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Corte al corte
por Américo Schvartzman desde Concepción del Uruguay/Entre Ríos/Argentina
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Para el Gobierno, Botnia no molesta y Gualeguaychú, sí. El gobernador Urribarri reclamó y hasta amenazó con utilizar la policía. Una parábola de la desmesura.
“Botnia es igual a muerte”, decía Busti. “Dentro de un año nadie podrá veranear acá”, decían los asambleístas. “Le diste una puñalada al pueblo argentino”, le dijo Kirchner a Tabaré en noviembre de 2007. “Esto es una causa nacional”, había dicho el Presidente en Gualeguaychú. “Salvo declararle la guerra al Uruguay, no podemos hacer otra cosa que ir a La Haya”, explicó Busti en 2006. Unos días antes había dicho: “No sirve para nada ir a La Haya”. “Sólo levantaremos el corte si la Argentina denuncia al Uruguay ante la Corte de La Haya”, dijeron los asambleístas en 2005. “Si levantamos el corte, no se hablará más del tema”, dicen ahora. “Prohibido hablar de Botnia”, dijo Urribarri a su gabinete en sus primeros días como gobernador. “Ningún informe muestra que Botnia contamine y eso debería ser una buena noticia para todos”, dijo el gobernador en estos días. Apenas un muestrario breve y rápido de la desmesura y el desencuentro.
Convendría recordar: hay papeleras por todos lados. Sólo en Brasil, más de 200, y en las provincias vecinas a Entre Ríos hay varias. De hecho, sobre el río Uruguay hay más de una docena si se cuentan las que están en territorio brasileño. La pregunta es entonces por qué los especialistas en contaminación no han ido a los ejemplos concretos más cercanos para dar sustento a advertencias que cada vez son tomadas menos en serio.
Un comerciante que vende surubíes a la vera del río Uruguay asegura que no comercializa pescado de la zona “porque acá el río está muy mal, muy contaminado, mire”. Pregunto entonces sobre la procedencia del ejemplar de Pseudoplatystoma coruscans que acabo de comprarle. “Es del río Paraná, claro. De la zona de La Paz”, me contesta. Y me quedé pensando de dónde habrá sacado el hombre que el Paraná está en mejor situación que el Uruguay.
Brasil produce entre 10 y 12 millones anuales de celulosa. Diez veces más que lo que produce la planta de Botnia. (La más grande de las brasileñas produce 2,5 millones al año. No es cierto que la planta de Botnia sea la más grande del mundo.) La Argentina produce al año menos de un millón. Chile, 3,5 millones. El Uruguay aspira a producir esa cantidad y más. Los mal pensados del Uruguay aseguran que la pérdida de la posición argentina en la producción de papel es la causa del conflicto.
Hay una derecha argentina que no tiene interés en la cuestión de las plantas, y que la dio por cerrada con el viaje a Finlandia de sus cronistas, que a la vuelta atestiguaron sobre algún episodio de mal olor, pero nada de la muerte planificada comparable a Auschwitz con la que espantaron algunos comunicadores flojos de mandíbula.
Esa misma derecha tiene como única preocupación los cortes de ruta. Y entonces acusa a los ambientalistas de exagerados y disparatados, acusación que muchos de los asambleístas se esmeran en corroborar. Ya sea a través de cadenas de mails como la que disparó un miembro (médico, para colmo) del núcleo duro de Gualeguaychú con increíbles imágenes de malformaciones en bebés para presentarlas como si fueran producto de Botnia; o mediante equiparaciones insólitas como aquella que identificaba a Finlandia con el nazismo.
Hasta ayer nomás, los asambleístas seguían insistiendo en que el polo celulósico fraybentino produciría “cáncer de garganta y de pulmón, cefaleas, anorexias, embarazos múltiples, abortos espontáneos y malformaciones fetales entre otras”. Textual. En el informe oportunamente presentado por Busti ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso, enumeró: “Irritabilidad de la epidermis y los ojos, malformaciones, irritabilidad del sistema respiratorio, inhibición del sistema inmunológico, alergia, hiperactividad, mal funcionamiento del sistema endocrino, diabetes, bajo peso en el nacimiento, deficiencia en la locomoción, cáncer, muerte”. Entre tantas enfermedades, le faltó enumerar “halitosis” y “psicosis varias’” ya que ésta, al menos, se viene verificando hace rato.
Hace algún tiempo, para conseguir mayor adhesión en una zona agropecuaria como es Entre Ríos, aseguraban que la legislación europea impide comprar productos elaborados en zonas de plantas de celulosa. Hace más de un año intenté confirmarlo, consultando a distintos especialistas para saber si es cierto que la Unión Europea posee restricciones a la comercialización de productos agrícolas de zonas cercanas a áreas de producción de pasta de celulosa, a qué productos alcanza, en qué radio del área y qué normas específicas rigen en ese sentido. La pregunta fue formulada a las delegaciones comercial y financiera de la Unión Europea, a los encargados de la base de datos Eurlex del derecho comunitario, a especialistas en economía, a responsables de carreras de Licenciatura en Comercio Internacional de las universidades, y, por supuesto, a las ONG ambientalistas que lo afirmaban. Las únicas respuestas fueron de los primeros y, oh sorpresa, fueron negativas.
Ahora ya no dicen esas cosas, al menos no en público, pero aseguran que el impacto acumulado producirá efectos graves, dicho así, medio en general, sin mucha precisión. Si se insiste mucho, dirán que aunque no se pueda demostrar otra contaminación, en última instancia se trata de “contaminación visual”: la planta afea el paisaje.
Esta historia de desmesura y enfrentamientos debe cerrarse en algún momento. El Gobierno nacional creyó que la clausuraba cuando, en el verano de 2006, canjeó (o creyó que lo hacía) el fin del corte del puente por la decisión de ir a la Corte de La Haya. Ése fue el acuerdo entre Kirchner y Busti. Pero la frustración fue grande cuando los asambleístas decidieron no concluir su medida de fuerza. De hecho, la negociación había comenzado con la aceptación de la Asamblea de liberar los pasos de Colón y Concordia a cambio de no desalojar Arroyo Verde.
En algún momento todo esto pasará a ser historia. Sólo algunos recordarán estos tiempos inconcebibles, en los que para poder cruzar por Gualeguaychú al país vecino, había que ser barrabrava de un club, amigo/favorecedor de la Asamblea (preferentemente periodista) o someterse a un debate con los supuestos ambientalistas explicando que se iba a visitar a un familiar enfermo, a buscar trabajo o lo que fuere.
Cuando el tiempo transcurra, a Gualeguaychú se le reprocharán muchas cosas. Algunas tendrán que ver con haber “comprado” un discurso apocalíptico, infundado, y hacer de él un argumento de hierro que conspiró, desde el inicio, contra un cambio político sustancial en el país vecino. Otro reproche de peso será el de haber contribuido a empobrecer a sectores populares de la economía regional mediante el corte, con el objeto de afectar a la empresa Botnia, a la que en realidad no le movió un pelo. Podrá agregarse un daño que aún es difícil de mensurar: el que se le produjo a las relaciones comunitarias entre entrerrianos y orientales en esta región. Alguno podrá ironizar que se trató de “un daño colateral”.
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| Fuente: Crítica de la Argentina |
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