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Año V Nro. 300 - Uruguay,  22 de agosto del 2008   
 

Visión Marítima

historia paralela

 

Agresión imperialista: Mito y Realidad
por Hugo J. Byrne

 
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En la más abusiva tradición soviética, Rusia actúa hoy como un imperio prepotente y brutal. Sin embargo, si el amable lector le preguntara a algunos editorialistas del Chicago Tribune, Los Angeles Times o CNN si esas acciones son esencialmente diferentes a las tomadas por Estados Unidos le contestarían inmediatamente que no

         Varias preguntas deben hacerse a propósito de la presente invasión rusa a Georgia. La primera es, por supuesto, ¿estamos ante una verdadera agresión? La respuesta a esta primera interrogante tiene que ser absolutamente positiva. Georgia no ha atacado a Rusia ni ofendido sus intereses en un ápice. La excusa rusa, reminiscente de los peores tiempos de la desaparecida Unión Soviética (y no es casualidad que quien todavía maneja Moscú tras la fachada sea un antiguo alto oficial de la represión soviética), es que fuerzas rusas “mantenedoras de la paz” fueran atacadas por la milicia georgiana.

         Los ficticios “peace keepers” de Putín fueron enviados a través de la frontera rusa para dar apoyo a supuestos georgianos secesionistas quienes decidieran separar territorios de esa república soberana, la que lograra su independencia a raíz de la desintegración del original “Imperio Malvado” en 1991. Antes de esa fecha Georgia había existido como un estado más o menos independiente desde el año 300 de la era cristiana hasta que su último monarca, George XII, aceptara la tutela de los zares en 1801.

         Al finalizar la Primera Guerra Mundial Georgia proclamó de nuevo su independencia, estableciendo una “República Socialista”. Aparentemente esto no fue del completo agrado de Lenín, quien la invadió en 1921, convirtiendo su territorio en una “República Soviética”. Ese acto de brutal imperialismo no afectó en lo absoluto la carrera política de un renegado seminarista de Tbilisi llamado Iosif Vissarionovich Djugashvill. Miembro prominente de la mafia que rodeaba a Lenín a pesar de su procedencia georgiana y pasado religioso, Iosif conquistó con feroces y letales intrigas el poder soviético a la muerte de su mentor revolucionario en 1924. Desde 1913 Iosif había adoptado el seudónomo que lo identificaría para siempre como uno de los grandes genocidas de la historia: Stalin.

         La diferencia entre Georgia y Rusia es proverbial. Pocas veces se ha visto una mayor desproporción entre dos naciones en conflicto. Con una población de apenas seis millones y un área de menos de 27,000 millas cuadradas, Georgia tiene fronteras con Azerbaidzhan en el este y Armenia y Turquía en el sur. Al oeste tiene costas al Mar Negro y toda su frontera norte limita con Rusia. ¿Es necesario que recuerde al amable lector que Rusia es una potencia nuclear con 158 millones de habitantes y una extensión territorial de 6,600,000 millas cuadradas? Asuntos más apremiantes no me han dado oportunidad de seguir el desarrollo de esta campaña militar hora por hora, pero me atrevería a pronosticar que si Moscú se lo propone y nadie en Occidente presiona de veras por un alto al fuego, las fuerzas rusas pueden ocupar toda Georgia en menos de una semana.

         Desde el fallido intento de desestabilizar Ukrania hace algunos años, cuando Putín usara substancias tóxicas tratando de eliminar al presidente de esa nación (quien fuera desfigurado por el veneno), nada se había producido en términos de subversión contra un estado independiente, remotamente parecido al presente conflicto. En esa ocasión la libertad de Ukrania prevaleció gracias a una actitud resuelta por parte de los líderes del mundo libre.

         En la más abusiva tradición soviética, Rusia actúa hoy como un imperio prepotente y brutal. Sin embargo, si el amable lector le preguntara a algunos editorialistas del Chicago Tribune, Los Angeles Times o CNN si esas acciones son esencialmente diferentes a las tomadas por Estados Unidos en lugares como Afganistán, Irak o el centro de detención para terroristas en la base naval norteamericana de Guantánamo en la costa sur de Cuba, le contestarían inmediatamente que no.

         Es más, muchos de esos voceros de la izquierda política seguidores de un mesiánico populismo que irónicamente llaman “liberal”, consideran los bombardeos nucleares de Iroshima y Nagasaki, no como el único medio de evitar una invasión del Japón, que a juzgar por las pérdidas de Iwo Jima, Betio y Okinawa habría costado conservadoramente dos millones de vidas de ambos lados, sino como la agresión imperialista por antonomasia.

         Para estos proponentes del absurdo, Estados Unidos es un imperio agresivo y despiadado. El verdadero enemigo de ellos no es el Partido Republicano ni la presente administración, sino la República que fundaran Washington, Jefferson, Adams y Franklin y que conservara Lincoln. Nacieron y crecieron aquí, disfrutan de derechos desconocidos en otras tierras, pero odian las instituciones que consagran esos derechos con una fruición fanática e irracional.

         Hace algún tiempo recibí de un amigo entre los muchos que me envían material histórico un mensaje al que acompañaba una lista recientemente publicada de los acontecimientos más importantes y las estadísticas más sobresalientes del siglo pasado. Es consecuente que tal ambiciosa lista sea objeto de interpretaciones diferentes por diferentes individuos, con diferentes maneras de apreciar el acontecer y sus implicaciones. No obstante, existen parámetros matemáticos para medirlo todo. Medir de acuerdo a esos parámetros equivale a ser objetivo. Un millón es evidentemente más que mil y mil es, de acuerdo al mismo parámetro, más que cien, etc.

         “El crimen del siglo” se denominaba el renglón al que me refiero. Inmediatamente pensé en la China de Mao y sus 45 millones de víctimas políticas. Frío, frío. Tampoco eran los veinte y tantos millones masacrados en el “Gulag” soviético. ¿Acaso los seis millones de judíos, gitanos y otros cremados en los hornos para carne humana de Hitler? Nó. ¿Quizás la mitad de la población de Cambodia masacrada por Pol Pot y su “Kahmer Rouge”? En lo absoluto. Admitir que otros fueran responsables de crímenes peores que los del imperialismo capitalista iría contra los fundamentos de su fe. Presumo que los amables lectores ya adivinaron la respuesta: el crimen del siglo, de acuerdo a esta inefable lista, fue cometido por el gobierno norteamericano al ordenar el inmisericorde bombardeo atómico de Iroshima y Nagasaki. Las referencias de la lista eran un quien es quien de la prensa “liberal” y otros abortos literarios como Wikipedia.

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Fuente: Relial
 
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