Año III - Nº 111 - Uruguay, 31 de diciembre del 2004

 

 

 

 

SCROOGE, GRINCH&
O COMO PREFIERAN&

Fernando Pintos

Han llegado las navidades, esa fechas tan nuestras, tan especiales. Esa festividad que va más allá de un día, se extiende a varios días, una región imprecisa entre los primeros días de diciembre y los primeros del siguiente mes de enero& Una época en la cual todos corren, todos se afanan, todos se ilusionan, todos pretenden dar lo mejor de sí mismos. En sí misma, una época maravillosa. En sí misma, una región anhelada de paz y de amor& Y tratándose de paz y
tratándose de amor, algunos hasta quisieran -quisiéramos- que todo el año fuera Navidad, así, con mayúsculas, una época interminable, un tiempo sin solución de continuidad, una especie de dimensión desconocida en la cual todos los hombres, sin excepción planetaria, sin omisión de razas ni de estatus, ni de barreras generacionales, pudiesen confundirse no ya en un abrazo, sino en un silencioso pero profundo sentimiento fraternal, ¡noche de paz, noche de amor! Noche en la que nació Jesucristo. Noche en la cual, los cristianos veneran el advenimiento de su salvador. Noche de espíritu para unos, de escepticismo para otros& Después de todo, que cada cual siga su conciencia o, como dijera el almirante Horace Nelson en Trafalgar: "&que todos cumplan con su deber". Más allá el hecho de que Jesús no nació un 25 de diciembre, y que ni siquiera nació en el primer instante de la Era Cristiana, sino media docena de años antes& Más allá que el 25 de diciembre fuese una popular festividad pagana en el imperio romano, más allá de cuanto quieran decir& Navidad es Navidad (para mí, con mayúscula).

Hasta aquí, todo bien& Pero más allá, no tanto. Estas navidades (con minúscula), que más bien deberían ser denominadas "navidades", las del siglo XXI, las de la postmodernidad, las de la globalización& Se me perdone la rima obligada, mas& ¿que navidades son? ¿De qué espíritu provienen?

Miremos, en principio, su personaje más simbólico: un monigote vestido de rojo, que vuela por los cielos en un trineo tirado por renos, mientras profiere alaridos y carcajadas demenciales& San Claus& ¿Alguien podría explicarme en cuál de los Evangelios aparece ese payazesco personaje? Y les doy chance: búsquense inclusive los Evangelios apócrifos& No lo van a encontrar en ninguna parte, por supuesto, porque es un asqueroso gnomo del folclore pagano escandinavo, una cosa que llegó a la América del Norte con los primeros colonizadores de Manhattan y a la cual, en la navidad de 1822, un profesor norteamericano decidió dedicarle un poema, adornándole con nuevos atributos y con elementos no ya del paganismo escandinavo, sino también del paganismo germánico& ¡Oh, belleza! Bueno, en nombre del rastrerismo que siempre ha caracterizado a los latinoamericanos -los mexicanos lo denominan "malinchismo", por la concubina de Hernán Cortés, la Malinche-, cantemos loas a Santa, y sigamos por la misma senda del cipayismo, del entreguismo& Sigamos haciendo honor al hombrecillo mediocre que fustigó José Ingenieros y ni por asomo nos acordemos del Ariel de Rodó& En épocas de globalización, cuanto más obsecuentes y más esclavos seamos& Será mejor (cuando menos, para las alimañas que manejan la globalización).

Pese al sentir general, me declaro enemigo de Santa Claus, y me declaro reacio hasta morir a estas navidades. Si alguien quiere saber qué es y qué significa la Navidad (la que debe escribirse con mayúscula), mejor lea los Evangelios o, cuando menos, una historia Sagrada. Allí se enterará de que Jesucristo nació pobre, muy pobre, un asno y una vaca lo calentaban con sus respectivos alientos y varios pastores acudían, con su pobreza a cuestas, a rendirle homenaje& Y los magos de oriente llegaban también a celebrar la llega del Mesías& ¿Que sugiere todo esto? Sencillamente, sobriedad, meditación, reflexión, encuentro con el espíritu, encuentro con el Creador y encuentro con uno mismo& Y nada más. Ahora, las comilonas hasta el hartazgo, las bebederas desenfrenadas de alto octanaje y todas las locuras que acompañan a tales acciones& Las corridas de locura para comprar, y comprar, y comprar, y seguir comprando& Todo eso, en conjunto& ¿La navidad de quién será? Pues si no lo saben se los explico: es la
navidad de la cámara de comercio, es la navidad de la asociación de importadores, es la navidad de la asociación de anunciantes, es la navidad de los medios de comunicación& Es la navidad de los fariseos, de los mercaderes del templo& Es la navidad de los bellacos, en una palabra. Y al que me quiera pretextar que eso es una navidad real, una navidad cristiana, que me perdone, pero le puedo romper el hocico, para ver si así se deja de vomitar estupideces, bellaquerías y blasfemias.

Todo lo antedicho no significa, tal cual lo adelanté en el título, que yo sea un señor Ebenezer Scrooge, o que sea ese Grinch que tan graciosamente representó Jim Carrey en la pantalla grande. Apenas significa que no tengo un pelo de tonto. Y significa, también, que me molesto mucho cuando una partida de cínicos me quiere ver la cara de estúpido.