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REINO FINAL
Reverenciemos al señor de las moscas,
un réquiem de velos rasgados
envuelve, sudario y mortaja
los confines desolados
de aquel planeta de antes azul.
Ayer, tan siquiera,
el firmamento entretejía
su infinito imperio de espejos
azules, águilas y nubes,
libérrimo de apocalípticos mandobles
y boquetes asesinos&
Era antesala del paraíso imaginable,
más azul que la misma esencia del espíritu
y tantísimas veces,
inmensurables desde la chispa creadora,
en las márgenes de atardeceres melancólicos
asomaban, entre nubes luminosas
temblores y susurros que recorrían
regiones pudorosas del iris.
También era un planeta verde,
pero muchísimo más y mejor que jade,
esperanza fulgurante y algunas
de las más codiciadas y perpetradas
entre las piedras preciosas,
verde extendía su manto majestuoso,
calmo, a los confines insospechados
de tierras, mares, abismos, sueños.
Verde era como una alianza inmutable,
un sello de la perenne divinidad,
compromiso con la vida y del futuro,
todo él era tan enorme, interminable,
y lo era tan sólo ayer
a menos un suspiro de distancia.
Después llegó el hombre,
y ahora, ya hicimos nuestra parte.
Acrecimos y multiplicamos,
(buenos para la progresión geométrica)
y también civilizamos el horizonte,
instituimos la industria en serie,
estructuramos la ciencia galopante,
construimos con fervor de termitero
y ni siquiera el retroceso de Babel
alcanzó a congelar por un ínfimo milenio
nuestra pasión exterminadora
por crecer, erigir, extender,
sembrar sobre tierra calcinada,
establecer, sobre el mismo fantasma
doliente del bosque martirizado&
Y también excretar copiosa, sucia,
de-sen-fre-na-dí-si-ma-men-te
y verter después con frenética alegría
la ecuación final y harto maloliente
del fétido producto cloacal
¡tan simbólicamente nuestro!
en la mismísima vena rumorosa
de todos aquellos ríos argentados
(que tan sólo ayer soñaban con valses
y el deslizar furtivo de espíritus del follaje),
en úteros de lagos con almas vespertinas
que ya no mecerán de silencio los cristales
ni destellos puros hechos con agua y sol,
y también, faltaba más,
hacia lo profundo de aquellos mares
que eran legendarios y fueron surcados
por leyendas de sirenas y escualos,
mares orlados de espumas y corales&
A todos ellos los envenenamos
con la misma saña que patentó Caín,
a todos ellos los vendimos,
traicionamos, de ellos renegamos,
igual que lo hicimos y lo hacemos
(y por desgracia, con saña seguiremos)
con osos, jaguares y delfines,
y tigres y coyotes y bisontes,
con los antílopes, con los quetzales&
Nosotros,
los hombres, los civilizados,
tan absolutos e impertérritos,
tan esclavizados con la terrible
e interminable sed
por ese grandioso reino final
de pestes y de sombras
y de muertes, perpetrados,
desembozada e impertérritamente
bajo el signo acusador de Malthus.
Fernando Pintos
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