevideo
Javier García

Es difícil describir el honor que significa que mi partido haya confiado unánimemente en mi persona para que lo represente como su candidato a la Intendencia Municipal de Montevideo. Sin saberlo previamente, y sin que ello haya estado en mis alternativas políticas, el martes pasado el presidente del Directorio del Partido Nacional me comunicó que habiéndolo consultado con todos los sectores, los mismos coincidían en respaldar esta postulación. No es que uno no pueda decir que no, hay veces en las que como ésta sólo corresponde decir que sí. Que se acepta por lo que significa ser el candidato de todo el partido y no de sector alguno, que ya hubiera sido un inmenso galardón, sino además porque lo que se me estaba pidiendo era justamente las dos cosas que cuando en él empecé a militar aprendí de Wilson: que la política es una actividad de servicio y además un ejercicio de la responsabilidad. Pidiéndoseme eso sólo correspondía decir presente.

Lo hago además porque estamos siendo leales al mandato que recibimos de la gente que pidió y apoyó la renovación, con la que estoy comprometido y además en la que creo como proceso político. El pasado 31 de octubre sólo el Partido Nacional lució claramente renovado, desde su candidatura presidencial encabezada por Jorge Larrañaga, hasta sus listas de senadores y diputados teniendo hoy las bancadas más jóvenes de todo el sistema político. Renovación en su gente, renovación ideológica, pero también de estilos y conductas.

Voy a ser fiel a ese reclamo, empezando por los estilos y por tratar de contribuir a que la próxima campaña municipal respete a los montevideanos. Lo haga en primer lugar imprimiéndole a la misma el tono que deben tener estas instancias, que son para elegir y no para destruir. La política no es una competencia de insultos entre dirigentes, o por lo menos no debiera serlo. No es tampoco un ejercicio ni de demagogia ni de obsecuencia. No es el grito simple en el lugar común que busca la complacencia del compañero. La política es algo muy serio, de la que depende buena parte la suerte de las sociedades. Nada le agregamos a la gente cuando los políticos se suman a la catarata de insultos que busca denigrar al otro. Se puede ser firme en las convicciones, claro en las ideas e inflexible en la crítica sin disminuir la calidad del debate y sin envilecerlo.

A ese debate me voy a dedicar, porque creo que Montevideo se merece un cambio, el que quiero liderar. Son quince años de gobierno del Encuentro Progresista que ha tenido luces, por qué no reconocerlo, y también sombras. Que gobernó con las mayorías absolutas en la Junta Departamental y por lo tanto lo ha hecho a su plena voluntad. Es tiempo de imprimirle otro ritmo y otras prioridades a la administración municipal. De que apuntemos a ofrecer otro modelo, más dinámico para una ciudad de enclave estratégico en la región, con un puerto privilegiado para competir y ser puntal de alternativas económicas y logísticas para la capital. Con bellezas naturales para potenciar con el sector del turismo, con historia y con un potencial cultural mínimamente explotado, con realidades productivas propias no sólo en materia de servicios, sino también vinculadas a su zona rural. Pero también con su gente, los montevideanos, a los que hay que respetar siempre pero también como contribuyentes. A los que hay que integrar a un modelo donde su municipio les proporcione los servicios que sólo este puede ofrecer, mejorando la administración de sus recursos, sin tener que recurrir al bolsillo de éstos para sostener ineficacias ni aparatos políticos. Y también acabar con la inequidad de vivir en una ciudad que encierra dos realidades: la de zonas bien atendidas y otras, las más humildes, con servicios deficientes.

Este nuevo Montevideo es posible. Por él vamos.