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El incomprendido fenómeno de Evo Morales
por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
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Uno de los fenómenos políticos y sociales de mayor impacto en Bolivia, por lo menos de las últimas décadas, es la llegada al poder de una corriente populista empeñada en transformar la esencia del modelo republicano y democrático que se consolidaba luego de los muchos avatares dramáticos en la historia nacional.
Desde 1982 se creyó, pese a muchas crisis, que nada interrumpiría del curso institucional de la República. Había la convicción de que se generalizaba el respeto a las leyes y, consiguientemente, a las libertades públicas, reforzándose la justicia. La continuidad del proceso se dio inclusive luego de los sangrientos sucesos de octubre de 2003, cuando el presidente se entonces se vio obligado a renunciar, y se impuso la sucesión presidencial. Posteriormente, en 2005, se produjo otra sucesión constitucional. Finalmente, se celebraron elecciones generales presididas por un demócrata de excepción,el doctor Eduardo Rodríguez Veltzé.
Contando con las reglas democráticas, fue posible la ascensión al poder del Movimiento al Socialismo (MAS), cuyo dirigente y actual presidente de la República, Juan Evo Morales Ayma, era –en realidad, aún lo es– el cabecilla sindical de los “cocaleros” (los que cultivan la planta de coca, de cuyas hojas se obtiene la cocaína).
Por supuesto que no sorprendió que muchos hayan quedado cautivados por este suceso inédito: un indígena aymara boliviano, perteneciente a la segunda etnia en número en el país, había alcanzado la presidencia de la República. Pero la historia no terminó con el cambio de gobierno. Hay mucho, fuera del “jersey” rayado, que desdibuja la historia rosada en torno al actual presidente de Bolivia. En estos casi tres años de gobierno populista, sucedieron hechos preocupantes: ha violado los principios democráticos, las libertades ciudadanas, el estado de derecho y ha avasallado las instituciones patrias. Por esto resulta alarmante que en el exterior, pese a las evidencias en contrario, haya quienes persisten en defender el supuesto carácter democrático del gobierno del MAS.
No es nuevo para nadie que en Bolivia en este período hubo y hay persecuciones a ciudadanos, con muertos, heridos, presos en cárceles militares y refugiados en el exterior; que se han producido cercos de las hordas oficiales al congreso nacional para imponer leyes; que se suceden las acusaciones infundadas contra ciudadanos, gobiernos y diplomáticos extranjeros; que se repiten los ataques físicos a periodistas y el acoso a los medios de comunicación social (el presidente Morales en la OEA calificó a toda la prensa nacional como la oposición visible a su gobierno); que se defienden linchamientos en nombre de una cruel “justicia comunitaria”, salvaje y paralela a la justicia establecida por las leyes; que hay acciones ilegales y violentas destinadas a imponer una constitución para consagrar el racismo y reinstalar instituciones anacrónicas; que se sigue políticas de sumisión al populismo de Hugo Chávez; que la política exterior de la nación se inspira en la xenofobia y se orienta al enfrentamiento imprudente; que hay un manejo ineficiente y prebendalista, con fines electorales, de las finanzas públicas. La lista es demasiado larga para seguir con un inventario de las tropelías cometidas por el gobierno populista de Bolivia contra la libertad y la democracia. Con estos antecedentes, es incomprensible que algunos gobiernos y dirigentes se afanen en defender a una verdadera dictadura, y que aún que se ofendan porque hay quienes muestran las tropelías que caracterizan una autocracia vigente en un país del ”continente de la esperanza”. Pero hay más: constantemente surge el argumento, para justificar al gobierno de Morales, de que éste es fruto de elecciones democráticas. Se olvida que el ejercicio de la democracia no se reduce a los actos electorales; es una conducta permanente de respeto, mutuo y convergente, entre la mayoría y las minorías, acatando siempre la ley y defendiendo la libertad de los ciudadanos. Aun con elecciones, hay autócratas que se ufanan de su poder, mal usado en su marcha hacia la dictadura.
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