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¿Bolivia se nos muere?
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por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
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Víctor Paz Estensoro (presidente de la república de 1952 a 1956 y de 1960 a 1964) el 6 de agosto de 1985, nuevamente asumió el mando de la Nación. En la inauguración de su período presidencial dijo: “Bolivia se nos muere…”, como una invocación a la ciudadanía a una cruzada que salve a la Nación agobiada por la crisis que resultó de un experimento radical que, en menos de tres años, puso al país al borde del colapso. Los bolivianos reaccionaron; la Patria salvó esas horas difíciles y, sobre todo, preservó el sistema democrático.
Parece que nuestra Patria estuviera predestinada al tormento, al sufrimiento. Con el recurrente vaivén político, que parecía interminable, fue frecuente la desesperación; la que nace cuando se teme que las soluciones no podrán ser alcanzadas.
Es verdad hubo épocas de estabilidad y, en especial, la que se inició precisamente en 1985. Se llegó entonces al compromiso de preservar el proceso democrático tan trabajosamente alcanzado. Durante veinticinco años, es decir desde 1982, los cambios de gobierno se produjeron dentro de la ley, en democracia. Es cierto, estas no fueron épocas sencillas. Hubo –y hay- muchos problemas que persisten y cuya solución constituye un reto para los bolivianos y para proseguir la tarea, todavía inconclusa, de asegurar la pervivencia de la Patria.
Ahora, Bolivia vive otra vez horas muy difíciles.
En esta crisis no estamos solos, ni somos lo únicos responsables. Los anuncios bravucones de crear en Bolivia un nuevo Vietnam, primero del autócrata de Caracas y luego del propio presidente de Bolivia, muestran que hay nomás un plan para instaurar una autocracia. La injerencia desembozada del “chavismo”, bienvenida por el gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, no es un elemento que vaya a contribuir a la paz ciudadana.
La imitación del presidente de la republica a lo que hace y dice el autócrata de Caracas, pone mayor dramatismo a esta crisis que, además, ya golpea nuestra economía, y hace tambalear el sector productivo nacional. La ahora rediviva crisis económica, inflación de por medio, está comenzando a afectar gravemente a los menos favorecidos
Sí, hay desaliento. Y este ánimo persistirá en la República mientras no se abandonen conductas que no garantizan la libertad. Los principales personajes del oficialismo han perdido la sensatez, la sindéresis y la prudencia en la conducción del país. Eficiencia no la tuvieron nunca.
La ciudadanía demanda, más allá de lo temporal, que los actuales gobernantes trabajen honestamente por la unidad nacional, sin buscar el enfrentamiento; que interrumpan los afanes de predominar a través de una autocracia populista, intolerante y racista; que abandonen la pendencia recurrente y peligrosa; que no mientan ni provoquen en el país y menos en el exterior; que respeten la ley y la democracia, que contribuyan a la armonía internacional, en vez de imitar las poses populistas y la verborrea de Hugo Chávez –en esto de remedar los excesos y los improperios, se ha llegado al colmo de la sumisión– porque es falsa convicción de que este estilo camorrero dará réditos a la Nación.
De problema en problema, de sobresalto en sobresalto, entre el respiro y la angustia, el país llega nuevamente a la inquietud generalizada. No se pretende ser agorero de la desesperanza, pero hay peligros ciertos y a la vista. Para conjurarlos se requiere renunciamiento y altura de miras, que no son precisamente atributos de los autócratas.
Para nuestra mayor tristeza está cobrando vigencia la advertencia de Víctor Paz Estenssoro de 1985: “Bolivia se nos muere…”. La consigna, entonces, debería ser para todos: salvemos la República.
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