
LOS OFRECIMIENTOS
Él, rendido de amor, le ofreció la consagración de su vida al otorgamiento estable y sin términos de toda afección y toda reverencia; existiría para su beneficio y obsequio y estaría atento tan sólo a su deseo y capricho y a sus pequeñas necesidades, que grandes él no permitiría que las tuviese; le entregaría su paciencia, sus ocupaciones y preocupaciones, sus sueños, ilusiones y conquistas en todos los planos, materiales y morales; sus días y sus noches girarían en su torno, adorándola y sirviéndola como la sombra a la luz, como el hollejo a la pulpa, como el recipiente al licor; la convertiría en la medida y árbitro de su paz y de su goce, y aun más: en la vara de mensurar y en la balanza de comparar todas las opulencias y donosuras y zumos del mundo; sería su palanca y su palenque; su tierra firme, su combustible, su caucho flotador, su impulso; y además el viento de sus velas, el oxígeno de sus llamas, el envión de sus apetencias, inclinaciones y vocaciones; celebraría su voz y el recuerdo vibrátil de su voz en el aire; amaría la huella de su paso, y el olor de su cuerpo en el día y en la noche; calmaría su sed con el agua que ella bebiera y su hambre con el pan que ella levara a su boca; olvidaría o disimularía la desgracia y el llanto que escuecen la tierra sólo porque ella había consentido en existir y su existencia componía un halo donde él respiraría la verdadera vida; por ella todo él sería un canto en el cual sólo ella sería el hilo enhebrador, el motor y el empuje; por ella miraría los tesoros de la tierra, del aire, del agua pensando en que sólo reflejan imperfectamente lo que en ella está dado con precisión y esplendor; la vería surgir de cuanto con él tuviera contacto o parentesco, como si el alma de las cosas por él miradas o rozadas contuviera el alma íntegra y única de ella y la evidenciara como una flor o un aroma; exaltaría la jocundia de estos días del tiempo que la han podido contemplar por coincidencia cósmica, pues siendo ella irrepetible antes de ahora no coincidirá después, y ahora él estaría vivo para gloriarse de esa gloria; se ilustraría con los pequeños trabajos y cuidados que alhajan y bonifican y perfeccionan la materia concreta de ella (que entibian, o refrescan o silencian, o abrigan) como si nos sacáramos hojuelas de la ep9dermis, o las agregáramos, o las cambiáramos, de lugar para dulcificar y ahondar placeres sensorios que nos enriquecen o solazan el rincón de los minutos; le ofreció sus días, sus ambiciones, su mirada, sus manos para hachar y su mente para recordar e imaginar; le ofreció arreglar su ritmo al de ella para que al andar se encaminaran hacia donde su brújula mandase; le ofreció persistir en la certeza de que ella y la alegría, ella y la plenitud y ella y la dicha eran una misma y sola sustancia indivisible; y que en esa dicha, plenitud y alegría se acomodaría él como ave en su nido; le ofreció la propia carga vital que traía con su pasado y su ancestro, densa de antiquísimos mandatos, su presente ahíto de posibilidades y destinos vírgenes, quizás feraces por la fuerza de su confianza y todo el porvenir que en ello se encerraba, para su solo usufructo; le ofreció reinar sobre él en toda la extensión de su humano universo, súbdito por el amor y la dulzura; le ofreció confundir toda cosecha posible de su alma y actuar en consecuencia; le ofreció, en fin, todo lo que él era y todo lo que él poseía, y todo lo que podía llegar a ser y llegar a poseer por el influjo de los cambios que en él se operarían al serle concedido el amor que solicitaba.
Y ella dijo que no era suficiente.
Entonces él, rendido de amor, le ofreció ser el único depositario de todos los dolores y desdichas que se generaran en la tierra de los hombres; aceptaría sin queja el hambre y la sed a lo largo de la vastedad de los días; aceptaría las mortificaciones de las lacerías físicas y las que se ensañan contra el ser profundo, degradándolo y amputándolo; aceptaría torturas cotidianas, sistemáticas, aun con la conciencia de ir desminuyendo en capacidad y entereza; le ofreció realizar todas las tareas y quehaceres que ella dispusiera, aun los que rebajan y humillan, aun los que ponen en contacto con la hez humana o cos las fatales y atroces realidades inherentes a nuestra cualidad de organismos corruptibles y con permanentes pérdidas de células en colonias a veces indiferentes y a veces detestables y odiosas; le ofreció extraviar la noción del tiempo, a fin de que lo que recibiera de ella, apetecible o aciago, pudiera considerarlo y juzgarlo en proporciones de infinitud para lo primero y en proporciones de insignificancia para lo segundo: le ofreció arrastrarse a sus pies como las alfombras o los perros, aunque se atentara contra él a golpes de puño, a golpes de palo o de hierro candente; le ofreció permanecer en la oscuridad hasta volverse ciego sólo porque ella derramara sobre él de vez en vez la luz de sus ojos envuelta en un poco de afecto y un poco de ternura; le ofreció renunciar a cuanto pudiera brindarle la vida en bienes concretos o en bienes abstractos que fuera extraño a la competencia o intervención o ámbito de ella, o que interfiriera o rozara o ensombreciera algo de sus intereses, actitudes o gustos, y aún renuncia a aquello que un presunto destino de más allá de estas horas terrestres pudiera depararle en el caso de que ese don fuera positivo, brillante, o siquiera aceptable, pero recibiéndolo de buen grado y en homenaje a ella, si tal merced contribuyera a castigarlo y lapidarlo todavía más; le ofreció mendigar por las calles más oscuras o sórdidas y volcar el producto de sus peticiones para su placer y regalo; le ofreció descender en la escala de los defectos morales y los vicios, no para obtener satisfacción de ello, sino para que el contraste realzara y magnificara su virtud; le ofreció ser su conejillo de Indias para toda experimentación que sobre su cuerpo o estructura espiritual deseara ella ejecutar, de cualquier naturaleza que fuera, liberándola por anticipado y por escrito de todo cargo si de resulta de esos experimentos él quedaba lisiado, imposibilitado, enajenado o difunto; le ofreció la donación indiscriminada de sus vísceras, de sus ojos, de su piel, de sus huesos, o de cualquier porción exterior o íntima, de sus atributos corporales, para que ella pudiera implantarlos (por caducidad de los suyos) en su propio cuerpo o en el de la persona que ella señalara; se ofreció a representar ante ella o con ella el papel que ordenara como el más adecuado a sus deseos o a la medida de su aquiescencia, ya fuera el de esposo, amante, compañero, padre de hijos probables, confesor, trovador, o bien hujier de cámara, mayordomo, satélite, mártir, partiquino o comparsa; le ofreció instalarse en una estancia negra y rodearse de túmulos, pirámides, lápidas, mausoleos y toda otra forma necrófila, a fin de que ella encarnara, mediante una que otra aparición fugaz, todo el pensamiento de vida, de alegría de esperanza; le ofreció para loor de ella y por conquistar su amor, ser públicamente fustigado, pisoteado, injuriado, vilipendiado, escarnecido, le ofreció su crucifixión como pasatiempo de las esperas, pequeñas o extensas que ella quisiera imponerle; le ofreció, en fin, su desaparición, con definitiva transición físicamente o de cualquier otro género de muerte que su arbitrio eligiera.
Y ella dijo que no era suficiente.
Luis Ricardo Casnati
Mendoza-Argentina