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El Tupamaro Sibarita
por Rodrigo Blás
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Juan Manuel Correa Clavijo, nació hace muy pocos días en Montevideo; para agasajar a su padre (su madre cuidaba de el recién llegado) con mi señora y otro matrimonio amigo, junto al padre de la criatura, nos dirigimos a un restaurante Montevideano sobre la Rambla de Pocitos; la ocasión lo merecía y la alegría de todos haría intrascendente el precio de la comida, al menos hasta el otro día cuando el bolsillo nos hiciera acuerdo del exceso festivo.
Acomodados en el hermoso lugar, casi sobre el mar y en una noche disfrutable mientras cuidábamos la elección de los platos y nos convencíamos de la “conveniencia” de compartir platos o tablas, escuchábamos con sana envidia, como una voz ronca desde la mesa de atrás ordenaba whisky escocés, tablas y mejillones a la parmesana, lo hacía con pausa y firmeza y pedía para todos, lo que denostaba claramente que el ordenador era un conocedor en estos artes y el resto de la mesa se sometía con expectativa y confianza a sus elecciones.
La real Academia nos enseña, Sibarita: Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento.
Es propio del Sibarita someter a propios y extraños a sus elecciones gastronómicas; su conocimiento superior evita al resto el incursionar sobre platos desconocidos, sus gustos refinados aseguran a quien lo acompaña un paseo seguro por los mejores sabores posibles, hay quienes no entienden que el sibarita encuentra placer supremo en los productos de primera calidad y confunden al sibarita con un simple ostentador.
Sin duda que el Ñato Fernández Huidobro debe de ser de los sibaritas y no de los ostentosos (él era quien se sentaba a nuestras espaldas) difícil sería pensar que un hombre que a movilizado e impulsado en nombre de la revolución igualadora guste de ostentar.
Es difícil pensar que un hombre que ataca a los que tienen, que presume de un pensamiento propio de Robin Hood sea ostentoso. No cabe siquiera imaginar que un tupamaro pueda disfrutar de una cena opípara cuando tantos no tienen ni para comer, seguramente alguna ocasión festiva lo obligaba a tremendo pecado de ir a un lujoso lugar a comer y beber lujosamente, quizás era contra su voluntad.
Si lo de Huidobro no fuese un verdadero tema de sibaritismo sería imperdonable, el sibarita no puede controlar su gusto por lo bueno, es una especie de vicio incontrolable, una fuerza superior, así lo entenderíamos al pobre; si fuera simplemente su costumbre otros sería el cantar, significaría que miente a propios y extraños cuando usa el lunfardo, cuando comparte lenguaje de bar desde la cámara alta, incluso sería posible pensar que ante cámaras y votantes asume una personalidad distinta a la suya, finge o se transforma, vaya uno a saber.
Por suerte nosotros teníamos otros temas que atender y perdimos rápidamente la atención de la mesa del tupamaro para sumergirnos en la difícil tarea de encontrar algo para comer que nos dejara a todos satisfechos y con plata para volver a Maldonado. Sólo volvimos la atención sobre la mesa vecina cuando el tupamaro-sibarita pidió la cuenta, no pude dejar de pensar que la misma era mayor que el salario mínimo, que la jubilación mínima y que la franja de salario exenta de IRPF; inmediatamente pensé para mí mismo que el Sibaritismo era un mal que Fernández Huidobro debía atender rápidamente ya que gastar por su vicio en una noche más de lo que muchos ganan en un mes debe ser algo que no lo deja dormir tranquilo. Ojalá que se cure, pensamos todos antes de pagar nuestra cuenta.
PD – Este hecho es verídico y sucedió la noche del 8 de diciembre en el Restaurant El Viejo y el Mar de la rambla pocitense.
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