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Año V Nro. 372 - Uruguay, 08 de enero del 2010  
 
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Carlos Sabino

Recuperación económica
y retroceso bolivariano

por Carlos Sabino

 
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Tres tendencias de fondo, de suma importancia para la región, encontramos al realizar el análisis del año que acaba de transcurrir: la primera es que el auge de los personalismos, ya presente desde la década pasada, continúa como una de las principales realidades políticas de América Latina, al parecer con fuerza incontenible. La segunda consiste en que el auge de la izquierda, que se manifestó con inusitada fuerza entre 2004 y 2007, ha estado cediendo en la mayor parte de la región, como lo muestra el desarrollo de la crisis hondureña y el resultado de algunas elecciones importantes. La tercera tendencia, algo más incipiente que las dos mencionadas, se refiere a la creciente inserción de América Latina en nuevos escenarios mundiales: las debilidades de la política exterior de los Estados Unidos promueven nuevos acercamientos, políticos y comerciales en un movimiento sin precedentes que reclama seria reflexión para los líderes de la región.

Personalismos y caudillismos

         Desde la ya lejana época de la independencia, que para muchos países se remonta ahora a dos siglos completos, los gobiernos caudillistas y personales han sido la principal tónica de la región. Hubo notables excepciones, claro está, pero en general la debilidad institucional que se produjo como consecuencia del quiebre de la relación colonial llevó a gobiernos de tipo personalista, donde las ideologías solían tornarse un tanto borrosas o pasaban a un discreto segundo plano, mientras el “hombre providencial” se hacía con la suma del poder público, a veces por largos años.

         Con el retorno a la democracia acaecido durante la década de los ochenta del siglo pasado, esta peculiaridad de la región pareció eclipsarse; pero sólo lo hizo por pocos años. La crisis económica de esos tiempos debilitó seriamente a los gobiernos y, cuando por fin comenzaron las reformas, pudo pensarse por un momento que América Latina se encaminaría hacia una economía de mercado que funcionara dentro del marco de una democracia respetuosa de los derechos individuales.

         Pero el mismo éxito de las reformas, al menos en su fase inicial, produjo un resultado inesperado: varios presidentes, percibiendo su creciente popularidad, lograron alterar las constituciones de sus países con la intención de reelegirse y mantenerse el mayor tiempo posible en el poder. Alberto Fujimori en Perú, Carlos Menem en Argentina y Fernando Henrique Cardoso en Brasil lo lograron sin problemas y el primero de los nombrados, incluso, dejó entrever su voluntad de permanecer indefinidamente en la presidencia de su país.

         Pero después, cuando por diversos motivos la situación económica empeoró en muchos países, el turno le tocó esta vez a la izquierda: en un ambiente contrario a los
partidos políticos y la corrupción reinante Hugo Chávez impuso su Asamblea Constituyente en Venezuela, logró controlar enseguida todos los resortes del poder y, ahora, puede reelegirse de modo perpetuo para la presidencia, contando además con un dominio sobre el proceso electoral que le garantiza algo así como la dictadura ilimitada. Pronto, y bajo su influjo, siguieron este ejemplo Bolivia y Ecuador, estableciendo unos populismos autoritarios de izquierda que aún siguen vigentes. En Nicaragua, en estos momentos, Daniel Ortega pretende avanzar por el mismo camino, mientras que el más firme opositor a esta tendencia, el presidente Alvaro Uribe, de Colombia, ya ha logrado cambiar la constitución para reelegirse una vez y es posible que un nuevo cambio le garantice otro período más en el poder. Son pocos los países en los que, en forma velada o abierta, no se hable ahora de reelección: el fracaso de Manuel Zelaya en Honduras parece por ahora más una excepción que la regla, pues hasta el populista Colom, en Guatemala, avanza con planes para que su propia esposa lo suceda en la presidencia.

         La tendencia, como podemos apreciar, supera obviamente las clásicas diferencias entre izquierda y derecha: ya sea para impulsar reformas de libre mercado o para regresar a la época del estatismo, para instaurar el socialismo del siglo XXI o para detenerlo, por todas partes los gobernantes desean perpetuarse en el poder y los pueblos, los electorados de América Latina, les dan con mayor o menor entusiasmo vía libre para hacerlo.

         ¿Por qué sucede este nostálgico regreso a los sentimientos y las actitudes que tanto recuerdan al caudillismo de otros tiempos?

         La respuesta no es simple, ni puede exponerse con detalle en este informe1, pero sí cabe apuntar algunos elementos de juicio que son necesarios para comprender lo que ocurre.

         Lo primero que hay que destacar es que, en la región, las democracias de tipo redistributivo han terminado siendo un fracaso. Nos referimos a esa visión, tan extendida hoy, que concibe al gobierno como el dador de todos los beneficios, que quiere construir un estado benefactor caracterizado por amplias políticas asistencialistas –con subsidios directos- que dan al estado un papel central en la prosecución del bienestar y pretende repartir la riqueza, aún cuando ésta no sea mucha. Como este sistema no funciona para generar riqueza, como el gobernante se preocupa, ante todo, por repartir lo que no es suyo y no en crear condiciones para el progreso efectivo de la gente, los pueblos se frustran, perciben la corrupción, se desengañan de los políticos y terminan esperando que una mano providencial los ayude desde la cima del poder pasando por encima de cualquier embarazosa restricción constitucional.

         Otro factor que incide en este proceso se puede entender cuando palpamos la nostalgia con que, en gran parte de América, se recuerda a dictadores de otros tiempos: sí, eran brutales y se adueñaban del poder sin restricciones –nos dice mucha gente-, pero había orden y seguridad, se podía trabajar en paz para hacer progresar a la familia y había menos corrupción que con las democracias actuales. Este es el discurso subyacente en buena parte de una población que asiste impotente al aumento desorbitado de la delincuencia, que se siente insegura y engañada, y que por eso atina a buscar soluciones extremas, aun cuando se pierdan las libertades políticas y ciertas libertades civiles. Es, claro está, una ilusión vana, pues los gobiernos personalistas son el mejor caldo de cultivo para la corrupción, pero es un clamor que no puede ser desatendido y que propicia este regreso al caudillismo que tan preocupante resulta para quienes buscamos un orden de libertad.

         Cuando el sistema político se convierte en una máquina de repartir privilegios, cuando el gobernante usa el dinero público para comprar lealtades y se abandonan las funciones esenciales del estado, las sociedades se encaminan con velocidad hacia una nueva forma de anarquía, la que hoy padecemos en muchas naciones: un estado que no gobierna, que no controla la delincuencia, que busca parecer un padre benefactor –aunque bastante escaso de recursos- pero no garantiza el mínimo de seguridad que se necesita para vivir y progresar. Y ante la anarquía, como sucedía también en el siglo XIX, se busca siempre el remedio más directo y en apariencia más eficaz: la mano fuerte del hombre que, desde la cima del estado, sea capaz de imponer el orden y garantizar la paz.

Honduras y la comunidad internacional

         El 28 de junio pasado el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, fue depuesto y expulsado del país. En su lugar el congreso eligió a Roberto Micheletti, quien asumió la presidencia confirmando la fecha del 29 de noviembre prevista para las elecciones generales. Lo que motivó esta conducta, que muchos han calificado como un golpe de estado, fue la flagrante violación de la constitución por parte de Mel Zelaya quien no sólo desconoció expresos mandatos de la Corte Suprema de Justicia sino que intentó reformar la carta magna del país para permitir su reelección (algo expresamente prohibido por la constitución hondureña): propuso que, en los comicios de noviembre, se pusiese una urna especial para votar por una constituyente, trajo desde Venezuela todo el material electoral necesario para realizar ese acto y llegó a invadir, con un grupo de partidarios, instalaciones militares donde se guardaba el material llegado del país sudamericano. Ya Zelaya había incorporado su país al ALBA, la iniciativa de integración de los gobiernos que siguen las orientaciones de Hugo Chávez, y se mostraba un decidido partidario del presidente venezolano (el gobierno de Micheletti, posteriormente, desvinculó a Honduras del ALBA) .

         El congreso, la legislatura, los principales partidos políticos, la iglesia católica y los organismos empresariales apoyaron abrumadoramente la destitución de Zelaya aunque reconocieran, en días posteriores, que su expulsíón del país había sido ilegal.

         Después de un par de frustradas tentativas de regresar al país Zelaya logró, con el apoyo de los brasileños, instalarse en su embajada en Tegucigalpa el día 21 de septiembre. Sus partidarios, en grupos relativamente pequeños, no cesaron de manifestar durante todo este tiempo y llamaron a la abstención en las elecciones del 29 de noviembre. No lograron, sin embargo, concitar mayor apoyo: las elecciones se realizaron de un modo pacífico y transparente, la abstención resultó menor que la acostumbrada y Porfirio Pepe Lobo, del Partido Nacional, de oposición, logró un claro triunfo sobre Elvin Santos, del Partido Liberal –el mismo al que pertenece Zelaya, aunque Santos es un decidido opositor a su persona y a su orientación política. Lobo obtuvo el 53%, Santos 33% y las fuerzas que respaldaron a Zelaya, insistiendo en la convocatoria a la constituyente, alcanzaron menos del 2% de los sufragios. Hasta aquí los hechos acaecidos en Honduras durante este agitado semestre. Lo que resta comentar es la intensa reacción internacional que siguió a los acontecimientos mencionados.

         Desde el primer momento Chávez se opuso tenazmente al nuevo gobierno, tildándolo con todos los adjetivos que suele proferir sin mesura y hasta amenazando con enviar tropas a la república centroamericana para restaurar a Zelaya en el gobierno. No llamó la atención que se alinearan tras él los demás miembros del eje “socialista-bolivariano” que existe en el continente, aunque la reacción de la OEA, que llamó a lo acontecido un golpe de estado y pidió la restitución de Zelaya, resultó inusitada por la rapidez con que se tomó y la virulencia de sus términos: pasando por alto que la deposición del hondureño no había sido un acto independiente del ejército sino una decisión en todo momento avalada por el congreso y por el máximo organismo judicial, la OEA excluyó a Honduras de su seno y trató de imponer sanciones de todo tipo al nuevo gobierno.

         Esta “defensa de la democracia” resultó, a juicio de quien escribe estas líneas, por completo hipócrita, desproporcionada y muy poco diplomática. Decimos hipócrita porque contrasta visiblemente con la actitud asumida hacia la dictadura de Cuba, a quien recientemente se le han abierto otra vez las puertas de la organización, el silencio cómplice que la OEA ha tenido frente a los desmanes electorales y las violaciones a los derechos humanos cometidos por Venezuela, Bolivia y Nicaragua, y el poco interés mostrado por la organización frente a las amenazas a la libertad de prensa en la región; desproporcionada, porque se actuó con prisa, sin conocer bien los hechos, y se reaccionó como ante uno de los clásicos golpes de estado militares de épocas pasadas; y poco diplomática porque, en vez de intentar con mesura algún tipo de arreglo, se pasó de una vez a resoluciones extremas que dejaron muy poco espacio para la negociación.

         Ni la Unión Europea ni los Estados Unidos adoptaron ante la crisis una política mucho más sensata o coherente. La primera interrumpió las negociaciones para un tratado de libre comercio con Centroamérica por el caso hondureño, mientras consolidaba acuerdos de ayuda con un grupo de naciones africanas entre las que se incluye, nada menos, que la brutal dictadura de Zimbabwe. Los Estados Unidos, por su parte, mostraron una conducta bastante errática, con frecuentes marchas y contramarchas, cediendo en parte al Brasil el manejo de la crisis. Pero este país, alejándose de la tradición de profesionalismo y moderación de su cancillería, adoptó actitudes estridentes, incluyendo la extraña forma en que permitió que Zelaya retornara al suelo hondureño.

         Al cerrar esta edición lo que se debate, en el concierto internacional, es si se reconocen o no las elecciones del pasado noviembre: muchos países sostienen la posición de que no pueden ser legitimadas, porque fueron realizadas bajo el imperio de un gobierno surgido de un golpe de estado, aunque esta tesis no tenga mayor asidero histórico: casi todos los gobiernos actuales son “descendientes”, podríamos decir, de elecciones realizadas bajo auténticas dictaduras militares, y no por ello resultan menos legítimos o legales.

         Sólo Colombia, Perú, Costa Rica y Panamá, junto a los Estados Unidos, han declarado que reconocerán al nuevo gobierno de Lobo, quien asumirá la presidencia a finales de enero; el resto permanece en la indefinición o, como el eje chavista, en la oposición franca a la aceptación de la voluntad expresada por el pueblo hondureño. También se debate, en estos momentos, la fórmula concreta que permitirá a Manuel Zelaya salir de su refugio en la embajada brasilera, para lo cual se han sostenido conversaciones incluso con la mediación de la República Dominicana.

         Como comentario final cabe expresar que la crisis ha servido para demostrar, una vez más, la ineficacia y la poca trascendencia que tienen organizaciones como la OEA, que en poco contribuyen a suavizar las tensiones que inevitablemente se producen como resultado de los constantes cambios políticos de la región.

América Latina en el mundo

         La tercera tendencia a la que queremos referirnos, aunque por ahora sea nada más que incipiente en sus manifestaciones, se refiere al diferente papel que van asumiendo varios países de la región en el concierto mundial. Si América Latina fue, en tiempos pasados, un escenario relativamente secundario dentro del gran juego estratégico mundial de la Guerra Fría, ahora, acabada ésta, sus naciones muestran inclinaciones diferentes según las orientaciones políticas de sus gobernantes. Ya no son los Estados Unidos el único centro de atención para sus cancillerías ni hay alineamientos claros, líneas definidas que –como antes separen lo ideológico, lo político y lo militar en un contexto planetario.

         En estos últimos años hemos visto el acercamiento del Irán islamista y teocrático a las naciones gobernadas por la izquierda –Venezuela antes que nada, pero también Bolivia, Brasil y Nicaragua-, los acuerdos que alcanzan los rusos para vender sus armas y crear nuevos lazos de todo tipo, la influencia -sobre todo económica- de la pujante China, y las buenas relaciones de Perú y de Chile a un área económica del Pacífico de gran dinamismo. Mientras estos lazos se afirman, y se suceden los acuerdos y las visitas, la que fuera la potencia hegemónica en la región, los Estados Unidos, exhibe un interés reducido ante los asuntos locales y una conducta que, a nuestro juicio, puede calificarse como errática.

         En ningún momento la pasada administración de George W. Bush dio muestras de tomar seriamente el peligro internacional que podía representar la amenaza chavista. Una política de cierta distancia, de no hacer caso a las provocaciones y de intervenir lo menos posible hizo que pudiera conformarse el eje que se propuso crear Venezuela. Barak Obama no ha actuado mucho mejor: incapaz de desligarse de los compromisos que ya tiene Estados Unidos en Irak y Afganistán –profundizándolos más bien-, Obama ha pronunciado discursos conciliadores y agradables que en nada han contribuido a mejorar la presencia real de su país en estas tierras y ha actuado de modo poco convincente en el caso de Honduras, sin mostrar capacidad de liderazgo alguna. Los Estados Unidos, ahora, parecen completamente absorbidos por esas guerras lejanas que no pueden ganar –y que siempre han sido su talón de Aquiles- y por el abrumador problema de la crisis económica que aún no logran superar.

         Es cierto que el establecimiento de nuevas bases en Colombia podría significar que el país del norte no abandona por completo sus preocupaciones en la región; pero no debe olvidarse que dichas bases se están creando para compensar el cierre de las que existían en Ecuador y que, en todo caso, es desde el punto de vista político donde más se notan las carencias de la nueva administración: de ningún modo el combate al narcotráfico, por ejemplo, puede considerarse como parte de un pensamiento estratégico global, ni como una línea de acción que incida directamente sobre los dilemas que tiene nuestra región.

         Si a esto agregamos el hecho de que ya, con las compras que han hecho una decena de países, nos encontramos ante el comienzo de una verdadera carrera armamentista, podemos entrever que la América Latina de otras décadas, centrada en sí misma y en sus relaciones con Estados Unidos, está desapareciendo en las brumas de la historia: en el nuevo orden internacional que, muy lentamente, va cobrando forma en estas décadas, América Latina experimentará de seguro tensiones y presiones que la vincularán, de un modo más efectivo, a las potencias emergentes –como China y la India- y a los focos de alta tensión internacional, como el Medio Oriente y los países islámicos.

La economía

         Según informes preliminares de la CEPAL América Latina tuvo una reducción de su producto del 1,9% en el año que se cierra, aunque se predice que la economía crecerá hasta un 4% durante 2010. La depresión mundial ha impactado a la región, como no podía ser de otro modo, pero lo ha hecho de modo diferente en cada país según las características de cada uno y la política económica que siguen sus gobiernos. AsíVenezuela, que ha proseguido a toda marcha con sus estatizaciones, tendrá una reducción de su producto del 2,8%, con alta inflación además, mientras que, en el otro extremo, Perú mantendrá su crecimiento, aunque descendiendo del magnífico 9,8% que había obtenido en 2008. México yBrasil también parecen estar soportando bien las presiones actuales, aunque el primero de esos países, estrechamente vinculado a la economía de los EstadosUnidos, ha sufrido con intensidad los efectos de la recesión.

          La crisis actual, en América Latina, se ha expresado en una reducción del volumen del comercio internacional, una disminución notable de las remesas que reciben de sus emigrantes, un cierto aumento del desempleo y de la pobreza y, en general, dificultades fiscales para sus gobiernos, acostumbrados durante el lustro pasado a recibir los cuantiosos ingresos de una economía en expansión. Algunos de ellos han adoptado sanas medidas de control presupuestario pero otros, comoVenezuela, enfrentan ahora las consecuencias de sus gastos sin control: al cierre de esta edición el país caribeño afrontaba una seria crisis bancaria y una fuerte disminución de sus reservas con una inflación que superará, otra vez, el 30% anual. Por otra parte la economía de Cuba, la única de tipo soviético que existe en la región, ha sufrido este año un severo retroceso, incapaz de aislarse de las consecuencias de la crisis “capitalista” y siempre dependiente de las ayudas que, como las que le otorga Venezuela, provienen del exterior.

         Como dato positivo debemos agregar que, durante el semestre, se firmó un TLC entre Colombia y el llamado “triángulo norte” de Centroamérica, constituido por Guatemala, El Salvador y Honduras y que avanzan varios otros acuerdos de integración entre diversos países y otras zonas económicas externas a la región.

Resultados electorales

         Los resultados y los pronósticos electorales de América Latina no han apuntado hacia una tendencia clara y definitiva, aunque se puede decir que la región está virando lentamente hacia la derecha mientras, por el contrario, se mantienen firmes en el poder los gobernantes del eje de izquierda que encabeza los venezolanos. Es como si la mayoría de los países rechazara ahora los populismos de izquierda en tanto que estos, sin embargo, una vez implantados, resultasen muy difíciles de combatir.

         Veamos algunos resultados concretos producidos durante el semestre: México renovó su cámara de representantes mostrando la previsible recuperación del PRI (ubicado ahora en el centro del espectro político) y la disminución de la izquierda y de la derecha: mientras el PRI subía de 106 diputados a 237, el gobernante PAN, de centro derecha, bajaba de 206 a 143; peor aún fue el resultado obtenido para una izquierda que concurrió dividida a las elecciones y que, con apenas el 12% de los votos totales, redujo su presencia parlamentaria de 126 a 71 representantes.

         Uruguay: en las presidenciales del 25 de octubre el Frente Amplio (de izquierda, actualmente en el poder) logró un triunfo para su candidato, José “Pepe” Mujica, un ex guerrillero de 74 años que obtuvo el 48% de los votos frente a Luis Alberto Lacalle, ex presidente (1990-1995) y abanderado del partido Nacional, de centro derecha, que obtuvo el 29% de los votos.

         En la segunda vuelta, se impuso nuevamente Mujica con 53% de la votación total. El Frente Amplio logró mantener, ajustadamente, su mayoría parlamentaria. Es probable que Mujica, a pesar de sus antecedentes, mantenga la prudente política de izquierda moderada que ha seguido su predecesor. En la jornada electoral de octubre los ciudadanos rechazaron, en un plebiscito, la propuesta de anular la Ley de Caducidad, por la cual no se puede abrir juicios por los excesos que pudieran haber cometido militares y policías en la lucha antisubversiva (contra los llamados Tupamaros, una guerrilla urbana marxista a la que perteneció Mujica) en la década de los setenta.

         En Bolivia, el 6 de diciembre, Evo Morales obtuvo una contundente respuesta favorable del electorado, que lo reeligió para un nuevo período presidencial con el 59% de los votos. El MAS, su partido, obtuvo también una amplia mayoría parlamentaria, lo que le permitirá al aliado de Chávez imponer una política más favorable al centralismo y al socialismo y, eventualmente, tratar de reinterpretar la constitución para permanecer en el poder más allá del 2015.

         Si en estos dos casos la izquierda se alzó con la victoria en los comicios realizados, no ocurrió lo mismo en Chile, donde Sebastián Piñera ganó la primera vuelta electoral de las elecciones llevadas a cabo el 13 de diciembre. El abanderado de la derecha obtuvo un 44% de los votos y fue seguido en los cómputos por Eduardo Frei Ruiz-Tagle, de la Concertación de centro izquierda, con un 29,6% del total. Más atrás quedaron el socialista Marco Enríquez-Ominami, con un 20,1% y el comunista Jorge Arrate, que consiguió un 6,2% de los votos. La segunda vuelta para la presidencia se efectuará el 17 de enero próximo y las encuestas, hasta ahora, siguen favoreciendo a Piñera sobre Frei.

         Como puede apreciarse, por lo que acabamos de apuntar, los resultados electorales han sido mixtos, con dos triunfos para la izquierda y dos también para la derecha y el centro. Pero, como decíamos al comienzo de este número de Tendencias, las inclinaciones del electorado parecen ir apartándose del populismo socializante que predominó hasta hace poco tiempo. No sólo por la importancia relativa –poblacional y económica- de Chile y México con respecto a Uruguay y Bolivia, sino porque los uruguayos en poco parecen dispuestos a transitar el tipo de socialismo agresivo que caracteriza a los seguidores de Hugo Chávez. Pero además, y esto es lo que consideramos como más importante, porque el panorama electoral que se presenta para el próximo año parece indicar que la izquierda irá retrocediendo en varios países, especialmente los más grandes: para las presidenciales de Brasil, a realizarse en octubre de 2010, las encuestas dan como favorito a José Serra, con 37%, mientras que Dilma Rousseff, la candidata del partido de Lula, recibe hasta ahora un magro 16%. En Colombia es muy probable que se mantenga la actual línea política, con un nuevo período para Alvaro Uribe -si logra cambiar la constitución para poder ser reelecto- o para alguno de sus partidarios. Menos clara es la situación en Costa Rica, que por los momentos presenta un avance notable de las preferencias por el libertario Otto Guevara y un cierto deterioro del partido en el gobierno. También se realizarán, durante el próximo año, elecciones legislativas en Venezuela, que prometen una cierta presencia de la oposición en el congreso y en Perú, donde se irá definiendo el panorama para las presidenciales del año siguiente. En Bolivia Evo Morales tratará de afirmarse en las áreas del oriente del país que no le son afectas y en México, con elecciones para gobernadores, se podrá apreciar hasta qué punto el PRI regresa a la escena política como el principal partido del país.

Otros sucesos políticos

         Cabe repasar algunos otros acontecimientos que, en diversos lugares de la región, han tenido significación durante el semestre que concluye:

  • En Nicaragua prosigue la inestabilidad: Daniel Ortega está apelando a todos los recursos posibles para poder reelegirse, pero sus tentativas parecen por ahora condenadas al fracaso, ante los acuerdos a los que está llegando la oposición y la baja popularidad de la que goza, la menor de un presidente americano.
  • En Venezuela el prestigio de Chávez está declinando, siguiendo en general la misma curva que trazan los precios del petróleo. La situación de la economía, en buena parte estatizada, se ha tornado crítica, pero el presidente parece dispuesto a proseguir con su camino hacia el socialismo, agravando así los males que ya se padecen: alta inflación, descenso del producto, problemas de abastecimiento y dificultades serias para la banca. Chávez ha hecho algunos amagues de tipo guerrerista, principalmente hacia Colombia, aunque una guerra entre ambos países parece por cierto una perspectiva bastante remota.
  • En Cuba también la situación económica se ha tornado muy delicada, agravada por el inmovilismo que practican los hermanos Castro en el poder. Prueba de las tensiones latentes es que la dirigencia ha aplazado otra vez, indefinidamente ahora, la realización del VI congreso del Partido Comunista gobernante: la disidencia crece y, a pesar de las ilusiones de la OEA, el régimen totalitario de la isla no parece encaminarse a una transición sin sobresaltos hacia la libertad política.
  • Ecuador, por otra parte, mantiene sus tensiones con Colombia, que se agravaron por la presentación de un video donde aparece Jorge Briceño, el Mono Jojoy, unos de los máximos líderes de las FARC, diciendo que apoyaron financieramente a Rafael Correa, actual presidente del Ecuador, en el año 2006.
  • En Paraguay el populista presidente Lugo pierde apoyos, al punto de que se habla de la posibilidad de realizar un juicio político en el congreso para poder destituirlo.
  • Una renovada oposición en la Argentina, cuya situación económica es realmente preocupante, avanza en la definición de las candidaturas capaces de apartar definitivamente del poder al matrimonio de los Kirchner.
  • En Guatemala, a pesar de los esfuerzos realizados por el gobierno a través de politizados programas sociales, se ven muy poco claras las posibilidades de que Alvaro Colom, de izquierda, pueda ser sucedido por su esposa, Sandra de Torres, debido a la creciente oposición en las ciudades y la escasa flexibilidad que tiene el presupuesto del país.
  • En El Salvador, por último, el presidente Funes se ha apegado a un curso político moderado, distanciándose prudentemente de las acciones de Ortega en Nicaragua y del depuesto Mel Zelaya en Honduras.

Comentarios finales

         América Latina ha logrado, en 2009, sobrevivir a lo peor de la crisis económica mundial sin tener que afrontar situaciones catastróficas, aunque algunos países, los de economías más socializantes, todavía están en serias dificultades. El rumbo político, lentamente, se va inclinando otra vez hacia la derecha. Hay una carrera armamentista en toda la región aunque, por ahora, las posibilidades de que esto desemboque en conflictos armados parecen muy bajas. A lo largo de 2010 asistiremos, casi seguramente, a una progresiva aunque lenta recuperación económica, mientras declina la influencia del socialismo del siglo XXI en la mayor parte de los países.

Fuente: Cadal

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