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Un impresentable y Dale Carnegie
por Fernando Pintos
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Con la agitación preelectoral, emergió una vez más, entre las amorfas hordas del Frente Amplio, o Encuentro Progresista, o cómo diablos quieran llamarlo —igual da, porque será siempre el mismo perro con distinto collar—, aparece y descuella, una vez más, ese ambiguo y grotesco personaje con ambiciones presidenciales: el tupamaro Mujica. Agitando las aguas y siempre con la pretensión de acarrear el líquido elemento en dirección a su molino… Un hipotético molino que, para terror de todas las personas sensatas que habitan en Uruguay, apunta a conseguir cinco años de mandato presidencial.
De las andanzas y fechorías del tal Mujica dieron testimonio, en la pasada edición de «Informe Uruguay» (viernes 6 de marzo) dos artículos que valdría la pena releer. Uno de ellos, «El impresentable», escrito por Oscar Almada. El otro, «Mujica el inimputable», de Jorge Azar Gómez. En los dos textos mencionados —no tienen desperdicio— se analizan, con precisión, algunos de los últimos disparates y alucinaciones del patético individuo. Y ello me ha llevado a escribir algunos apuntes que ahora pretendo compartir con ustedes. Pero déjenme adelantar algo que es imperioso expresar: aún sabiendo de sobra la calaña de personajes que pululan en el Frente Amplio, y por tanto también en este espantoso Gobierno, provoca más consternación que asombro el hecho de que un bufón tenebroso y malevolente como el tal Mujica esté postulado a la Primera Magistratura de la República… Consternación, porque ello conduce a inferir que los uruguayos están llegando a un grado de enajenamiento y corrupción verdaderamente atroz, mucho más apropiado para alguna infeliz republiqueta bananera, centroamericana o subsahariana, que para un país de gente educada, civilizada y con alta cultura, tal cual siempre hemos sido y tal como nos hemos acostumbrado a creer.
Más allá de todo el rosario de tan seniles como demagógicas insensateces que reseñan los dos artículos mencionados, llamaron mi atención dos interesantes aspectos, ambos señalados en el texto de Azar Gómez. El primero, las declaraciones del impresentable, en el sentido de que nunca robó ni mató, porque, sencillamente, «expropiaba recursos y vidas, para una lucha destinada a cambiar la realidad»… ¡Bonita justificación la de este absoluto y completo impresentable! Así que todos los delitos que él y sus compinches tupamaros perpetraron contra la población, contra gobiernos legales democráticamente elegidos y contra las fuerzas de seguridad de Uruguay, no fueron tales. ¿Y eso en vista de qué? Pues, pura y exclusivamente de su «preciosa» ideología marxista leninista. Está demás decir que el individuo es un canalla y un cínico de primerísimo nivel, si bien hay que reconocerle coherencia en cuanto al manejo de las habituales cantaletas de todos los crápulas comunistoides que infestan este planeta. Cantaletas que harto conocemos. Si Augusto Pinochet gobernó Chile durante algo más de 16 años (1973/1990), abandonó el poder en obediencia a un plebiscito y dejó a Chile convertido en una potencia económica… Como gobernó en contra del comunismo… Entonces es un monstruo, un genocida, un tirano, etcétera. Pero si un Fidel Castro se cuelga del poder por casi 50 años, en ese lapso transforma Cuba en un país carcomido por un vendaval de miserias —el territorio tiranizado, el pueblo hambreado y prostituido—, se convierte en cipayo de la URSS y se niega a abandonar el mando incluso después de cadáver… Entonces, ¡es un héroe, una maravilla de la naturaleza, una belleza incomparable, un caballero andante y un semidiós al cual se debe rendir tributo y, de ser ello posible, también lustrarle las botas groseras de criminal y tirano con la mismísima lengua! Típica doble moral acomodaticia de los izquierdistas. Tal como bien lo reclamara un día Karl Marx: «Crápulas y criminales del mundo, ¡uníos!»… Y también lo dijo Martín Fierro: «Los crápulas y criminales, ¡sean unidos!».
Y para seguir hablando de crapulismo y criminalidad… Ahí está el segundo aspecto que me reveló el artículo de Azar Gómez. En su afán grotesco de justificarse, el impresentable ha tenido el ridículo mal gusto de comparar sus tropelías y malandanzas, nada menos que con las gestas guerreras del inmortal Aparicio Saravia, «El Águila Blanca»… En cuanto a esto último, debo reconocer algo a favor del impresentable: hace bastante tiempo que vengo abrigando la seguridad de que nada cuanto pudiera hacer o decir este farsesco personaje podría llegar a sorprenderme… ¡Pero he ahí que esta vez sí que lo consiguió! (Congratulaciones). Imagínense esto: comparar a un héroe, a un valiente, a un guerrero de a caballo, a un completo caballero, a un hombre decente y leal, a un perfecto patriota, a un caudillo que siempre estuvo en campo abierto —desafiando fusilería, metralla y obuses— al frente de sus tropas, a un hombre que cayó por la traición criminal de una mano asesina… ¡Comparar a esa grandiosa figura histórica con un individuo cuyo modus operandi estuvo caracterizado por el robo, el chantaje, el secuestro, el asesinato (siempre a traición y mansalva), la cobardía, la mentira, la demagogia, la suciedad física y moral, el hedor de las cloacas, la clandestinidad furtiva y las diferentes facetas de la infamia, repetidas hasta la saciedad! ¡Por Dios bendito! Este impresentable ha perdido hasta las últimas y escasas neuronas que le iban restando. No se puede comparar a un león con un perrito pekinés. Y mucho menos a un águila real con un tatú.
Volviendo sobre el artículo de Azar Gómez, su lectura global me llevó a una última reflexión. Me gustaría, en consecuencia, indicar algo al autor. No se puede esperar honestidad de un deshonesto. Está de más esperar coherencia de un incoherente. Y mucho menos se habría de esperar decencia de una rata de alcantarilla. Ni vale la pena exigir valor —sea físico o intelectual— a un cobarde encanallado de tiempo completo. En una palabra: es inútil pedir peras a un olmo. Y tampoco se puede pedir nada que sea mínimamente bueno, decente, honorable y honesto de un pendejo senil y reblandecido como lo es, sin lugar a dudas, este horroroso e impresentable individuo. Y en cuanto a las disculpas y justificaciones del tal, una recomendación. Remitiré al columnista a releer los primeros siete párrafos del celebre libro de Dale Carnegie, «Cómo hacer amigos e influir sobre las personas».
En esa apertura de su célebre obra, Carnegie menciona el caso del famoso criminal «Dos Pistolas» Crowley, un asesino a sangre fría que fue calificado como «uno de los criminales más peligrosos que se habían conocido» por el jefe de la Policía de Nueva York. Después de cometer sinfín de tropelías y asesinatos, «Dos Pistolas» Crowley fue acorralado por la Policía y capturado después de un terrible tiroteo que conmocionó todo un barrio de la Gran Manzana. Mientras el tiroteo se desarrollaba, Crowley escribió una carta dirigida a la opinión pública, en la cual expresaba: «Tengo bajo la ropa un corazón fatigado, un corazón bueno, un corazón que a nadie haría daño»… Una retórica mentirosa y retorcida, de la cual ninguna de sus muchas víctimas hubiera creído tan siquiera un ápice, por supuesto. El individuo fue apresado, después juzgado y al final condenado a muerte por sus múltiples crímenes. Entonces, antes de ser ejecutado en la silla eléctrica de la penitenciaría de Sing Sing, agregó a todo lo anterior una frase para la historia: «¡Esto es lo que me pasa por defenderme!»… Y bueno: eso mismo es el tal Mujica, pintado de cuerpo entero. En absoluto impresentable.
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