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Año V Nro. 329 - Uruguay, 13 de marzo del 2009   
 

 
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por Alberto Benegas Lynch (h)

 
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         Se suele usar y abusar de la expresión “fascismo” sin muchas veces detenerse a indagar en su significado. El eje central del sistema fascista consiste en dejar que la gente registre la propiedad a su nombre o los accionistas a nombre de sociedades pero el gobierno dispone del flujo de fondos. En realidad es ya un tanto antigua la idea de la empresa estatal (aunque se sigue utilizando con entusiasmo en algunos lares) puesto que la política fascista le permite al aparato estatal echar mano de los fondos de los particulares sin transferir títulos. Este procedimiento es más torvo y menos sincero que el comunismo: este último sistema implica que el gobierno usa y dispone directamente de todo, lo cual resulta más abierto y claro que el disimulo de la hipocresía fascista.

         Puede aparecer como algo alejado de la realidad la adopción del fascismo pero en verdad es el sistema que más éxito tiene en el llamado mundo libre. Por ejemplo, la educación en muchos países obedece a la línea fascista ya que los colegios privados lo son solo para decidir el color del edificio o los tipos de uniformes pero los programas educativos y textos son determinados o pautados por los ministerios de educación y similares. En otros términos son privados de independencia.

         He recordado otras veces lo que me ocurrió en una oportunidad cuando le discutí a un taxista la propiedad de su vehículo. Le pregunté quien decidía la tarifa que podía cobrar, la pintura de su automóvil, horarios de trabajo etc. a lo que me respondió “el intendente”, por tanto, concluí: "ese funcionario es el verdadero dueño y no usted".

         Hoy en nuestro país se acaba de resucitar el tristemente célebre Consejo Económico y Social. El Poder Ejecutivo acaba de ordenar su implementación, en primera instancia con la CGT (Confederación General del Trabajo) y la UIA (Unión Industrial Argentina). Se ha anunciado la intención de incorporar otras entidades gremiales al efecto de que sea una “mesa intersectorial” que pueda “pactar políticas sobre salarios, valor del dólar, la tasa de interés y otras variables macroeconómicas” de lo contrario se ha dicho que “el Consejo solo servirá para la foto”.

         He aquí una figura netamente fascista que se inventó en la época de Mussolini donde las corporaciones eran las realmente representativas con la idea de sustituir, por una parte, la esencia parlamentaria y, por otra, el proceso de mercado en una sociedad abierta. Los fascistas no conciben el funcionamiento de instituciones republicanas en un contexto libre. Concentran poder en el Ejecutivo tareas que competen al Legislativo y apuntan a sustituir aquellos mecanismos por “la puja sectorial” en una mesa de reuniones ubicada en la cúspide del poder. Consideran que todo el cúmulo de información, por su naturaleza dispersa y fraccionada que se coordina a través de millones de arreglos contractuales, debe reemplazarse por las órdenes de capitanes prebendarios de la industria y dirigentes sindicales regidos por legislación calcada de la Carta de Lavoro de Mussolini.

         Por todo esto es que el manifiesto fascista establecido en Verona el 14 de noviembre de 1943 sostenía en su punto onceavo que todo lo que “afecta los intereses de la comunidad entra en la esfera de la acción del Estado” lo cual, en el punto siguiente, es confiado a las corporaciones gremiales para su administración bajo la coordinación del aparato estatal. Concluye el manifiesto de referencia en el punto decimoséptimo respecto a los desobedientes y rebeldes que: “los mercados negros y los especuladores, como los traidores, deben juzgarse”. La matonería, la amenaza y el chantaje están siempre presentes en las mentes fascistas para lograr la sumisión y doblegar a los díscolos.

         También, tal como lo hizo el fascismo italiano, la Argentina se está incorporando a pasos agigantados las características de un régimen feudal pero sin el contrato con los feudatarios o vasallos y, por el momento, sin el derecho de pernada: los funcionarios actúan como mandantes no como mandatarios y rodeados de barones feudales que deben su prosperidad al gobernante del momento que da y quita a su antojo. El embrollo fiscal no permite la adecuada movilidad social y la deuda estatal y el gasto público significan un peso enorme para las generaciones presentes y futuras, mientras que la seguridad, la justicia y la división horizontal de poderes brillan por su ausencia.

         En 1933 el Duce dijo que “No hay duda de que, dada la crisis del general del capitalismo, las soluciones corporativas se impondrán en todas partes” y en 1926 había proclamado que “Hemos sepultado al viejo Estado democrático y liberal [...] A ese viejo Estado que enterramos con funerales de tercera, lo hemos substituido por el Estado corporativo y fascista, el Estado de la sociedad nacional, el Estado que une y disciplina, que armoniza y guía los intereses” (“El espíritu de la revolución fascista”, Mar del Plata, Ediciones Informes, 1973).

         Es hora de repensar en los albores de nuestra historia en cuanto al sentido de los múltiples esfuerzos y la sangre derramada para independizarnos de la metrópoli debido a las regimentaciones y prohibiciones que nos imponían y retomar el camino de nuestra organización nacional que tantas satisfacciones ofreció a esta tierra que atraía a “todos los hombres de buena voluntad”. Pensemos un poco en el significado de “las rotas cadenas” y de la “libertad” para que no se convierta en un canto hueco y vacío de contenido mientras se imponen cadenas más pesadas y mayores restricciones a nuestras libertades.

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Fuente: CATO Institute
 
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