Miembro de
Proyect Sindicate apdu
       
 
separador                                          Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
              
Google Buscar en la

 
Año V Nro. 319 - Uruguay, 02 de enero del 2009   
 

Visión Marítima

historia paralela

 
Fernando Pintos

Pensamientos profundos para
una Navidad en íntima soledad…

por Fernando Pintos

 
separador
   
rtf Comentar Artículo
mail
mail Contactos
notas
Otros artículos de este autor
pirnt Imprimir Artículo
 
 

         Nunca podría a volver a amar con la fuerza, con la intensidad, con la antes inimaginable profundidad con que he alcanzado a amarte. Tamaño logro es de todo punto imposible y, para mi absoluta infelicidad, lo sé perfectamente. He ahí una buena parte de mi condena. Ninguna mujer podrá tener, para mis ojos y mi corazón, todo lo que vos seguirás teniendo hasta el final de mi tiempo.

         Creo en el destino. Y pienso, además, que a todos nos llega el momento preciso en que debemos rendir cuentas y pagar por todo lo que de malo hemos hecho a lo largo del camino. Y estoy convencido de que fue por ello, y sólo por ello, que llegué a conocerte, y que llegué a tratarte, y que me acerqué a vos, y que pensé que sería maravilloso estar en la cama contigo… Y que, en algún impreciso momento, terminé fatalmente enredado en este horrible sentimiento que me apresa, que me aprieta, que me asfixia, que me tortura sin permitir tan siquiera un momento de tregua, y que me tiene encerrado en un círculo implacable de fuego para el cual no existe otra salida que la muerte… ¿Por qué extraña razón, ninguna de las mujeres que intento interponer, a manera de escudo protector, pueden hacer lo más mínimo para mantenerte fuera de mis límites? Pero hay otra pregunta que es, si cabe, todavía mucho más inquietante: ¿por qué no tengo la fuerza suficiente para poner un «¡hasta aquí!» a este sentimiento devastador que de tal manera me avasalla?

         Amarte. ¡Amarte con verdadera y exclusiva locura! Amarte, y hacerlo con exclusión de todo el resto del universo conocido o imaginado. Amarte hasta el mismo límite de mis fuerzas o de mi fantasía. Amarte hasta las lágrimas más cálidas y amargas. Amarte hasta el último instante de mi dolorosa existencia. Pura y simplemente, ¡amarte!… Tan sólo amarte, por el simple hecho de amar y por el todavía más simple de que seas vos, únicamente vos y nadie más que vos. Pero amarte no porque yo lo quiera, ni porque lo pretenda, ni porque me parezca que es lo mejor que pudiera hacer o intentar, sino porque me es por completo imposible dejar de hacerlo. Amarte porque para mí no puede haber otra mujer que te iguale, ni mucho menos que alcance a superarte. Amarte porque estás infiltrada, sin vuelta ni remedio, hasta lo más profundo de mi ser. Amarte porque mi sangre te pertenece y nada me es posible hacer para remediarlo. Amarte porque sos para siempre mi patria. Porque sos mi bandera y mi himno. Amarte porque, ¡Dios me perdone!, mi patria y mi bandera y mi himno se opacan frene a tu imagen y tu recuerdo. Amarte porque nada me puede estremecer más que el simple atisbo de tu nombre. Amarte, porque cada parcela de mi ser te pertenece sin remedio ni redención…

         ¡Astrid!… ¡Apenas cinco sencillas letras!  ¡Pero tan especiales y dulces letras! ¿Cómo pudo ser que, nunca antes alcancé a imaginar, tan siquiera, la existencia de ese nombre que ahora para mí es mágico, único y excluyente? ¿Cómo sucedió que, en transcurso de todo mi pasado, ese nombre me resultara por completo extraño, indiferente y despojado del más mínimo sentido? ¡Astrid! ¡Únicamente, Astrid! Esas cinco letras tan mágicamente combinadas se han convertido, desde dos años a esta parte, en el único norte con el cual me es permitido soñar. ¡En el único que puedo tan siquiera imaginar! Único, por más que, abandonado en el desierto infinito, pudiese estar clamando cada día por otro, nombre mágico de mujer, que en algún momento llegase para rescatarme de este infierno que me devora hasta el más ínfimo recodo del aliento, del corazón, de las entrañas…

         ¡Astrid!… Ese nombre mágico evoca, con terrible violencia, la inmensidad insondable de tus ojazos grises. La nítida transparencia, inigualable, de tu piel blanca. La magia incomparable de tu dulce, dulce voz. La armonía indescriptible de tu hermoso rostro que no tienen parangón. Pero, también, es capaz de evocar ese algo todavía más indescriptible que existe y persiste en todo tu ser. Y todo ello, en su conjunto, es algo que me resulta imposible describir. No alcanzan, para ello, ni todos mis años de investigación periodística, ni todos esos otros de descripción literaria. ¡Qué devastadora ironía! Me creí periodista. También me pensé escritor. Y ahora, puesto de frente a lo que vos me infligiste, frente a ese ser en que vos me has convertido, no soy capaz de una descripción ni tan siquiera aproximada del objeto de mi perpetua agonía. ¿Podría imaginarse un castigo más vasto y pavoroso que ése?

         Es lo que en realidad me atrapó para siempre. Eso, una indefinible cualidad que pervive en todo tu ser. Una que está presente en cada una de tus palabras. En tus más mínimos gestos. En el brillo fugaz del sol sobre esa indescriptible cascada que forma tu cabello. En un susurro leve que puede tejer la brisa en torno de tu rostro adorado. Está en tan siquiera un atisbo breve de tu sonrisa. Permanece en la huella que dejan tus pasos. Se encuentra, incrustado a fuego, en cada uno de tus silencios. Y se aparece, también, enredado íntimamente en cada fibra de mi ser. Y es tu sangre, que está metida dentro de la mía. Es tu acento, que marca con fuego cada uno de mis silencios. Es el milagro de tu piel, que reclama la mía con la fuerza entera de un vértigo implacable. Es el recuerdo de cada una de tus palabras, que conservo en lo más profundo de mi ser, grabado con la fuerza innegable e indeleble de la sangre y del fuego. Es el leve pero a la vez incitante perfume de tu piel, que por único es irrepetible e inimitable, que por tuyo es embriagador, y que por provenir tu cuerpo me esclaviza con la misma fatídica certeza con que pudiera hacerlo la droga más devastadora.

         En definitiva, sucede que sos indudablemente vos la causante de toda esa espantosa agonía que se adueña, implacable, de cada uno de los instantes fugaces de esta vida que me va quedando. Vida que ha dejado de pertenecerme, porque no es otra cosa que tuya, aunque no la quieras… Y a pesar de todo ello, tuya para siempre. Pero también es mi amor el culpable. Este terrible sentimiento que se adueñó de mí para hacerme no ya su prisionero, sino su esclavo y dejarme abandonado a un costado del camino, desmadejado y sin fuerzas, como un pobre muñeco desarticulado. Es culpable de lesa patria mi alma, que se dejó invadir por vos sin darse cuenta y que, una vez quiso reaccionar, fue por completo impotente frente a la invasión que la había cundido hasta los más recónditos rincones. Es culpable mi mente, ¡la maldita!, que no puede quitarte ni tan siquiera por un mísero momento de su bitácora. Es culpable todo mi yo, por no poder quitarte de mi vida. Soy eternamente culpable por débil, por flojo, por vil estúpido. Y como todo culpable, tendré que pagar por mi culpa.

         Y es muy cierto. Me estás matando. Pero… ¡Vaya ironía! Si la muerte me viene de vos, ni duele ni lastima. Por el contrario. Será por completo bienvenida.

Comentarios en este artículo

» Arriba


© Fernando Pintos para Informe Uruguay
 
21
Informe Uruguay se halla Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
Depósito legal No. 2371 deposito Nos. 338018 ley No - 9739, dec 694/974 art. 1 inc A
20
Los artículos firmados son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan, necesariamente, la opinión de Informe Uruguay
20
Los enlaces externos son válidos en el momento de su publicación, aunque muchos suelen desaparecer.
Los enlaces internos de Informe Uruguay siempre serán válidos.
21
 
Estadisticas Gratis