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Año V Nro. 361 - Uruguay, 22 de octubre del 2009   
 
 
 
 
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Visión Marítima

 

“Errores” de campaña
por Oscar Almada

 
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         Es frecuente que ciertos giros idiomáticos, sean o no correctos, gocen de períodos de éxito y notoriedad, al punto de ser empleados por todo el mundo y pasar a constituirse en definiciones incluso conceptuales de los fenómenos a que refieren.  Estos términos, que podríamos decir son “exitosos por novelería”,  suelen tener vida breve, pero en los períodos de vigencia surten sus efectos y dejan su secuela. En estos días, tiene esos caracteres la expresión “errores de campaña (electoral)”.  No podemos determinar quién fue el primero (periodista, politólogo, político, encuestador) que lo empleó, ya que en sí mismo es un término absolutamente corriente y de uso conocido. Lo que ocurre es que aparecido el mismo, todo cuanto escribidor se ocupó del tema lo usó y lo abusó, lo empleó y lo desgastó, para referirse a los traspiés reales, presuntos o simplemente inexistentes, que cometerían los protagonistas políticos en sus campañas electorales, traspiés que les podrían acarrear (o no), pérdida de votos.   Entonces pasa que, en vez de ocuparse quienes escriben (y quienes leen) de juzgar y calificar las propuestas, los programas, las ideas que aportan esos candidatos, -y determinar así la intención de voto-  se dedican a relatar y comentar  (incluso a veces con humor más trivial de lo que el tema merece) ciertos episodios que configurarían equivocaciones estratégicas y podrían conducir a retroceso en el caudal de apoyo ciudadano. No se analiza el contenido sino el detalle menudo.  ¡Incluso hay analistas y “politólogos” que caen en la absurda exageración de sostener que NO HA HABIDO propuestas de parte de los candidatos!

         Podemos decir que “hay errores y errores”. El error, literalmente, es la discordancia entre lo que se dice y la realidad. Varios errores han cometido el señor Mujica y el Dr.Lacalle por mera desinformación, desconocimiento de detalles o imprecisión del momento. No siendo en ningún caso irreparables, esos errores propiamente dichos, tanto los de uno como los del otro, no interesan para nada y son meras (y poco significativas) anécdotas olvidables. Pero hay cierto tipo de declaraciones o afirmaciones que en modo alguno pueden denominarse simplemente “errores estratégicos de campaña”, sino de gravísimos y peligrosos conceptos que hacen a la definición ideológica del candidato y a lo nefasto que podría ser permitir que se encarame al poder.    Vamos a los ejemplos.   Cuando el Dr. Lacalle advierte que los posibles inversionistas financieros están aguardando o van a esperar el resultado electoral para concretar (o no) su inversión,  por las razones ya de todos conocidas y comentadas, puede ser  que cometa un error, porque irrita a los gobernantes actuales, se presta a tergiversaciones (confundir advertencia con exhortación) espontáneas o deliberadas, y lo hacen pasible de reproches seguramente inmerecidos. El propio Vázquez lo hizo acusándolo de deslealtad, pese a que en el 2002 él mismo cometió lo que estuvo lindero a una traición..... Cuando emplea la imagen de “motosierra” para significar que habría que cortar gastos excesivos y no contraprestados del Estado, recibe la sorna despectiva de la derechista Ministra Arizmendi, tocada directamente por la alusión. Cuando hace propuestas sobre la situación de los más menesterosos, se le critican sus términos, que por cierto no son ofensivos, pero no se analizan los términos y alcances de sus propuestas.    Estos “errores” pueden significarle desmedro en la opinión de quienes ya están absolutamente decididos a NO votarlo jamás, pero no a quienes no sean sus enemigos.

         Pero cuando el señor Mujica emplea un lenguaje procaz y desgraciado como norma, no comete un mero error, sino que está despreciando a sus conciudadanos, especialmente a sus propios votantes, y los denigra y descalifica implícitamente al pensar que pueden compartir ese uso. Y cuando se contradice permanentemente y lo reconoce y justifica (como el peluquero de Wimpy, tanto le dice una cosa como la otra), no comete un  mero error, sino emplea en forma convicta y confesa una técnica engañosa, tortuosa y desleal, que de ningún modo le puede atraer la seguridad y la confianza de la ciudadanía. Y cuando en forma pública destrata a gobiernos o ciudadanos extranjeros en su propia tierra, no comete un mero error,  sino que compromete al país en sus relaciones internacionales en forma atrevida e irresponsable, y mucho más si él piensa que puede llegar a ser el presidente. Y cuando confiesa que no cree en la justicia, que no se arrepiente por haberse levantado en armas contra un gobierno constitucional (tratando para peor de hacer creer que la insurrección era contra la dictadura militar, cuando en realidad se inició diez años antes y fue derrotada también antes del advenimiento de ésta) y que no mató porque erró el disparo, no comete un mero error,  sino que incurre en una inexcusable felonía suficiente por sí sola para atraerse el desprecio y el rechazo, no sólo del resto de la opinión pública, sino incluso de todos los seguramente muchos ciudadanos frentistas que más allá del valor de sus opiniones, mantienen su patriotismo, su buena fe y su honradez política.   No se trata, en estos casos, de simples equivocaciones estratégicas que pueden o no significarle pérdida de votos, sino inexcusables declaraciones descalificadoras que no obedecen a otra cosa que a su propia índole y naturaleza y a sus deleznables convicciones.  ¿Quién puede, de buena fe, comparar unas y otras cosas y asignarles valor similar?

         Condúceme todo esto a afirmar que los periodistas, estudiosos, analistas, políticos y demás, que emplean estas categorías de examen, no sólo se equivocan en concederle tanta o más importancia a presuntos “errores” de los candidatos que a  sus propuestas y programas de gobierno, y hacérselos cometer a la gente,  sino que confunden lo que en el peor de los casos serían simples errores de campaña, con aberraciones de toda clase, que sólo los frentistas fanáticos, disciplinados  (o “resignados” como notablemente definió el Dr. Sanguinetti)  pueden aceptar y tolerar.

         Lo mismo sucede con insistir en que “el nivel de la campaña ha bajado y atribuirle a todos los concursantes similar responsabilidad al respecto. Es incurrir en una gruesa y funesta equivocación, que beneficia directamente a quien está cometiendo precisamente actos lindantes con la alienación mental. ¿Tienen similar responsabilidad Mujica y Lacalle? ¿Han contribuido igualmente Bordaberry,  Mieres e incluso el respetuoso y coherente Rodríguez? ¿Qué pueblo puede apoyar semejante esperpento? Debe comprender la ciudadanía que el caso de Mujica es, incluso hacia adentro de su partido, mucho más materia de psiquiatras que de politólogos.  Pero los críticos y periodistas deben saber que al caer en dichos errores, le están haciendo el juego, deliberada o inconscientemente.  Es clarísimo

         Nosotros somos independientes,  o sea, no escribimos estas opiniones en función de una adhesión específica a algún partido, lo que no quiere decir que no pertenezcamos a ninguno. Como lo habitual de los cronistas “neutrales y objetivos” parece ser evitar toda definición determinada y mantenerse en una tibia posición intermedia  (que al fin y al cabo, para no contradecir a ninguno contradice a todos)  nosotros podemos parecer excesivamente inclinados hacia una posición y desviados de la contraria. PUES, SI, SEÑOR, ASI ES.  Estamos fervorosamente inclinados a favor de la democracia y la libertad, y lejos, por tanto, del populismo y la demagogia. Estamos radicalmente en contra del estatismo monopolista y también por supuesto del corporativismo fascista. Pensamos que la política y el gobierno deben desarrollarse a través de los partidos políticos y no de las agremiaciones de intereses. Creemos que el marxismo y sus derivaciones políticas han demostrado sobradamente su perversión y su fracaso, y por lo tanto, abominamos de cualquier apoyo al régimen de Fidel Castro y al de Hugo Chávez y sus turiferarios. Nacimos y crecimos en el período en que la lucha de la ciudadanía se concentraba tanto contra el despotismo franquista como contra la anarquía autoritaria de los que destrozaron la República, si se trataba de España; tanto contra los absolutistas y militaristas franceses como contra los suicidas de los “frentes populares”; y por supuesto contra la insanía y la crueldad inhumanas del régimen nazi y de su adlater mussoliniano, como contra los que sólo se opusieron a ellas cuando les convino o lo necesitaron.  En el país, nuestra infancia transcurrió en el período de los gobiernos de facto de Terra y de Baldomir, y  nuestra madurez fue agredida tanto por la brutal dictadura cívico militar uruguaya como por el terrorismo y el falso mesianismo tupamaro que la facilitó y le dio excusa.  Ahora, ya en el anochecer, atravesando por los últimos comicios, sólo deseamos que la ciudadanía siente la base de una democracia y de una armonía social firmes y sólidas, coherentes y racionales,  única forma de enfrentar con éxito los ingentes problemas de la hora.   Y para ello, hay dos opciones que se jugarán en noviembre, una positiva y otra adversa, por encima de los méritos o defectos de sus personeros.

© Oscar Almada para Informe Uruguay

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