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Año V Nro. 322 - Uruguay, 23 de enero del 2009  
 

 
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Equipitos que provocan lástima…
¡Los reyes del fulbito!

por Fernando Pintos

 
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         Son esas retorcidas paradojas que se tornan cada día más comunes en este asqueroso universo globalizado. En Uruguay, país culto y civilizado con raigambre europea, siempre se ha comido muy bien. No tendremos una gastronomía muy «típica» o si se quiere «americana», como otros países del continente, pero sí sabemos comer a lo grande y apreciamos una vasta gama dentro del arte culinario. Y como parte de ese indudable buen gusto para comer que siempre ha distinguido a los uruguayos, el pan es un componente fundamental. Un elemento infaltable. Desde siempre hemos tenido excelentes panaderías y extraordinarias confiterías. Casi todas ellas con añeja tradición, ya fuera proveniente de España o de Italia, sin despreciar aportes de Francia, Alemania y Europa Oriental. Gracias a ello, nuestras variedades de pan han sido, en toda época, tan variadas como soberbias. Es cierto que algunos productos muy tradicionales, como aquellos viejos y deportivos napoleones, han desaparecido del escenario. Y también lo es que nuestros maravillosos bizcochos de las primeras horas matutinas, delicia apetecible para las 24 horas del día, ya se tratare de panes con grasa o galletas dulces, de croissants dulces o salados, de galletas saladas o margaritas, están sufriendo por estos días una serie de mutaciones posmodernas, cuya intención consiste en mantener o incrementar precios, al mismo tiempo que se reducen tamaños. Pero conservamos la tradición intacta de ese irrepetible pan marsellés, del pan porteño, del pan catalán, de las flautas con corteza crujiente, de los grissines crocantes, de las galletas marinas o malteadas y de muchas otras delicias, tan propias de nuestro más acendrado paladar.

         Ni que decir de todo cuanto tenga que ver con las confiterías, que funcionan muy bien en casi todas las panaderías de barrio, pero que también tienen algunas expresiones sobresalientes y conservan rancias tradiciones en nombres como «El Oro del Rhin», «Carrera», «El Ombú», «Lion D’Or»… Y unas cuantas otras cuyos ilustres nombres no me vienen, en este momento, a la memoria. Aunque sí me viene, por tradición oral de familia, algunos relatos que confirman la excelencia que siempre han tenido las confiterías montevideanas. Entre los años de 1930 y 1950, dos de las más famosas confiterías montevideanas eran «El Telégrafo» y «La Mallorquina». Y de tan buenas, sucedía que muchas veces recibían pedidos de Asunción de Paraguay, y enviaban por avión el servicio completo —confitería y coctelería— para grandes recepciones en la capital paraguaya. Todavía hoy, es una delicia irrepetible saborear las bombas —y otras masas, principalmente de hojaldre— del «Oro del Rhin»… Ni qué decir acerca de los tradicionales massinis de la confitería «Carrera», que tiene muchas otras especialidades estupendas. ¡O las clásicas masas de «El Ombú»! Sin lugar a dudas, Montevideo sigue siendo, a pesar de todos los pesares y contra todas las objeciones, un pequeño paraíso en cuanto tiene que ver con la producción diaria de panaderías y confiterías.

         Y es por todo lo anteriormente expresado que resulta una desagradable sorpresa comprobar que en el mercado uruguayo ha entrado con fuerza esa marca mexicana de panificables, la «Bimbo» del osito, pues su presencia y difusión en Uruguay parecería permitir una comprobación fehaciente: el buen gusto de los uruguayos está decayendo en cuanto tiene que ver con productos panificables. Y lo más triste de todo el asunto es que el fenómeno se produce en un país donde las buenas o excelentes panaderías siguen produciendo, todos los días, una miríada de excelentes productos frescos, es decir, recién salidos del horno (y por lo tanto, calientes). Me frustra comprobar que tantos uruguayos que tienen ese privilegio a disposición todos los días —disfrutar lo que producen nuestras panaderías—, optan por los acartonados panificables de «Bimbo». Y me planteo, con respecto a ese horrendo fenómeno, un par de posibilidades. La primera: que podría existir una alteración notable en las papilas gustativas de los uruguayos. La segunda: que la alteración estará en las neuronas.

         Y viene al caso la empresa panificadora mexicana «Bimbo» porque ella organizó en la ciudad de Montevideo, en esta semana que termina, una «Copa Bimbo» que contó con la participación de los dos equipos grandes del fútbol uruguayo, Peñarol y Nacional, y de dos equipos brasileños que provienen del mismo estado: Cruzeiro y Atlético Mineiro. En la primera jornada de la copa, goleada de Cruzeiro al Atlético Mineiro por cuatro goles contra uno, y victoria clásica de Nacional por marcador de 2-1. Y hasta ahí, la cosa sin mayores sobresaltos. Pero después se disputan el tercer y primer lugares, y llega la catástrofe. A primera hora, Atlético Mineiro se queda con el tercer puesto, después de golear a Peñarol por cuatro a uno. Y en la final, el Cruzeiro (que había llegado a Montevideo sin varios titulares) vapuleó sin misericordia a Nacional y le ganó por un oprobioso marcador de 4-1, y eso apenas, porque en el segundo tiempo los brasileños se conformaron con la goleada de los primeros 45 minutos y bajaron revoluciones, para no ridiculizar todavía más a este patético equipito tricolor. Tal como lo expresó uno de los rotativos de nuestra capital: la del pasado miércoles 21 de enero fue, sin lugar a dudas, «una noche negra para el fútbol uruguayo»… ¡Y que lo digan!

         Me parece que fue una absoluta imprudencia haber invitado a estos dos equipos brasileños para disputar la «Copa Bimbo». En realidad, si se organiza un torneo de estos en Montevideo, lo más inteligente sería arreglar las cosas de tal manera que resulte posible para uno de los dos grandes, Nacional o Peñarol, ganarla y así dejar el trofeo en Uruguay. Y para tales efectos, voy a proporcionar una sugerencia amigable. Dentro del continente americano, tan sólo se debería invitar equipos de unos pocos países: ellos serían Haití, Belice, Guatemala, Surinam, Nicaragua, Islas Vírgenes y Bolivia. En Oceanía, se podría probar con algún cuadrito de Tahití, las Islas Salomón o Nueva Zelanda. Y en cuanto a Europa, deberíamos invitar conjuntos de potencias tales como Mónaco, Andorra, Liechtenstein, San Marino, Luxemburgo, Malta e Islandia. ¿Tomaron buena nota de todo ello? Pero hagamos una salvedad: con el sano propósito de prevenir desagradables sorpresas, innecesarios vapuleos, bochornosas goleadas y ainda mais, sería bueno que antes de invitar a algún equipo de los mencionados países se compruebe, fehacientemente, que sean de aquellos que nunca suben más allá de la mitad de la tabla en sus campeonatos locales. Pero, ¡eso sí!: habría que apurarse a poner en práctica lo que sugiero, porque en unos ocho o diez años, invitar a un equipito de Belice o Surinam para disputar una «Copa Bimbo» (o cómo se llame entonces) podría tener las mismas consecuencias que hoy ha tenido invitar a Cruzeiro y Atlético Mineiro. Un desastre completo y una vergüenza absoluta. Y, por supuesto: la comprobación de que en Uruguay no existe lo que se llama fútbol. A muy duras penas, se practica algo de muy inferior calidad: el fulbito.

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