De Queenstown a Christchurch: Descubre el viaje más espectacular de Nueva Zelanda

Por : Martín López

Un recorrido por la naturaleza y la historia de Nueva Zelanda

Iniciamos nuestro viaje desde Queenstown, una joya ubicada al borde de un lago, conocida por ser el epicentro de actividades extremas y por tener los mejores burgers del país en el restaurante Ferburger, una experiencia gastronómica que se intensifica al disfrutarla al aire libre.

Mientras explorábamos la región, nos aventuramos por la «Cardrona Valley Road», un trayecto que nos transformó en cowboys modernos y nos hizo sentir como si estuviéramos en el lejano oeste americano, completado con el encuentro con bikers que confirmaban esa sensación de estar en un filme de aventuras. Aunque la gasolina estaba baja, la bajada nos llevó a vistas impresionantes y a Arrowtown, una réplica de un pueblo minero que nos recordó la fiebre del oro que también tocó tierras neozelandesas. A pesar de su atmósfera turística, fue un viaje al pasado.

Deporte y adrenalina en las alturas

El día siguiente, continuamos hacia el norte, y en nuestro camino a Christchurch, no pudimos dejar de detenernos en el Kawarau Bungy Bridge, cuna del bungee jumping moderno. La vista del puente del siglo XIX, aún resistiendo el paso del tiempo y el peso de los aventureros, fue espectacular. Decidí quedarme como espectador, disfrutando de los saltos audaces de los turistas.

A medida que nos acercábamos a Christchurch, pasamos por Araoki al pie del Monte Cook, el pico más alto del país, aunque oculto entre nubes y lluvia ese día. La región, salpicada de lagos como Pukaki y Tekapo, nos regaló aguas turquesas que resplandecían bajo el sol ocasional.

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Christchurch: un final melancólico

Al llegar a Christchurch, la atmósfera cambió drásticamente. La ciudad aún mostraba las cicatrices del devastador terremoto de 2011. El centro de la ciudad, reconstruido con contenedores coloridos, ofrecía un contraste vibrante contra la solemnidad de las ruinas. Un artista callejero escocés capturaba la atención de los transeúntes, y de alguna manera, terminé siendo parte de su acto, añadiendo un toque inesperado de fama a mi visita.

El viaje estaba llegando a su fin, y con un día más para disfrutar, decidimos alquilar un coche para explorar los últimos rincones. El día final en Christchurch no disipó la tristeza de despedirnos de un país que nos ofreció paisajes impresionantes, aventuras de adrenalina y una profunda inmersión en su rica historia y cultura. Con el corazón apesadumbrado, pero lleno de memorias inolvidables, nos preparamos para volver a Auckland y concluir nuestra aventura neozelandesa.

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