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Año V Nro. 370 - Uruguay, 25 de diciembre del 2009   
 
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Mary Anastasia O'Grady

Fisuras en la máquina
intimidatoria bolivariana

por Emilio Cárdenas

 
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         Uno de los principales arietes de la acción política desplegada en América Latina por los “bolivarianos” (“chavistas”, más bien, esto es por los marxistas “setentistas” y sus seguidores, arropados con toda suerte de disfraces) es la demonización e intimidación constante de la oposición. La siembra del miedo, entonces. Con activas fuerzas de choque que, en cada caso, adoptan el perfil que las circunstancias aconsejan. Como es típico de los regímenes autoritarios o totalitarios. El temor se siembra constantemente, utilizando toda la panoplia de armas desleales que brinda el abuso descarado del poder

         Compran (de mil maneras) a jueces, funcionarios y hasta a legisladores. Llenan de matones amenazadores las calles, plazas y esquinas. Organizan con dineros de las arcas públicas “contra-marchas” y “contra-cumbres” con perfiles de violencia, cada vez que la oposición amaga con abrir la boca o moverse en alguna dirección. 

         Desnaturalizan y destiñen -profundamente- las instituciones republicanas, lo que se exterioriza en evangelios compartidos y denominadores comunes en la acción, tales como: la eliminación de las restricciones a las re-elecciones  de sus “líderes”; la delegación vergonzante al Poder Ejecutivo de las facultades propias del Poder Legislativo en los mecanismos que edifican los equilibrios clásicas de las democracias; el sometimiento del Poder Judicial al poder político, vulnerando la independencia e imparcialidad que corresponde a los jueces; los ataques de todo tipo a los medios de prensa y persecución individual de periodistas; la crítica constante y mentirosa de los adversarios políticos (pensadores “oficialistas” como el argentino Horacio Verbitsky, al que algunos tienen como el hombre que alguna vez dirigiera la inteligencia de la guerrilla setentista, son especialistas en este feo arte); y un aumento desmesurado de los gastos de propaganda y publicidad pública, direccionados hacia los medios que aparecen como “leales” al poder, dejando de lado a quienes tengan opinión diferente.

         Todo esto, acompañado de una siembra constante de resentimientos y enfrentamientos (la clásica “lucha de clases”) en los respectivos plexos sociales. Mientras cerca del poder florece una ola de corrupción, como jamás ha ocurrido en la historia de la región. Como si eso fuera poco, los “bolivarianos” manipulan la pobreza, que -además- no eliminan, porque saben que es “funcional” a su esquema de poder. Tremendo, como realidad. Pero es así. 

         Todo esto conforma una “era de intolerancia” que -sin embargo- se está resquebrajando. La de los hipócritas y mal disimulados “golpes desde el propio Estado” que los bolivarianos, sin excepción, siempre procuran dar, en su favor, por supuesto. No sorprende, porque creen que la democracia y la república son meros “perjuicios burgueses”, que es mejor tratar de eliminar paso a paso que de un solo, pero riesgoso, plumazo. 

         Hoy no es fácil dar pasos como los de Fidel Castro, cuando -bajando de Sierra Maestra- se apoderó de Cuba. A sangre y fuego. El mundo ha cambiado. Las comunicaciones muestran, en tiempo real, las cosas tal como son, con independencia de las fronteras. Los abusos y las barbaridades no se pueden disimular ni ocultar eternamente a la comunidad internacional y sus autores, como sucede en Sudán, Corea del Norte, Irán Myanmar, se transforman rápidamente en “parias”. Con los costos consiguientes.

Una luz al final del camino 
 
         En América Latina se está comenzando a vencer el miedo. La prueba más reciente tuvo por escenario a la Nicaragua de Daniel Ortega y sus “sandinstas”. El 10 de noviembre pasado, después de ser duramente apaleada durante meses por mercenarios “sandinistas”, la oposición nicaragüense salió unificada a manifestarse encolumnada por las calles de Managua. Pese a las patotas que la esperaban, con palos y máscaras. Venciendo el miedo, entonces.

         Una compacta columna de hombres y mujeres, de dos kilómetros y medio de largo, portando los colores nacionales: el azul y blanco, desfiló coreando insistentemente consignas a favor de la libertad. Pidiendo que se termine con los fraudes electorales y judiciales y que se respete la verdad.

         Llegó, sólida, hasta la misma Plaza El Sol. Siete mil agentes policiales la “resguardaron”. Ortega comprendió el riesgo que corría y optó por la pasividad. Esta vez no hubo ataques físicos. Ni agresiones cobardes contra hombres y mujeres civiles inocentes, que están desarmados. Los disidentes del propio “Sandinismo” desfilaron, codo a codo, con la oposición. Ocurre que también ellos son partidarios del diálogo y repudian la violencia, la corrupción y las intimidaciones.

         La acción de la perseguida Iglesia Católica nicaragüense tuvo mucho que ver con el éxito de la marcha y el cambio de actitud que ella exteriorizara. Ayudó a que la multitud cantara “se va el caimán, se va el caimán, se van para Venezuela”, en referencia a Daniel Ortega y su esposa. Pero todavía no ha ocurrido. No se han ido. Es solo una expresión de deseos. Por el momento.

         Otra demostración de la “pérdida del temor” que está ocurriendo es lo sucedido en la Argentina donde -pese a las amenazas de los Kirchner- la oposición (en andar unificado) logró el control de la Cámara Baja, incluyendo consolidar la mayoría obtenida recientemente en las urnas en la mayor parte de sus Comisiones de trabajo. Ya los “K” no podrán usar a la Cámara Baja como “sello de goma”, como hasta ahora.

         Después de seis años de intimidación, soberbia y prepotencia, esto muestra que la “era de los K está entrando en su fase final. En franca decadencia. Los “K” -sin embargo- son todavía capaces de seguir haciendo daño. Pero dentro de un ciclo constitucional que, pese a las deformaciones, luce agotado. Durará, cuanto más, hasta el 2011. Cuando, para los Kirchner y sus seguidores, las posibilidades de mantenerse enquistados en el poder -ordeñándolo- serán minúsculas.

Fuente: EDE

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