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Llamado a la responsabilidad cívica
por Dr. Jorge T. Bartesaghi
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Como inmersos en un torbellino que nos “traga” y nos impide pensar, transitamos por una campaña electoral sin precedentes. Los viejos esquemas de acción proselitista, con sus códigos, actitudes, y formas de cautivar al electorado, han sido dejados de lado por parte de uno de los candidatos, dando paso a este nuevo estilo que solo busca la descalificación, ridiculizar, denostar, y, si es posible, la destrucción del adversario.
Mientras la fórmula presidencial nacionalista intenta canalizar su acción electoral estableciendo definiciones programáticas claras y propuestas concretas de acciones de gobierno referidas a los grandes temas de preocupación nacional, el senador Mujica, en su tradicional estilo soez, solo apela al insulto y al agravio personal como forma de circunscribir la campaña electoral dentro de límites que más se parecen a una “canchita de barrio” que al gran espacio nacional que debería servir de foro para la discusión de temas tan trascendentes.
Esperábamos sí una campaña de alta temperatura, con muchas referencias al pasado, y quizás con ataques personales a los protagonistas. Pero esperábamos también propuestas al futuro que permitieren a la ciudadanía asumir, en forma fundada, la gran responsabilidad que exige elegir entre muy distintos proyectos de país, y al hombre adecuado para comandar su desarrollo.
Sabíamos de antemano que sería muy difícil se diere el debate público que la confrontación de ambos proyectos merece. Era demasiado obvio que el senador Mujica no tenía las más elementales condiciones para sostener y fundamentar en forma pública, organizada y con reglas predeterminadas, las acciones que deberá enfrentar el próximo gobierno en relación a los grandes temas nacionales.
Pero lo que no sabíamos, y ni siquiera imaginábamos, es que el candidato frentista desnudaría su pensamiento al punto de poner en evidencia la inexistencia de un proyecto armónico de gobierno, al menos ninguno que cuente con su adhesión personal, que no está dispuesto a limitar su eventual mandato por definiciones que pueda adoptar su propio partido, y, lo que es más grave aún, que no está atado por ideología de especie alguna que pueda trabar los procedimientos que se propone utilizar. El fin justifica los medios y, por tanto, todo es válido para lograr la conquista del poder.
Nadie sabe para qué. Creemos que tampoco él lo sabe.
La prolongada exposición pública, fundamentalmente mediática, ha hecho que el senador Mujica agote la “gracia” eventual que puede causar sus groserías chabacanas, para dejar al descubierto su vacío conceptual, o al menos su superficialidad, en temas que hacen a la vida misma del país.
Finiquitados los “ta” con los que pretende amedrentar a quienes lo interrogan, y recorrida la larga retahíla de palabrotas con “p” con “c” y con “m” con las que habitualmente se despacha, nada queda en sustancia que nos permita pensar seriamente que está capacitado para ejercitar la Presidencia de la República.
La ausencia de contenido de la campaña electoral que exhibe el Frente Amplio ha permitido dejar en evidencia las falencias personales de su candidato. Los ataques desmedidos, descalificadores y agraviantes al candidato nacionalista, lejos de protegerle, han operado en contra del senador Mujica, quien al asumir personalmente protagonismo ha dejado al descubierto sus propias limitaciones, y lo que es peor, sembrado dudas respecto a sus verdaderas intenciones en el ejercicio de un eventual gobierno.
Quizás, gracias a esta campaña electoral que nunca hubiéramos querido, hoy tenemos absolutamente claras las dos posturas que competirán por el próximo ejercicio presidencial.
Por un lado el Partido Nacional, con su fórmula presidencial conformada por Luis Alberto Lacalle y Jorge Larrañaga, ofreciendo una visión moderna defensora de un estado de derecho con apego a los valores democráticos y republicanos, con seguridad jurídica, y adecuada inserción internacional, con respeto a los derechos constitucionales de los habitantes de este suelo, en suma, promovedor de un desarrollo económico sustentable con justicia social.- Es, sin duda, un rumbo seguro.
Por otra parte la fórmula del Frente Amplio integrada por José Mujica y Danilo Astori, que en lo formal parecería verse encorsetada por el programa aprobado en vía transaccional por su fuerza política, funciona “al garete”, entendiéndose por tal el humor con se levante el candidato a presidente a quien nadie puede “ajustarle la cincha”.-Menos aún su compañero, quien perdió toda autoridad cuando pretendió imponer por escrito sus condiciones, para luego claudicar con armas y bagajes aceptando el cargo sin que le fuera concedida ninguna de ellas.-
Lo cierto es que, por encima de esa formalidad orgánica, la fórmula presidencial frenteamplista no ofrece otra cosa que las definiciones “bolichescas” con que José Mujica engalana su prosa proselitista, donde, al “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches”, mezcla reformas constitucionales para revisar todo, propiedad de la tierra en manos del Estado, descreimiento en la Justicia, importación de indígenas, etc., sin olvidar sus descalificaciones a los “compañeros socialistas” y a los argentinos en general, sean radicales o peronistas.
Su tambaleante postura requirió que el gobierno, con el presidente a su frente, en grosera violación constitucional, intervenga en la polémica electoral para dar idea de un continuismo en el que nadie cree. Esto jamás lo habíamos visto. Tampoco que el presidente reconociera públicamente que su candidato dice “estupideces”.
En suma, nunca como hoy el país se ha enfrentado a tan cruda dicotomía. Por un lado, la preservación y el rescate de los valores y costumbres ínclitos en nuestra identidad nacional, y por el otro, la destrucción permanente y sistemática de nuestro estilo de vida en aras de un proyecto indefinido, pero iluminado y mesiánico.-
Evitarlo es un ejercicio imprescindible de nuestra responsabilidad cívica.
© 16102009__jorge_bartesaghi
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