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Año VII Nro. 313 - Uruguay, 21 de noviembre del 2008   
 

 
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Fernando Pintos

Aquella lejana controversia de las fotocopias
por Fernando Pintos

 
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         ¡Los avances furibundos de la tecnología! En una época no muy lejana, las fotocopias eran terriblemente caras, ferozmente antiestéticas y absolutamente elitistas. Recurrir a ellas era sólo en momentos de necesidad imperiosa e inevitable, y no se conseguían en cualquier parte. Sin embargo, en el principio de la década de 1980 se produjo un cambio dramático. Aparecieron en Montevideo las primeras fotocopias modernas, tal cual las conocemos en la actualidad si bien no tan sofisticadas. Pero aquello no importaba porque las fotocopias no eran ya algo horrendo (algo bastante parecido al negativo de una fotografía). Por el contrario, eran precisas, estéticas y de asombrosa fidelidad. Para colmo, se conseguían por unos precios muy accesibles, y comenzaban a difundirse con rapidez por la geografía montevideana, a lomos de una demanda que crecía con cada día que pasaba.

         Visto aquel fenómeno revolucionario, escribí un reportaje/entrevista al cual titulé «La controversia de las fotocopias». El mismo se publicó en «El Debate» el miércoles 10 de noviembre de 1982, en una sección que se titulaba «Los Reportajes polémicos de Fernando Pintos» y que se publicaba también en algunos periódicos del Interior de la República. Y lo que se expresaba en aquel trabajo periodístico tiene, aún hoy, unos cuantos aspectos que serán de interés para muchos lectores. Véase (y léase), si no es así:

«…En los primeros meses de 1982, un hecho singular comenzó a registrarse en nuestra plaza: el precio de las fotocopias comenzó a descender, y lo hizo hasta niveles poco creíbles. Algunas casas de fotocopias (principalmente ubicadas en la zona del Cordón) llegaron a bajar sus precios hasta alcanzar el de cincuenta centésimos por unidad. Paralelamente, los estudiantes comenzaron a volcarse en masa sobre esos comercios. Desde la mañana hasta la noche formaban colas apretadas, ansiosos por fotocopiar grandes cantidades de materiales esenciales para sus estudios… Para principios de mayo, esta situación generó las primeras reacciones airadas y aparecieron afiches que rezaban amenazadores, “FOTOCOPIAR LIBROS ES UN DELITO”. Los medios de difusión dieron cabida a esas voces, y se comenzó a desarrollar la polémica… ¿Es el fotocopiado de libros una bendición o un delito? ¿Son los fotocopiadores ángeles o demonios? ¿Lesiona la fotocopia masiva los derechos de los autores nacionales? Para informar sobre tales temas, mantuvimos esta semana una reunión con los integrantes de la naciente “Cámara de Copistas del Cordón”. Allí, en el curso de una conversación animada, los señores Washington Pintos (presidente de la Cámara), Nelson Tangreda, Daniel Comesaña, Ricardo Tallechea, Mario Zanocchi y Werner Klawa, fueron contestando nuestros interrogantes.

—¿Cómo comenzó la controversia de las fotocopias?
—Fue en los primeros días de mayo de este año, cuando la Cámara del Libro y la Asociación de Impresores del Uruguay comenzaron a distribuir un célebre afiche que rezaba: “Fotocopiar libros es un delito”.

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—¿Por qué razón esas dos instituciones que menciona tomaron tal actitud?
—Por una baja repentina en el precio de la fotocopia. Una baja debida a la lógica competencia, y que vino acompañando a la merma en las ventas de cualquier renglón o ramo, y que afectó a todos los comercios de la República en el orden del 50% de sus ventas o más todavía. Ahí, la Cámara del Libro y la Asociación de Impresores consideraron que la merma en la venta de libros era debida pura y exclusivamente al fotocopiado, cosa que no es así, y probadamente, porque a nosotros también nos mermó la venta en un 50%. Por esa época, al igual que con los textos, bajó pavorosamente la venta de best-seller, y le aseguro que jamás se ha fotocopiado un solo best-seller en una casa de fotocopias.

—Ese ataque al que ustedes hacen referencia, ¿tuvo una virulencia extremada?

—Sí. Fue verdaderamente brutal. Lo peor de todo, es que se iniciaron acciones penales contra señores encargados o dueños de centros de fotocopias. Y se llegó a publicar en la prensa, que los “fotocopistas eran piratas”… Consideraron legítimo utilizar una denuncia penal como elemento o arma en una campaña publicitaria. Y esa situación es muy amarga para cualquier comerciante que trabaja honestamente. Esos ataques, precisamente, fueron importantes para formar la Cámara de fotocopiadores. En el curso de una furiosa campaña desatada por la Cámara del Libro y la Asociación de Impresores contra nosotros, corrieron ríos de tinta… ¡Y, utilizando como estandarte farisaico… la defensa del derecho de autor! Con estos fuegos de artificio, lo único que han hecho es ocultar la verdad de los hechos, como dijimos anteriormente. Porque, la baja en la venta de libros, le repito, no es culpa nuestra…


La fotocopiadora electrostática fue patentada en los Estados Unidos en 1939, por el técnico norteamericano Chester Carson. La idea original de Carson, es la que hoy se utiliza prácticamente en todos los equipos: está basada en una propiedad del selenio, metal que es capaz de recibir una carga electrostática (electricidad estática, sin movimiento) y de descargarse al recibir la luz…


Ustedes han mencionado al derecho de autor, como un estandarte esgrimido a lo largo de esa campaña que debieron sufrir… ¿Por qué se utiliza esta bandera para atacarlos?
—Porque a algo tenían que aferrarse, igual que el náufrago que está nadando en medio del océano, y de repente, divisa un madero a la deriva. ¿Se da cuenta? Y lo hacen –esto sí que es risible-, cuando ellos nunca se preocuparon de defender ese derecho… Ha sido comprobado por las Autoridades, que tan sólo el cinco por ciento de las obras publicadas por las editoriales en los últimos años, ha sido registrado en la Biblioteca Nacional. Y eso, a pesar de que los trámites son sumamente sencillos y económicos, facilitados por un personal de gran competencia.

—Pero eso podría deberse a la incuria o a la negligencia de los autores. Yo he escrito y publicado algunas obras, y le aseguro que nunca se me pasaría por la cabeza dejar librada su inscripción legal a nadie que no fuera yo mismo…
—Lo que pasa es que a las editoriales, los autores les han cedido los derechos, y aquellas no se han tomado el trabajo de inscribirlos de acuerdo a lo que claramente ordena el artículo sexto de la ley 9,739. Yo, más que decir incuria o negligencia del autor, diría que a éste lo mata la confianza, porque da por sentado que una empresa editorial responsable, hará los trámites pertinentes para proteger su derecho… Sobre todo cuando esa empresa se lleva la parte del león en los réditos que deje la publicación…

—De acuerdo a lo que ustedes manifiestan, ¿quiere decir que la mayoría de los autores que publicaron en los últimos años en este país no tiene ningún amparo legal para esas obras?
—Así es. Fíjese usted, ¡qué incongruencia! La mayoría de los libros a causa de los cuales tanto ruido y tanta alharaca hacen, se pueden reproducir legalmente, de cualquier manera y sin ningún problema, ya que la ley no los ampara (el plazo para inscribirlos vence al año de la publicación del libro). Y ahora, estos señores aparecen pidiendo a gritos una legislación draconiana, enfilada a la destrucción de los fotocopistas: una legislación que contempla decomisos de máquinas, multas de hasta cincuenta mil nuevos pesos y cárcel para nosotros, cuando no han tenido el menor cuidado por proteger los derechos del auto nacional y utilizar una legislación vigente…

—¿Sobre qué bases piden sus… oponentes, una nueva legislación?

—Son ellos los que conocen su propia argumentación. Pero si no han usado los recursos de la ley vigente, es poco sensato que soliciten ley nueva, que sólo los favorece a ellos, y en cambio va a perjudicar en todo al estudiante y al profesional. Ésta es una legislación contra los estudiantes. Porque el autor material de la defraudación que pueda haber acá, será, en definitiva, el estudiante. Nosotros a cualquiera le cobramos lo mismo por fotocopiado. Lo que ellos están buscando, es meter presos a chiquilines, por buscar material de estudio… Y lesionar a los fotocopistas económicamente, con sanciones desproporcionadas.


En todas las épocas, los inventos cuya adaptación a la sociedad representaba una innovación y un cambio, fueron recibidos con hostilidad. Cuando Denis Papin, descubridor de la máquina de vapor, inventó una embarcación movida por este sistema, fue atacado por una turba en la ciudad de Munden. Resultó brutalmente apaleado, y su “diabólico invento” fue destruido. Con el ferrocarril pasó algo parecido. Se decía que a una velocidad tan enloquecida (30 kilómetros por hora), una persona no podría sobrevivir. Y argumentos por el estilo. Cuando se inventó la imprenta, los copistas medievales protestaron. Cuando, en 1814, el Times de Londres adoptó la máquina de vapor de Köening, debió hacer frente a una violenta actitud de sus obreros. En todas las épocas ha sido igual. Ahora y aquí, también lo es.


Todo esto haría pensar que las fotocopias están poniendo a la industria editorial en peligro de extinción inminente…
—No, nada de eso. En realidad, los libros que los estudiantes fotocopian enteros, son sólo aquellos que tienen un precio de venta exagerado. El estudiante uruguayo, por tradición cultural, tiene la aspiración de formar su propia biblioteca. El uruguayo quiere al libro. Y al estudiante le duele fotocopiar un libreo. Le aseguro que ese estudiante, si encuentra que la diferencia entre comprarlo y fotocopiarlo es de treinta o cuarenta nuevos pesos, no vacila y compra el libro. Dése cuenta, que en cualquier parte del mundo, es más caro fotocopiar un libro que comprarlo. Acá es al revés. Se dan casos de absurda exageración en los precios de los libros… Libros cuyo precio de impresión oscila entre los veinte y treinta nuevos pesos, se venden a más de doscientos pesos al público… Entonces, mi amigo, esos libros y esos editores, si se van a extinguir. Los que gana exorbitantemente se van a extinguir. Pero los otros, que los hay y muchos, no.


…La idea genial de Chester Carson, fue utilizar una tinta en polvo, el “Toner”, que se adhería a las zonas cargadas por la electricidad y podía transferirse fácilmente al papel. Carson murió en 1944, sin haber recibido ni beneficios ni reconocimiento por su invento. Había vendido su patente a una empresa por una participación en utilidades futuras, y murió antes que su máquina comenzara a comercializarse.


Hablemos ahora un poco de la diferencia de costos, entre la fotocopia y la imprenta…
—Abismal a favor de la imprenta. Nuestra tinta, el toner, cuesta seis mil nuevos pesos el kilo (alcanza para unos miles de fotocopias nada más). El kilo de tinta para imprenta anda en los setenta nuevos pesos, y con esa cantidad hay para muchos más trabajos, comparativamente hablando. Nosotros trabajamos con un papel de calidad muy superior y mayor costo, lógicamente, que el papel de las imprentas. Además, ellos tienen ventajas de las que nosotros carecemos: hay una ley que asegura un descuento del 30% para el destinado a libros. El libro no paga IVA y nosotros si lo hacemos… Y una máquina fotocopiadora, ocupando el trabajo de un operario, puede dar en un día, tres mil quinientas fotocopias… En una imprenta, el mismo operario puede rendir unas cincuenta mil impresiones o más… Vea, el costo de la fotocopia es cinco veces mayor que el de la tipografía…

—¿Cómo contestaron ustedes la campaña difamatoria que debieron sufrir?

—Primero, varios meses en silencio. Hemos esperado que las Autoridades de nuestro país se expidieran al respecto. Hemos interpretado esta campaña como una desorientación ante un gran avance tecnológico. Y mire lo que le digo, los fotocopistas del Cordón, en conjunto, contamos con treinta fotocopiadoras, contra cuatro mil que hay en todo el Uruguay. Por otra parte, nadie se ocupó de hablar con nosotros. Los medios de difusión sólo escucharon a la cámara del Libro y adláteres… Ahora “El Debate” pone su atención en este problema y debemos agradecerle que se el primer medio la prensa escrita en consultarnos…


La Cámara de Copistas del Cordón está aún conformando su estructura. Por el momento, la integran los propietarios de los comercios de fotocopias más comprometidos en la controversia que nos ocupa. Son ellos, Washington Pintos, Nelson Tangreda, Mario Zanocchi, Osvaldo Erartes, Hugo Alonso, Raúl Mercant, Werner Klawa, Ricardo Tellechea, Daniel Comesaña y C. Carrasco. Seguramente y en breve, a ellos se agregaran muchos más, con iguales inquietudes.


Ustedes constituyeron, recientemente, la Cámara de Copistas del Cordón. ¿Qué actividad preparan con carácter inmediato?
—El Ministerio de Justicia y el Ministerio de Cultura, han formado una Comisión Interministerial que nos citó varias veces, para estudiar este problema. También nos han citado al Palacio Legislativo, donde fuimos entrevistados por Consejeros de Estado que estudian con gran detenimiento modificaciones a la ley de imprenta actual, que contemplen la existencia de la fotocopia, evitando que se cometan abuso en su utilización, y protegiendo al estudiante y al profesional en su legítimo derecho de acceder a material de estudio barato. Debemos dar toda nuestra colaboración a estas Autoridades, para que se llegue a soluciones concretas para todos. Y seguir brindando nuestra colaboración al estudiante, al docente y al profesional…

Un apresurado Tangreda, un afable Tellechea, un meditativo Klaua, un locuaz Zanocchi y un terminante Pintos contestaron a nuestra preguntas, representando a los fotocopiaste del Cordón, bajo el término genérico de RESPUESTA. Gracias a todos, en nombre del público lector de esta nota a cargo del cual queda ahora la polémica…».

 

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