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Ejercicio (¿aconsejable?) de autoanálisis
por Fernando Pintos
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En esta época tan marcada por lo que podríamos denominar «las definiciones indefinidas», es bueno plantarse en ciertas ocasiones delante de un espejo e intentar un ejercicio sincero de auto análisis. Bien visto, esto podría tener cierta semejanza con un examen de filosofía elemental, en vista de las preguntas que será necesario formular: ¿quién soy? ¿Qué soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde me dirijo? Etcétera. Tamaño examen es bueno para quien escribe, y también lo podría ser para aquellos quienes lean, puesto que ese nexo tan especial —escritor/lector— está sancionado por algún tipo de afinidad. Bien podría afirmarse que tanto el uno como los otros son, en cierta medida, coyotes de la misma loma.
Comencemos entonces por el capítulo de las cualidades. Entre aquéllas rescato apenas unas pocas, pero en compensación muy bien definidas. La primera: ser un tan absurdo como obsesivo perfeccionista y ejercer la pretensión de ajustar mi vida a ello, en cualquier actividad que desempeñe, pese a la lógica carga de frustración que el asunto conlleva, debido a que —¿acaso alguien lo ignora?— cualquier obra humana pecará siempre, aunque sea de manera mínima, por imperfecta. La segunda: la malsana costumbre de vivir apegado a ciertos principios y dispuesto, en consecuencia, a morir con las botas puestas por el dudoso privilegio de defenderlos a capa y espada. He ahí una notoria desventaja en un mundo cada vez más sobrepoblado por gente que estrictamente atiende a fines, los cuales pretende conseguir por cualquier medio y a cualquier costo. La tercera: adolecer de una franqueza brutal, no sólo por naturaleza sino también por convicción (reflexiono que, de no ser así, traicionaría la confianza de los demás y su derecho a conocer la realidad). Y compréndase que este pequeño detalle, en época donde la hipocresía es reina, la simulación emperatriz y la mentira concubina real, no representa ningún regalo de los dioses. La cuarta: cierta dolorosa capacidad para captar los diversos problemas y facetas de la realidad con una visión global —el término «macro» sería tal vez más apropiado—, que proviene de la costumbre de meditar y llega acompañada por una marcada facilidad para intuir… (Mas, ¿no expresó una vez el poeta que no existía «pesar más grande que el de la vida consciente»?). La quinta: una absoluta (y absurda) incapacidad para odiar tan siquiera a mis peores y más enconados enemigos. Lo cual no significa que sea una mansa paloma o una víctima propiciatoria potencial, pero sí que me guardo de desperdiciar tiempo y energías —para mí preciosos— en tareas tan estériles como el odio y la revancha.
¿Y en cuanto a mis defectos? Diría que son demasiados. Y de numerosos, suficientes como para rebasar la capacidad de una guía telefónica. Por citar tan sólo unos pocos: ser confiado en exceso (como si no terminara de comprender la pandemia de malignidad que afecta al mundo); impulsivo en grado sumo; impaciente por vocación; absolutamente incapaz de comprender o aceptar la «corrección política»; por completo impermeable a la posibilidad de renunciar a mis convicciones; enemigo implacable de todo aquello que considero incorrecto, inmoral o fuera de lugar; infatigable enamorado de la belleza femenina (pero, al mismo tiempo, estúpidamente apegado a la monogamia y la fidelidad); amante irrestricto de la soledad, la paz, el silencio y la tranquilidad; enemigo implacable de idiotas, cretinos, imbéciles y estúpidos… Y como si todo lo anterior fuese poca cosa, también proclive a responder con dureza frente a los prepotentes, los impertinentes, los delincuentes y todos cuantos dediquen sus afanes a violar de cualquier manera el derecho ajeno. Podría seguir con una larga enumeración, pero sospecho que algunos se aburrirían.
De acuerdo con lo anterior, cualquiera que pretendiera comprarme por infeliz, hipócrita, chismorrero, incapaz, enredador, lamesuelas, traidorcito de opereta, marrullero crónico, bellaco o pusilánime, terminará estafado de la manera más completa e infame. Y a nadie le aconsejaría invertir su dinero de una manera tan lamentable. Sin embargo, determinadas cualidades que pueden ser habitualmente criticadas, suelen servir de mucho en momentos álgidos de crisis. Por ejemplo: sin el carácter y las ideas de un Winston Churchill, Inglaterra no existiría como tal a estas horas, el mundo sería hoy muy diferente y quién sabe hasta dónde hubiera llegado Adolf Hitler con sus pretensiones de dominación universal. La moraleja —mi moraleja, cuando menos— es que vale más tener personalidad que carecer de ella. Y en estricto apego a tal principio siempre he tenido, o cuando menos traté de tener, dos cosas correctamente colocadas: Las ideas y los pantalones.
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