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El mundo por la paz
por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
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Esta columna se distribuye los fines de semana. Quizá, para algunos, lo sucedido el lunes 4 de este mes, o sea hace pocos días, ya ha perdido actualidad. Sin embargo, estoy convencido de que hay temas que nunca pasan desapercibidos; son los que tienen como esencia la defensa de la libertad, el derecho, la democracia y la paz.
La fallida mediación del presidente venezolano para la liberación de tres rehenes en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) –al final fueron dos las secuestradas que recuperaron su libertad– ha producido la más clara condena al terrorismo de una guerrilla supuestamente liberadora, dejando establecido que ya no habrá cabida para el conformismo ni para aceptar la convivencia con la violencia.
También se han puesto en evidencia las reacciones del presidente venezolano que, agobiado por la frustración de su fracaso, está creando peligrosas tensiones con el gobierno colombiano. Pero el afán pendenciero de Hugo Chávez no salió a relucir –vaya a saber por qué vínculos oscuros– ante la cruel mentira de las FARC sobre el paradero del niño, hijo de una de las secuestradas y que presuntamente estaba en su poder, desmoronando el sainete que él pretendió montar. La verborrea del presidente se dirige, en cambio, contra un gobierno que no le permitió seguir en su empeño de figurar como conciliador. Se comprobó, en cambio, que Chávez no es, ni de lejos, exponente de paz y concertación; en realidad se muestra como cómplice y protector de los violentos.
Hugo Chávez puso en acción a su diplomacia para lograr que el mundo varíe la percepción de que las FARC constituyen una organización terrorista, y que en cambio se les reconozca la condición de fuerza beligerante. Le “salió el tiro por la culata”. Es que esta reacción del chavismo sirvió para que nuevamente se compruebe la verdadera esencia inhumana de la guerrilla colombiana; para que se recuerde a los más de treinta mil muertos y desaparecidos que ha provocado; para que se reclame la libertad de los miles de cautivos encadenados en la más injusta privación de libertad, y para que el, mundo condene a los captores que aún esperan recompensa por sus actos criminales. Así lo comprendió la Unión Europea, a la que Chávez apeló. Se confirmó que la guerrilla colombiana constituye una organización terrorista.
Se afirma, con razón, que “los grupos violentos de Colombia son terroristas porque reclutan y maltratan a menores, atentan contra ancianos, lanzan bombas contra la población civil y el tráfico de drogas es su principal sustento”. Reconocer a las FARC la calidad de fuerza beligerante, a la vez de ignorar la crueldad salvaje, permitiría el disparate de que se les reconozca como un Estado dentro de Colombia, admitiendo la facultad de establecer relaciones comerciales y diplomáticas con gobiernos, mientras que sus dirigentes podrían desplazarse libremente por el mundo, como embajadores del terrorismo.
El 4 de febrero de 2008, ya es histórico. Se acabó la indiferencia en Colombia y en el mundo. Fue contundente el mensaje que uniformemente retumbó en las ciudades de Colombia, en Londres, Madrid, Lima, París, Caracas –sede del chavismo–, ciudad de México, Sydney, Buenos Aires, San Pablo, Montevideo, Quito, Guayaquil, Santiago, Estocolmo, Nueva York, Washington, Budapest y Bruselas, en fin, en tantas ciudades del mundo (se dice que son más de cien, con millones de personas manifestándose). Y hay que recogerlo: no más indiferencia; no más locura extremista; basta de payasadas del provocador de Caracas; basta de rendir culto a la guerrilla fratricida y de justificar la violencia, los secuestros, los asesinatos, en fin, los métodos de la barbarie.
En el horizonte, ahora sólo debe brillar una luz honrosa: la que proyecta libertad y paz...
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