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Año V - Nº 264
Uruguay, 14 diciembre del 2007
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Quedó muy lejos el dulce lunes

por Joaquín Morales Solá
 
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            ¡Qué lejano quedó el dulce lunes en que asumió! El martes, Hugo Moyano desayunó a Cristina Kirchner con la amenaza de inundarle la Plaza de Mayo con sus apocalípticos camiones, que los lleva y los trae como si fueran propiedad suya. Ayer le sonó la campana aún más alarmante del poderoso FBI norteamericano, que vinculó los famosos 800.000 dólares del venezolano Guido Antonini Wilson con la campaña presidencial argentina que terminó entronizando en el poder a la actual presidenta.

            Tres venezolanos y un uruguayo (que no viajaron en el avión fletado por la raquítica Enarsa para trasladar, entre cosas y personas, a la célebre valija) andaban en Miami intentando diseñar una fórmula para justificar ese dinero. Pero es casi imposible disimular un elefante en una calle peatonal. El gobierno de Hugo Chávez, dijeron los detenidos por el FBI, está preocupado por las consecuencias políticas y jurídicas del caso. El gobierno argentino también lo está. De hecho, el ex presidente Néstor Kirchner se fue del cargo deslizando, en sus días postreros, que él lo había echado a Claudio Uberti, el funcionario argentino más influyente en la relación con Caracas en el momento del escándalo, aun antes de que fuera citado por la Justicia.

            Uberti, pasajero también de ese avión, es un caso especial. Su función en el Estado argentino consistía en regular las autopistas, pero era, en los hechos, un embajador paralelo con el gobierno de Chávez. El ministro de Planificación, Julio De Vido, pujó siempre para que fuera el embajador formal en Caracas. No lo consiguió, aunque logró que toda la relación económica con el gobierno chavista pasara por las manos de Uberti, un hombre muy cercano también al propio presidente Kirchner.

            La noticia lanzada ayer por el FBI tiene, necesariamente, muchas consecuencias. La primera de ellas es que echa por tierra la aseveración constante de Kirchner, dicha hasta días antes del final de su mandato, de que debía investigarse si ese dinero no estaba destinado a Uruguay. El argumento se sostenía en que en el urticante avión viajó también la presidenta de Pdvsa en Uruguay, una funcionaria venezolana. El pretexto era medio extravagante: ¿por qué funcionarios argentinos deambularían, en un avión rentado por el Estado argentino, con dinero ilegal dedicado a un tercer país?

            La repercusión más grave es, sin duda, la que vincula esos recursos con la campaña electoral argentina. Ninguno de los acusados dio el nombre del candidato o de la candidata al que iban destinados, pero aseguraron que servirían para financiar la campaña de un candidato presidencial argentino. Resultaría raro que Chávez le enviara dinero a Elisa Carrió o a Roberto Lavagna, cuando ambos se esmeraron en vapulear al líder caraqueño. Más extraño resultaría que Kirchner hubiera pagado un avión para trasladar dinero que financiaría las campañas de Carrió o de Lavagna. Los otros candidatos que existieron no merecen ni la atención de Chávez y sus petrodólares.

            Una deducción benévola consistiría en suponer que esos fondos estaban destinados a subsidiar, ilegalmente desde ya, a las muchas organizaciones sociales (piqueteros o ex piqueteros, sobre todo) que mezclan sus simpatías políticas con el chavismo y el kirchnerismo. Se trataría, en tal caso, de una manera indirecta de apoyar la candidatura del oficialismo. La versión más malévola, que no puede dejar de consignarse sobre la base de la declaración de los detenidos en Miami, es que esos dineros hayan estado destinados directamente a la campaña electoral del gobierno argentino.

            Lo cierto es que esos fondos eran dinero mal habido y plata dulce. Se lo supo desde el primer momento. Antonini Wilson dejó abandonados en el Aeroparque cerca de 800.000 dólares sin pelear en la Justicia por la honradez de esa plata y sin reclamar siquiera los 400.000 dólares que le correspondían, descontado el 50 por ciento de multa por la infracción aduanera. Eran cerca de 800.000 dólares, porque faltaban 9500 dólares para llegar a esa cifra. En la Argentina se pueden ingresar 10.000 dólares sin declararlos. Algún travieso manoteó antes el monto que podía pasar inadvertido.

            Infracción aduanera. Esa fue otra extrañeza del caso. Si bien hubo un sorprendente operativo aduanero y migratorio en el aeropuerto, en la madrugada impróvida de un sábado, lo cierto es que las autoridades políticas decidieron darle ese tenue estatus delictivo al hecho. La Justicia sólo intervino 48 horas después, tras la denuncia periodística que hizo público lo que había sucedido en la estación aérea.

            Así, Antonini Wilson tuvo tiempo de salir del país y viajar a Montevideo, donde estaba Chávez tras su paso por Buenos Aires. Antes, diplomáticos venezolanos en Buenos Aires despertaron al funcionario de turno en la Cancillería (funcionaria, en verdad), a las 3 de la mañana, para consultar si ese ciudadano venezolano tendría problemas para abandonar el país. La llamada quedó inscripta en el libro de novedades del Ministerio de Relaciones Exteriores.

            Antonini Wilson contó con cobertura política argentina y venezolana. Mal podía tener conocimiento la Cancillería de sus fechorías si la Justicia sólo actuó después de que se fue. Pero las autoridades políticas del Aeroparque demoraron demasiado en trasladar el caso a la Justicia, adonde terminó llevándolo la prensa.

            ¿Por qué el FBI decidió difundir la noticia apenas dos días después de la asunción de la nueva presidenta? El FBI es un organismo autónomo, pero tiene dependencia política del gobierno norteamericano. No faltarán las denuncias de conspiraciones ni en Buenos Aires ni, mucho menos, en Caracas. Ya Chávez había hecho alusiones a supuestas confabulaciones del "imperialismo" por este caso. Al gobierno argentino le será más difícil explotar esa veta, porque el FBI sólo estaba cumpliendo un pedido formal de la justicia argentina: detener e interrogar a Antonini Wilson.

            Lo detuvo y lo interrogó. El que habló fue ese misterioso e inexplicable venezolano: hombre de la confianza de Chávez, por un lado, y dueño de un pasaporte norteamericano, por el otro. Antonini Wilson hacía tan buenos negocios en la república socialista de Chávez como en el país "imperialista" de Bush. ¿Su relación con ambos gobiernos se reducía sólo a los negocios? ¿O era, en cambio, uno de esos buscavidas que cotorrean secretos en cualquier lado? Esto último es lo más probable. El propio operativo en el Aeroparque no dejó nunca de sembrar, por sus propias características, suspicacias sobre la influencia de servicios de inteligencias, nacionales o extranjeros.

            De cualquier forma, el problema se torna severo cuando el hecho en sí mismo es más grave que cualquier conspiración. El hecho habla de la enorme laxitud con que Chávez dispone de los dineros de Pdvsa (está claro que el dinero venía de la poderosa petrolera) en un país con más pobres que dólares. El hecho refiere también a los riesgos de la relación del gobierno argentino con un hombre que gobierna una nación democrática con los métodos de un autócrata.

            La Argentina se fue del Fondo Monetario para no estar sometida a su escrutinio económico. Pero ya se endeudó con Venezuela por casi 5000 millones de dólares (cerca del 50% de lo que le pagó al FMI) y le reclamó soluciones energéticas que aquí no se habían tomado a tiempo. Chávez no le investigará la política económica al gobierno argentino, pero puede condicionar su política exterior con sus estrafalarios planteos internacionales. Ya era grave lo que sucedía antes del documento del FBI. Ahora es más grave, y las preguntas finales son muy simples: ¿quién era el destinatario de esa valija? ¿Para qué vino? ¿Por qué esa generosa dádiva en un mundo donde los regalos no existen?


Fuente: Diario La Nación
 
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