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Año V - Nº 263
Uruguay,  07 diciembre del 2007
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Marcelo Ostriga Trigo

Diálogo, autocracia y desobediencia civil

por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
 
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            Mario Vargas Llosa, a mediados de los años ochenta, aconsejaba desconfiar de los que hablan insistentemente de la libertad, porque frecuentemente llevan subyacente el propósito de conculcarla. Esto se aplica ahora a las hipócritas y persistentes ofertas de diálogo, paz y concertación, que parten del poder público, cuando ya es clara la intención de imponer una política sectaria, sin debate leal y democrático.

            El diálogo no produciría beneficio alguno si se centra en el árbol que oculta la enfermedad generalizada del bosque, o sea la crisis política, económica, social e institucional que sufre la República, y que pone en peligro la unidad nacional y la pervivencia de la patria, como nación civilizada, justa y democrática. No podría haber diálogo constructivo, si no se habla de esta crisis y sobre las ahora menguadas perspectivas de desarrollo. Hay que hablar también sobre los necesarios esfuerzos colectivos para restablecer la paz y la armonía social. Hay que hablar sobre el estado de derecho ahora amenazado y sobre el necesario respeto a las instituciones republicanas amenazadas, cercadas y víctimas de la denostación artera, como el Senado Nacional. Hay que hablar, finalmente, de los derechos, garantías y obligaciones de todos: de gobernantes y gobernados.

            Dialogar sobre los sucesos provocados por un gobierno que se encamina a la autocracia, sin orientación ni garantías para llegar a la concertación, tiene el signo de una trampa en nombre de la paz. Es que así sólo se advierte el propósito de ganar tiempo para consolidar la ilegalidad: constitución espuria y leyes demagógicas que tienden a desnaturalizar las autonomías regionales en cuatro departamentos. Tampoco se advierte que el diálogo propuesto sirva para que el Movimiento al Socialismo cambie su estilo antidemocrático y sectario y abandone las presiones de pobladas alentadas, organizadas y financiadas por el gobierno.

            Estas líneas no se orientan a devaluar el diálogo y la concertación. El diálogo es necesario. Pero no el tramposo, el que lleva oculta la intención de predominar a toda costa en desmedro del otro interlocutor. La proclamada “cultura del diálogo” no es, hasta ahora, distintivo del gobierno pues está desmentida por la irresponsable acción de hordas callejeras, Ponchos Rojos incluidos. Se habla de diálogo y, simultáneamente, se provoca. Y, aunque pudo tomarse en cuenta la terrible experiencia de Sucre, Pando ya es una nueva víctima de la intimidación –con tropas policiales aerotransportadas– por exigir que no se afecte su desarrollo con el abusivo recorte de sus ingresos departamentales provenientes del impuesto directo a los hidrocarburos. ¡Vaya cultura del diálogo, usando la fuerza!

            Democracia es “respeto mutuo y convergente entre la mayoría –siempre circunstancial– y las minorías”; respeto que sólo se menciona en los discursos de los oficialistas, pero las incitativas a la violencia ya son retruécano. Es difícil encontrar a alguien, o a algo, que se haya librado de las bravatas, de la furia verbal que incita a la violencia, con nuevos paramilitares, como los “Ponchos Rojos” para imponer las políticas del populismo.

            Cuando se desconoce que hay otras visiones y realidades de país, se percibe que hay un evidente afán de entronizar una autocracia, con culto a la personalidad incluido. Con estas credenciales, no es creíble la proclamada intención del oficialismo de sostener un diálogo honesto. Hay que reiterarlo: previamente hay que bajar tensiones abandonando los intentos de dominación e imposición, las incitativas a la violencia y, lo que es más importante, enmendando la ilegalidad. Luego, con el desarme de espíritus, se podría ingresar en un diálogo esclarecedor y fecundo.

            Pero, como no hay muestras de consideración y respeto, parece que sólo queda el instrumento de la desobediencia civil; o sea el “mecanismo de protesta social que consiste en la negativa a prestar obediencia a las leyes y decretos de algún gobierno o poder establecido. Esta desobediencia puede ser de forma pacífica y no violenta (Gandhi y Luther King lo usaron), manteniendo una actitud de protesta contra la autoridad con el fin de rectificar los errores que a juicio de quienes protestan, ésta ha cometido”. Hay que entenderlo bien: desobediencia civil no es sedición ni desacato; es un recurso pacífico para recuperar la libertad y el necesario respeto del poder público.

            Ojalá que venga el diálogo franco, honesto, esclarecedor, realizador, concertador. La terrible alternativa es sumirnos en la confrontación que sólo destruye.

 
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