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La pata Daisy
por Juan Goes
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Llegué a George Orwell leyendo un libro que imitaba su estilo y temática. Lo compré en la feria de Tristán Narvaja, también conocida en esa época como la feria de Yaro. En una aproximación al título del autor inglés se llamaba “Cuando los animales se rebelan”. Al obtener el original, es decir “La rebelión en la granja”, en un acto espontáneo de desagravio a Orwell, tiré el primer mamarracho al fuego de la estufa. Por eso, por haber quemado el libro, una vez más tengo que recurrir a mi frágil memoria.
Razono ahora que debía ser invierno.
Recuerdo que el imitador había logrado algunas similitudes con el original.
El jefe de los animales que había logrado echar al Humano de la granja también se llamaba Napoleón, el chancho Napoleón. En cambio no aparecía Snowball, el intelectual, otro chancho. Sí recuerdo a la jefa de asuntos internos - allí no había ministros ni directores - que era una pata llamada Daisy, como la novia del pato Donald, y como ésta al principio vestía con buen gusto, hablaba con inteligencia y se arqueaba las pestañas hacia arriba. Daisy, antes era una pata primorosa.
Pero está visto que si quieres conocer a Tito dale un mandito.
Empezó a tomar alcohol porque la hacía sentirse más segura.
Sus subalternos eran los perros guardianes de la granja, los que ya cumplían la misma función en tiempos del Humano. En la medida que todos los animales se sentían liberados al grito de todos los animales somos iguales, los actos de violencia se fueron haciendo corrientes y la inseguridad creció exponencialmente.
Napoleón dijo aquello de que si bien todos los animales son iguales hay algunos que somos más iguales.
Tiempo después agregó, enloqueciendo de entusiasmo a la gilada, que el que trabaja o trabajó más pague más y el que no hace o no hizo nada que no pague nada.
Daisy, la dulce Daisy, entendió el mensaje y un día pasó revista a sus tropas a lomos del mayor ganso del corral, aunque tuvo que enseñarle a imitar el trote de un caballo. El ganso quedó derrengado, debido a que la buena vida había hecho engordar a Daisy. Entonces recurrió al burro, más fuerte y más alto, y desde allí se dedicó a insultar a una tibia oposición, a los medios de prensa - que no existían, pero era igual -, y a negar con total énfasis las condiciones de inseguridad que indudablemente sufrían todos los habitantes de la granja, víctimas asustadas de las aves de rapiña.
Recuerdo que Napoleón sonrió satisfecho y el conejo que hacía la crónica de los sucesos escribió, con la dulce algarabía de la obsecuencia remunerada, que probablemente fuera la sucesora del chancho, o la vice.
No recuerdo cómo terminó aquella historia de animales.
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