Uruguayo liberado en Venezuela encuentra su casa ocupada por su captor: Durmió en el pasillo

Por : Nicolás Pérez

Un retorno a casa tras la injusticia

José Breijo, ciudadano uruguayo-venezolano de 70 años, ha vivido una odisea que refleja el dolor y la esperanza entrelazados en la historia reciente de Venezuela. Llegado a Venezuela en 1979 desde Uruguay para ejercer como cocinero en un hotel de lujo en Caracas, Breijo formó una familia y echó raíces en el país. Sin embargo, su vida tomó un giro dramático a finales de 2023 cuando fue arrestado y encarcelado bajo acusaciones de terrorismo, tras intentar vender una fotografía de las oficinas de un supuesto grupo islamista en Caracas, buscando financiar una operación de cateterismo cardíaco que necesitaba urgentemente.

La confiscación de hogares: una práctica alarmante

El caso de Breijo es emblemático de una práctica inquietante en Venezuela: la confiscación de viviendas. Durante su tiempo en prisión, su apartamento fue asignado a uno de los oficiales que participó en su detención. Esta acción no es un incidente aislado, sino parte de un patrón más amplio de abusos que han denunciado prisioneros políticos y figuras de la oposición exiliadas. Según ellos, las autoridades han utilizado la confiscación de propiedades como una herramienta de represión y control.

Tras su liberación la semana pasada, amparado por una ley de amnistía impulsada por la presidenta interina Delcy Rodríguez y aprobada en febrero de 2026 bajo presión de Washington, Breijo encontró su hogar ocupado y su vida patas arriba. Desesperado, se vio obligado a dormir en el pasillo del edificio con un colchón, mientras luchaba por recuperar su propiedad. «Si salgo, me encarcelan», expresó Breijo en su desesperación.

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La comunidad se une

La situación de Breijo no pasó desapercibida para sus vecinos. Bajo el liderazgo de Eulise Villarroel, un líder comunitario, varios residentes del edificio se movilizaron y denunciaron el caso ante la Fiscalía General y la Defensoría del Pueblo. Su esfuerzo colectivo y la presión resultante ayudaron a acelerar la restitución del apartamento, que finalmente se concretó en las primeras horas del miércoles con la salida del oficial de policía.

Al regresar a su hogar, Breijo encontró su apartamento prácticamente vacío, un testimonio silencioso de la invasión y el despojo que había sufrido. «No queda nada mío aquí», dijo desolado. Esa misma noche, fue hospitalizado para tratar el edema pulmonar doble que le fue diagnosticado en prisión, una condición que pone en riesgo su vida debido al exceso de líquido en los pulmones.

Un fenómeno extendido de injusticias

El caso de Breijo no es único. Magali Meda, mano derecha de la líder opositora venezolana María Corina Machado, ha denunciado desde el exilio cómo «dieciséis hombres armados» ingresaron a su hogar, marcándolo con señales de «asegurado» y «confiscado». De acuerdo con la organización Foro Penal, aún hay al menos 454 prisioneros políticos detenidos en Venezuela, incluyendo 41 extranjeros o binacionales, esto a pesar de los más de 8,000 amnistiados que el gobierno reporta oficialmente desde la aprobación de la ley de amnistía.

Este entramado de detenciones arbitrarias, confiscaciones y amnistías condicionadas revela la complejidad y la profundidad de la crisis de derechos humanos en Venezuela, un contexto que sigue desafiando la comprensión y la respuesta tanto nacional como internacional.

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