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Año V Nro. 347 - Uruguay, 17 de julio del 2009   
 
Informe Uruguay

 
 
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Visión Marítima

 

EL DESIERTO DE ARAL
Un ejemplo de desarrollo no sostenible
por Graciela Vera
Periodista independiente

Graciela Vera
 
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         Entre los Estados de Uzbekistán y Kazajistán hay 40 mil kilómetros cuadrados  de tierra salada a la que los lugareños de esta parte del Asia Central  han dado en llamar desierto de Aral Karakum; en realidad se trata del lecho seco del que hasta finales de los años 40 era una de los cuatro lagos más grandes del mundo.

         Para entonces, e incluso hasta mediados de la década de los 60 cuando aún no se había acelerado su deterioro, el mar de Aral, tal su nombre geográfico, cubría una superficie de 66 mil kilómetros cuadrados que contenían  unos mil kilómetros cúbicos de agua.

         Fue una región rica en pesca -más de 40.000 toneladas anuales- y pródiga en las cosechas de melones, cereales y arroz  que se daban en los casi 550 mil kilómetros de tierras húmedas que formaban el delta de  los dos ríos que desembocan en su mar: el  Amu Darya y el Syr Darya.

         ¿Qué ha sucedido en su entorno para traernos  la realidad actual?

         Podríamos preguntarnos quién se bebió un mar de tales dimensiones.

         Podríamos pensar que todo es producto de un aceleramiento del cambio climático en la región. Muchas veces éste es el origen de los desastres climáticos, sin embargo en el caso del Mar Aral las actividades del hombre han tenido una incidencia mucho más directa.

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           Para tener una idea de lo ocurrido debemos remitirnos al decenio de los 60 cuando la entonces Unión Soviética planificó para  Asia Central un destino como  abastecedora y exportadora de algodón en rama.

         Pero en realidad la historia ya había empezado; nos podemos retraer  a 1918 cuando se inició el trasvase del agua de los dos afluentes para satisfacer las necesidades  de los abundantes cultivos de la zona, pero el verdadero problema llegaría cuando  lo que vino después sobrepasó todos los límites de la cordura.

         En los años 30 se comenzaron a construir canales de irrigación en gran escala, con el perjuicio agregado de que la calidad de construcción fue ínfima y  parte del agua se evaporaba o filtraba; llegó a perderse hasta un 70 por ciento del agua pasada por  uno sólo de estos canales, el de Kara Kum que es el mayor canal de riego construido en Asia Central.

         Ochenta años después apenas un 12 por ciento del total de la longitud de los canales de Uzbekistán está impermeabilizada.

         Entre agua utilizada para regar y agua perdida nos encontramos con que  antes de 1960 ya se habían desviado entre 30 y 50 kilómetros cúbicos  y el nivel del mar había comenzado a descender notoriamente. Entre 1961 y 1970 lo hizo a un ritmo medio de 20 centímetros por año, ritmo que apartir de entonces siguió aumentando hasta triplicarse.

         La cantidad de agua extraída se duplicó entre 1960 y 1980. Durante esa última década el Mar de Aral menguó una media de entre 80 a 90 centímetros cada año. 

         Los proyectos ideológicos se concretaron: actualmente Uzbekistán es uno de los mayores exportadores de algodón del mundo,  a cambio el ecosistema del Mar de Aral y de los deltas de los ríos que confluyen en él está prácticamente destruído.

         En poco tiempo las tierras de regadío pasaron de 4,5 a más de 7  millones de hectáreas, con ello llegó un aumento de la población que en apenas una década pasó de 14 a cerca de 27 millones de habitantes.

         Como el cultivo de algodón necesita mucha agua se duplicó su extracción,  hasta el 90 por ciento se destinó a riego. 

         El proyecto  puesto en marcha ignoró por completo el medio ambiente. Dado sus resultados, estamos ante uno de los ejemplos más concluyentes de desarrollo no sostenible.

         Nuevamente el ser humano actuando contra sus propios intereses.

         Nuevamente las ideologías  anteponiéndose a los intereses de las personas.

         Nuevamente los políticos usurpando el papel de los técnicos.

         Se pensó  que se estaba ante una fuente inagotable de agua pero sólo se demostró que en pocas décadas es posible destruir lo que a la naturaleza le llevó millones de años crear.

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         El hombre también ha sufrido en carne propia su desidia.

         En la región del  Aral, a cambio de vivir algunos años de crecimiento económico y demográfico,  fueron dilapidados recursos y se envenenó la salud de sus habitantes.

         Quizás todos tenemos responsabilidades. Tal vez en aquellos años de nada hubiera valido levantar voces (que no se elevaron) para denunciar lo que estaba sucediendo.  De haberse podido mostrar el desastre esas voces habrían sido acalladas ante otro, mal entendido signo de progreso.

         En un proceso irreversible enormes extensiones de tierra fértil se convirtieron en páramos salados; las cosechas comenzaron a secarse por falta del agua que ya no existía, los  pueblos pesqueros quedaron a 70  kilómetros de la costa,  y desapareció otra de sus principales fuentes de trabajo: la pesca.

         El agua potable de la zona se ha salinizado y tiene un elevado contenido de metales, zinc y manganeso;  la población cercana al Mar de Aral presenta una elevadísima incidencia de cáncer y enfermedades de riñón e hígado entre otras muchas dolencias  arraigadas  en la zona que tiene además  una muy poco envidiable estadística:  las afecciones pulmonares aumentaron un 3.000 por ciento, las enfermedades artríticas lo hicieron en un 6.000 por ciento y la mortalidad infantil es una de las más altas del mundo.

         El principal motivo es el  vertido de productos tóxicos de diversa naturaleza provenientes de residuos de plaguicidas y fertilizantes  y  restos de pruebas biológicas  realizadas por el ejército soviético en la época de la guerra fría.

         No obstante, no todo es negativo. En las últimas décadas se han puesto en marcha  algunas soluciones que pretenden,  al menos,  evitar que se continue con el deterioro. Algo se ha logrado, a medias y como una limosna de la naturaleza compadecida por la indolencia de los hombres.

         A finales de los años 80 el mar ya había quedado dividido en dos, una parte menor 'el mar de Aral Pequeño'  al norte y otra mayor ' el mar de Aral Grande' al sur. Para el 2000 el Grande volvió a dividirse en dos y de éstas, la parte este ha perdido ya un 80 por ciento del agua y se espera que en el 2020 haya dejado de existir.

         Los hombres destructores se empeñan ahora en ser salvadores aunque ya es imposible  solucionar la enorme catástrofe. El Mar de Aral está sentenciado y sólo se puede intentar reparar una pequeña parte del daño causado por lo que los esfuerzos se centran en la parte norte.

         En octubre de 2003 el Gobierno de Kazajistán con ayuda del Banco Mundial inició la construcción de un dique para evitar  que el agua  fluya hacia el sur, posibilitando que se eleve  el nivel del agua en la mitad norte  y se reduzca su salinidad. .

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         Desde que se finalizó la obra en el 2005 se ha recuperado un nivel de 4 metros  y se intenta continuar el trabajo,  aunque  las previsiones a pesar de la drástica reducción de la extracción de agua, no son del todo halagüeñas.

         Desde el espacio es posible comprobar que la degradación ambiental continúa.

         El satélite Envisat de la ESA (Agencia Espacial Europea) captó hace muy pocos días, fotografías que permiten, contraponiéndolas con otras anteriores,  seguir el proceso de transformación del Mar de Aral en este pequeño lago que desesperadamente  trata de mantenerse con vida.

         ¿Aprenderemos la lección?

Desde el sur del norte, a julio 2009

© Graciela Vera para Informe Uruguay

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