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Descomunal Corso a contramano…
por Fernando Pintos
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El pasado viernes 20 de febrero, «Informe Uruguay» publicó un interesante artículo de Raúl Seoane, titulado «Cuando la ideología es más importante que el país». Siempre leo con atención los textos de Raúl, porque raramente deja de abordar temas de verdadera importancia, y porque además de apoyarse en una documentación sólida, aporta enfoques certeros a cuanto escribe.
Lamentablemente, me cuesta refrenar mi vocación de aquella condición que, en tradicional idioma uruguayo, suele denominarse «meterete». Y fiel a esa vocación de juan copete, escribí una opinión extensa al final del mencionado artículo. Pero existe otro asunto que lamentar. Y ése es que, por alguna razón tecnológica que escapa a mi reducida provisión de neuronas, en tales comentarios me está vedado usar tildes, cualquier clase de signo y, para peor, la vieja y deportiva letra Ñ, porque si hago así los textos me saldrán horriblemente distorsionados y llenos de unas grafías grotescas, que dificultan la lectura. En consecuencia, guardé mi comentario en Word, lo releí, lo corregí, lo aumenté, lo llené de signos, tildes y todo lo demás… Y ahora lo presento, no sin antes invitar a releer el artículo referido de Raúl Seone.
Es lugar común —más bien cantaleta— esa tan gastada afirmación de que los izquierdistas de nuestro castigado país responden a una ideología. Pero, una vez confrontados con ese disco rayado que a estas alturas provoca fastidio, la pregunta que viene primero a colación es una en verdad sencilla: ¿a qué clase de ideología se afilian, en estricta realidad, los tales personajes? Y si pregunto tal cosa es, pura y sencillamente, porque ésa que exhiben por ahí y a toda hora con bombos y platillos, adolece de unos cuantos defectos dignos de ser analizados con el detenimiento debido, si bien en cuanto tiene que ver con este artículo, me remitiré a tan sólo tres de los más groseros y visibles.
El primero de tales defectos, radica en que las supuestas ideas tan aparatosamente esgrimidas carecen, por regla general, de fundamentos reales... Son «ideas» despojadas de pies y cabeza; «ideas» huérfanas, tanto de norte como de sur... Es decir: unas endebles ideítas que parecerían, si mucho, en exclusiva apropiadas para la puesta en escena de unas versiones muy distorsionadas y en absoluto desnaturalizadas de Disneylandia o «La isla de la Fantasía»… Y entiéndase bien lo que pretendo expresar: una «Isla de la Fantasía» y una Disneylandia transformadas en réplicas exactas de aquel «Bizarre World» que aparecía, esporádicamente, en las revistas de historietas de Superman… Un mundo adulterado y retorcido, en donde todo era monstruoso, defectuoso y antiestético, al mejor estilo del monstruo hecho con retazos por el doctor Frankenstein. (Ciertamente, ese asunto de hacer monstruosidades en base a retazos es una constante política de la izquierda y los izquierdistas, como cualquier uruguayo lo comprenderá analizando la historia y composición de ese engendro denominado «Frente Amplio»).
El segundo defecto ha sido, es y será que las ideas de estos genios embotellados, quienes durante largas décadas asumieron el agotador trabajo de ambular, con barba hirsuta y libro infaltable debajo el brazo, con poses de perfectos conspiradores de opereta y el exclusivo propósito de convencer al resto de la Humanidad de su hipotética condición de genios y héroes (por desgracia, un montón de idiotas y de ingenuos terminaron por creerles)... Esas paupérrimas ideas, digo, toda vez que han sido llevadas a la práctica tan solo sirvieron para provocar unos espantosos cataclismos, tanto sociales como económicos, y tanto a nivel interno como en el terreno internacional. Se enquistaron a la Rusia de los zares —la sexta parte de las tierras emergidas del planeta, con riquezas naturales incalculables— y en siete décadas la transformaron en un caos ingobernable e inviable. Pusieron las garras sobre Cambodia, y en pocos años exterminaron el 35 por ciento de la población. Secuestraron a la Cuba feliz de los años 50 y, tras cinco décadas lograron convertirla en un patético basurero con tintes de burdel. Y podría seguir enumerando, pero se trata de asuntos harto conocidos y no quiero aburrir a mis lectores con ese recuento de horrores y desastres. Como se verá, he utilizado verbos muy gráficos —enquistar, atrapar, secuestrar—, para dar siquiera una pálida idea de la catadura de los actores de tales infamias históricas. Son verbos que suelen utilizarse en relación con catástrofes, desastres, delitos, delincuentes, monstruos y monstruosidades de toda índole. En una palabra: que toda vez que escribo, sé bien cómo y por qué debo utilizar cierta clase de verbos.
Y el tercero de los defectos a considerar seria, mal que les pese a muchos, que todos estos izquierdoides han utilizado y siguen utilizando ese amorfo e indigesto conglomerado de idioteces que con tanta prodigalidad denominan «ideología», como salvavidas o como manera casi exclusiva, para evitar morirse de hambre, y también para acceder a un nivel de vida que, en condiciones normales de mercado, sus menguadas capacidades de pigmeos intelectuales les negarían, con repetida crueldad. Con esto quiero decir que, librados a sus reales capacidades y en el marco de una competencia verdadera y sin trampas en pos de la subsistencia, casi todos ellos terminarían vegetando tristemente en empleítos o empleúchos de cuatro reales, dolorosamente kafkianos, penosamente grises, inveteradamente paupérrimos… Eso, por supuesto, si se diera el caso hipotético, y para ellos absolutamente indeseable, de que debieran trabajar, al igual que el resto de los seres humanos, para ganarse la vida... Y hacerlo a la manera honesta, leal y decente de la «mayoría silenciosa». En resumen: que la supuesta «ideología» de estos tipejos no es otra cosa que un oportuno travestismo ideológico. Modus vivendi y modus operandi, mucho más que genuinas ideas y verdaderos principios.
No sé si me explico con claridad suficiente, pero en esos tres puntos está casi todo el meollo del asunto. Y lo indudablemente trágico de tal situación radica en que todos estos pomposos prospectos de linyera casi siempre terminan saliéndose con la suya y viviendo, en consecuencia, una existencia dorada y regalada de vividores, trepadores, avivados y logreros (todos términos muy uruguayos), gracias a nutridos dineros que con generosidad proporcionarán tanto ese pozo sin fondo que es el Erario de la República, como una colección de fantasmagóricas organizaciones internacionales que se afanan (y ufanan) en la acción, a todas luces inmoral y perversa, de evitar que todos ellos lleguen a morir por inanición.
En definitiva: todo aquello que habitualmente se exhibe como una presunta ideología que se considera exclusiva (Trade Mark) de la izquierda y los izquierdistas, no es otra cosa que aquello a lo cual nuestros abuelos denominaban, con agudeza e ironía muy uruguayas: un enorme e interminable corso a contramano.
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