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Año V - Nº 265
Uruguay,  21 diciembre del 2007
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Marcelo Ostriga Trigo

Curso de colisión

por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
 
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            Este artículo se escribe cuando predomina el temor generalizado de que dos visiones de país estén en curso inevitable de colisión; el choque que definiría el resultado final de una pugna, hasta ahora de baja intensidad, que puede convertirse en lucha abierta, fraticida y que haría permanentes el odio y la división de los bolivianos.

            Seguramente hay quienes que, no solamente tienen una actitud contemplativa, y ven  impasibles lo que parece inevitable: la confrontación violenta. Otros la propician, quizá con la convicción de que “una derrota súbita y aplastante suele estimular a la parte derrotada para recomponerse y a estar preparada para dar una respuesta victoriosa” (Arnold J. Toynbee). Pero la pretendida victoria final es casi siempre temporal, porque es el germen de una nueva batalla que nace de un  "corsi e ricorsi" de sangre y lleva a la “deserción o al martirio;  al vicio de la cobardía o a la virtud del valor”.

            En Bolivia –seguramente en otras naciones sucedió lo mismo– los victoriosos creyeron en la eternidad de lo obtenido en triunfos electorales o por la fuerza, y se apresuraron en construir lo que veían, con anticipación a la interpretación de Francis Fukuyama, de que se estaba forjando el estado ideal que marcaría el fin de la historia. Y, con este desvarío de eternidad, sobrevino la otra etapa, la predecesora de nuevos sacrificios y sangre.

            Las elecciones de diciembre de 2005 llevaron al poder a un conglomerado político, el Movimiento al Socialismo (en Venezuela es el nombre de una escisión del Partido Comunista creada en 1971, cuando todavía Evo Morales era trompetista de banda, y de la que fue candidato a la presidencia el ahora chavista José Vicente Ranjel), y el júbilo por la victoria fue desbordante. Muy pronto se hizo ostensible la improvisación, la falta de coherencia y la ineficiencia para conducir el Estado. Solo unía a sus adherentes el afán, todavía no conseguido, de establecer completamente –claro está una vez más con la ayuda de los socialistas del siglo XXI de Hugo Chávez– una dictadura, con culto a la personalidad incluido: “Bolivia cambia; Evo cumple…”.

            Y como ya se tenía el ejemplo y la intervención del chavismo venezolano, con lo exultante que resulta pensar que se está consolidando eternamente un modelo populista aun con curiosas características racistas y anacrónicas, se forzó la creación –ilegal desde sus comienzos– de una asamblea constituyente que consolidara los “cambios” que llevan subyacentemente el propósito de la imposición.

            En medio de esta algazara, el populismo avanzó, inaugurando sin rubor ni ley, un proceso espurio de aprobación de una constitución; el demonio mayor que había escapado de una terrible Caja de Pandora, abierta por la ignorancia. Y lo insólito: los oficialistas en un cuartel militar aprobaron un texto pretendidamente constitucional, sin que éste sea leído y menos debatido. El mayor esfuerzo fue el físico de levantar mecánicamente las manos del asentimiento.

            Luego, el sainete siguió en  Oruro, aprobando, dizque “en detalle” y en pocas horas más de cuatrocientos artículos.

            Como “corsi e ricorsi” inevitable, emergió la corriente distinta, la de las regiones en busca de la consolidación de sus identidades, la que propicia la democracia y rechaza el populismo cerril y excluyente que pretende el predominio de un sector, de un origen étnico.

            El curso de colisión entre estas dos visiones: la populista y democrática,  la de la sensatez y la de la pretendida recuperación de la dignidad, la de la razón  y la del atropello, la de la democracia y el despotismo, si se llega al choque, será un recomenzar en la histórica espiral de violencia y odio.

            Quizá la tremenda advertencia de que la violencia es la expresión de la crisis que implica transformación, está por venir, en verdad con grandes sacrificios para consagrar una patria unida en la diversidad, con autonomías para pueblos y regiones que procuran preservar sus valores y, lo que es más importante, su vocación democrática y libertaria.

            Si el curso de colisión persiste, que Dios se apiade de la Patria.

 
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