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Siempre un perro perdido
Aullará bajo la luna…
por Fernando Pintos
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Es un hecho comprobado que me gustan mucho los perros. Por eso sufro cuando veo alguno de ellos, abandonado, hambriento, maltratado. En una época, cuando era niño y vivía en una quinta ubicada por Camino Lezica —una hermosura de lugar que todavía estaba incontaminado por esta detestable «modernidad» que hoy echa a perder tantos entrañables rincones de mi Montevideo—, tuve la suerte de tener hasta siete perros al mismo tiempo. Y fue gracias a ello, que aprendí de primera mano el significado de aquella célebre frase de Alphonse Toussenel: «…Al principio Dios creó al hombre. Pero al verlo tan solo, puso un perro a su lado».
Como siempre acontece en todo terreno donde el ser humano desarrolle algún tipo de vínculo o relación, entre aquellos siete perros había uno (para el caso, una), que tenía toda mi preferencia. Se llamaba Tina y era un hermoso animal de talla mediana y raza indefinida. Es verdad que en aquella quinta había animales de pedigrí comprobado: tres perdigueros y un gran danés… Pero entre aquella perra y yo existía verdadera afinidad, afecto, confianza y camaradería. Ella siempre estaba conmigo y me acompañaba a todas partes. Era un animal tranquilo y en nada se parecía a su hermana, la Lula, una solterona neurótica de reacciones impredecibles, que a todas horas parecía estar más loca que una cabra.
Un buen día y sin que mediara explicación alguna, mi madre, quien a pesar de su ostentosa y casi enfermiza francofilia no era muy amiga que se dijera de los libros de Emile Zola, escritor que había pasado a mejor vida en 1902 —bastante más de medio siglo antes—, decidió desprenderse de aquellas dos perras hermanas, a las que consideraba un estorbo y, ¿por qué no decirlo?, además carentes del abolengo necesario para habitar en su distinguida compañía. En consecuencia, arreglaron cuidadosamente la operación y después agarraron a las dos perras, las subieron en la palangana de una camioneta y se las llevaron hasta un lugar boscoso, a muchos kilómetros de la bendita quinta, en donde las abandonaron a su suerte. El detalle kafkaiano de todo este asunto consistió en lo siguiente: a mí me incluyeron en aquel maldito viajecito y de tal manera me hicieron presenciar el abandono de los dos pobres animales. A decir verdad, con el desconsuelo de mis siete u ocho años no sé por cuánto tiempo habré llorado a causa de esta pequeña lección (Thanks a lot, mommie dearest!). Como cualquiera que tenga dos dedos de frente podrá entender, a edad tan corta y tratándose de un ser muy querido, las bromitas de tal calibre suelen doler en el alma. ¿Qué pensaría Emile Zola a ese respecto? «…¿Por qué ver cruzar a un perro, perdido por una de nuestras tumultuosas calles, me sacude el corazón? ¿Por qué al ver a esta bestia ir y volver; olfateando el mundo, asustada, desamparada al no encontrar a su dueño, me causa esta piedad tan teñida de angustia», escribió en cierta ocasión.
Inevitablemente, los niños crecen. Pero ciertas heridas no cicatrizan fácilmente. Nunca volví a saber de Tina, que a no dudarlo muchas veces habrá dado razón a las palabras de Robert Burton, cuando filosofaba con un leve dejo de cinismo: «…¿Qué le importa a la luna el aullido de un perro?»… Pero a mí sí me importaba y, cosa tal vez extraña, me sigue importando inclusive hoy día. Ello significa que no me olvidé de aquella perra que era mi compañera y mi amiga. Y es por ello que habré de dar, a mi vez, razón a las palabras de Jean Anouilh, cuando decía: «…Podré hacer trampa y cerrar los ojos con todas mis fuerzas, pero siempre habrá algún perro perdido que me impedirá ser feliz».
© Fernando Pintos para Informe Uruguay
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