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De historia y sus momentos
por Eduardo Rodríguez Veltzé (Perfil)
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Los medios de comunicación relatan diariamente, hecho por hecho, los acontecimientos que configuran la interminable cadena de procesos políticos y sociales. Las crónicas nos permiten seguir los desarrollos de una serie de temas, algunos interminables o sin alteración significativa y otros que pueden acabar con un desenlace que los resuelve y decide de manera extraordinaria. Estos momentos son los que Stefan Zweig denomina “estelares”, pueden ser irrevocables y definir destinos para un individuo o toda una colectividad. Son dramáticamente concentrados, preñados de fatalidad, se comprimen en una única fecha, en una única hora o minuto y caracterizan una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos.
Para evocar un par de momentos críticos recientes en la historia del país, que por cierto tiene muchos, nos podemos remontar a dos fechas: 9 de junio de 2005 y 24 de noviembre de 2006.
La primera nos traslada a los escenarios en los que actores del poder político definían el curso de la renuncia presentada por el entonces Presidente de la República, Carlos Mesa Gisbert. En Sucre, el Congreso enfrentaba las contingencias de un escenario de violencia y convulsión social, movimientos policiales y militares impedían el inicio de sus sesiones y, en La Paz, el Gobierno evaluaba su propio escenario de gestiones políticas y diplomáticas frente a la inminente transición. En cuestión de pocas horas o minutos ocurrió el desenlace que cambiaría la historia: las sucesivas renuncias presentadas por los Presidentes de las Cámaras de Senadores y Diputados definen la sucesión presidencial en favor del titular de la Corte Suprema de Justicia, según el orden constitucional. El momento del desenlace alteró el curso de un un régimen y definió un nuevo tiempo en la aún frágil democracia.
La segunda tiene los mismos escenarios geográficos: la Presidenta de la Asamblea Constituyente, Silvia Lazarte, convocaba a sesionar en instalaciones del Instituto Militar de la Glorieta, en las afueras de Sucre. La Asamblea, afectada por interminables desencuentros políticos enfrentaba también un escenario de movilizaciones de vecinos de Sucre, cocaleros, e indígenas de occidente, con fuerte movilización policial y militar que no pudo evitar la confrontación que cobró muertos y heridos. Desde La Paz, el gobierno de Evo Morales conducía el desenlace de esa sesión. En cuestión de horas o minutos se produjo la decisión crítica: adoptar la instrucción de votar y aprobar un texto constitucional, no elaborado ni debatido. El momento alteró de manera irrevocable el curso de la Asamblea Constituyente y abrió dudas sobre la aprobación definitiva de una nueva Constitución pactada por y para todos los bolivianos.
Cuanta incertidumbre se cierne hoy sobre el momento de desenlace del diálogo entre el Gobierno, las regiones y los actores políticos sobre los conflictos políticos en torno a la nueva Constitución y las Autonomías bajo el auspicio de la Iglesia. Sus protagonistas tienen el desafío de concebir momentos fructíferos, en los que se aproveche la oportunidad para hacer efectiva la reconciliación que esperamos todos los bolivianos. De nada valdrá una historia de lamentos estériles frente a la ocasión perdida.
La verdad de los acontecimientos, como anota Zweig, no puede decolorarse o intensificarse, son instantes sublimes configurados por la misma Historia y sus actores, sin que sea necesario que ninguna mano acuda en su ayuda o ningún historiador intente superarla.
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