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¿Qué quiere Correa?
por Marco Arauz Ortega
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Una tragedia, usualmente, es la confluencia de varias circunstancias. Sobre la economía nacional en este momento se ciernen los efectos de la crisis mundial, pero hay que sumar una serie de ruidos provocados en la gestión política y económica que obligan a preguntar ¿qué busca el presidente Rafael Correa?
El jueves, él formuló una brillante explicación: el crecimiento constante del déficit comercial amenaza a la dolarización. Por eso llama la atención que el Gobierno, liderado por un economista capaz de llegar a esa conclusión, haya promovido por casi dos años un manejo del comercio exterior dominado por la ideología y haya dado prelación al gasto antes que a la producción, a partir de la bonanza petrolera y a las remesas, hoy en declive.
Las medidas para apoyar al sector exportador son, aunque incompletas, importantes, pero no se compaginan con una gestión diplomática -que debiera ser la punta de lanza para promover los legítimos intereses comerciales del Ecuador- signada por consignas políticas. Como era previsible, el Gobierno no ha logrado impulsar con sus socios políticos otro orden regional, y peor mundial, pero mientras tanto ha dañado las relaciones con varios socios comerciales.
No se puede decir que el Gobierno no haya tenido libertad de acción o haya sido impelido a tomar decisiones, pues como nunca antes en la historia política del país, ha tenido todo el control sobre la institucionalidad y la economía, además de un enorme capital político que ha preferido usar para afianzar más su poder y no para impulsar el crecimiento económico.
Las contradicciones abundan. Por un lado, se apuntala al sector externo, pero al mismo tiempo se mandan terribles señales sobre la deuda, lo cual complica las posibilidades de financiamiento e inversión. A partir de un informe ideologizado, que no atiende a las circunstancias de cada renegociación y que parte de la teoría de la confabulación, se abre fuegos contra los organismos multilaterales, pero se anuncia, como parte de la ayuda a los empresarios, un préstamo por USD 500 millones del BID...
Un episodio más en esta retahíla de veleidades políticas es la reacción de Brasil por la pretensión de no pagar un crédito, después de que el presidente Rafael Correa acordó con su homólogo brasileño Ignacio Lula da Silva tratar directamente cualquier problema comercial entre los dos países. Basta echar una ojeada al mapa de las actuales relaciones internacionales para concluir que ha habido mucha arrogancia y ningún tacto. Si la buena marcha de la economía dependiera de cuántos aplausos se puede arrancar a quienes han vivido agazapados esperando la hora del apocalipsis, se podría decir que Correa está cumpliendo bien su papel. Dice que con las medidas está defendiendo la dolarización, pero en función de sus acciones no cabe sino preguntarse ¿qué quiere en realidad?
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| Artículo de opinión publicado originalmente en el diario El Comercio, 23 de noviembre de 2008 |
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