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Año III - Nº 211
Uruguay, 08 de diciembre del 2006
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El Chamanismo Verde
por Gustavo Hernández Baratta
 
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Del libro "El progreso y sus enemigos" del autor francés Guy Sorman he tomado prestada la expresión que titula estas líneas. No encuentro nada más acertado para describir la actitud irracional de quienes han aterrorizado a una población entera -la de Gualeguaychú- y nos han puesto a argentinos y uruguayos al borde de la tragedia.

Bien alerta Sorman que es poco relevante que la comunidad científica, la experiencia, los ejemplos tangibles y los estudios rigurosos derriben una a una las profecías apocalípticas del ecologismo oracular. Siempre habrá en boca de los enemigos del progreso una descalificación, la revelación de alguna conspiración abominable, o la denuncia de intereses inconfesables.
 
Sea cual sea la realidad objetiva, los chamanes encontrarán alguna forma de redoblar la apuesta y profundizar su terrorismo verbal.
 
Es por ello que el destinatario de estos pensamientos más o menos ordenados en relación a la instalación de la planta de Botnia no es el séquito vocinglero del  Apocalipsis celulósico.
 
Me dirijo al ciudadano común de la Argentina que teme sinceramente por su salud y por la de sus hijos. A  los millones que a diario deben procesar toda la información que aparece en los medios que le alertan sobre el avance trágico de un conflicto impensado entre dos naciones hijas de un tronco común y que desconocen por completo que detrás de todo el alboroto se esconde, ni más ni menos, que el afán de destruirlo todo de los enemigos del progreso.
 
A ellos les digo que esto no es más que otra manifestación de "La máquina de impedir", como llamó Bernardo Neustadt a la aversión manifiesta a todo aquello que nos permita salir del oscurantismo, el atraso, la esclavitud a la que nos pretenden condenar las fuerzas reaccionarias, enemigas de la democracia y el capitalismo.
 
En la nota inicial que gentilmente publicó Urgente 24 hice referencia a la falsedad de la denuncia sobre contaminación visual y presenté como prueba irrefutable las distancias existentes entre la ciudad de Gualeguaychú y la planta de Botnia y entre ésta y el pequeño balneario de Ñandubaisal. Afirmé allí que dadas las distancias y la curvatura terrestre resulta imposible hablar de perjuicios por contaminación visual.
 
Se me critica entonces por recalcar las tintas en una cuestión "menor", siendo que lo más importante serían los daños al medio ambiente que la planta provocaría, obviando el detalle de que no fui yo quien habló de contaminación visual sino los asambleístas y fue el propio presidente Kirchner quien desde su púlpito sentenció al respecto. Hernández Baratta, ese esnob que plantea un tema tan menor como el estético frente a la tragedia medioambiental en ciernes. ¿A que intereses responderá el señor éste?
 
Como mi argumento es irrefutable les conviene por ahora ponerlo en el freezer. Será por poco tiempo, porque el cataclismo ecológico que se plantea solo existe en la mente de quienes lo anuncian. Apenas cobren nuevas fuerzas las evidencias que dan por tierra con las admoniciones de asambleístas y funcionarios, volverán nuevamente al tema del impacto visual y a las supuestas violaciones al Tratado de Límites del Río Uruguay, otro argumento falsamente esgrimido una y otra vez.
 
Es una especie de calesita. Los mismos temas van y vienen en una intermitente repetición que no reconoce ni se detiene frente ninguna evidencia en contrario.
 
Se nos vende  que el norte desarrollado ha decidido expulsar hacia el sur pobre las industrias contaminantes y que la instalación de Botnia en el Uruguay sería parte de esa siniestra conjura de los ricos para seguir condenándonos al atraso y la miseria, ahora, de la mano de la explotación medioambiental.
 
Por supuesto, entre los padres intelectuales de tamaño disparate no está ausente el uruguayo Eduardo Galeano quien bien podría escribir ahora "Las venas mugrientas de América Latina" para seguir envenenando con su insostenible teoría de la dependencia a varias generaciones de latinoamericanos.
 
Con argumentos que tienen la rigurosidad intelectual de Vilma Ripol.
 
Bastaría con considerar que:
 
a) Es falso que la Unión Europea haya prohibido la instalación de plantas de procesamiento de celulosa,
 
b) la Unión Europea "exporta" su normativa medioambiental obligando a todos aquellos que pretendan comerciar con ella a cumplirla,
 
c) Finlandia no está desmontando sus plantas de celulosa para trasladarlas al tercer mundo y
 
d) que siendo Finlandia el país que mejor cuida su medio ambiente no parece significativo el impacto que este tipo de plantas provocan al medio ambiente teniendo en cuenta que en aquel país hay 17 similares a la de Botnia funcionando actualmente.
 
Si no es  porque Finlandia esté al borde del desastre ecológico y necesite expulsar urgentemente a las pasteras de su suelo, ¿Por qué entonces Botnia se instala en Uruguay?
 
La teoría conspirativa es tan ridícula como funcional porque ningún argumento racional puede contra ella. Pero la verdad es que sale mucho más barato fletar pasta de celulosa que madera sin procesar y en Uruguay ya hay madera suficiente como para justificar una inversión de tamaña magnitud que se amortizará con las diferencias de flete.
 
Claro que a las mentes retorcidas la obviedad siempre les resulta sospechosa.
 
Hace unos meses Luis D´Elía tomo por asalto un campo aduciendo, entre otras cosas, que el imperialismo yanki está tratando de quedarse con "la mayor reserva de agua potable del planeta", el famoso acuífero guaraní.
 
Parece que la mayor reserva de agua dulce  no nos basta para evitar que los uruguayos nos vayamos a morir de sed porque los arroyos y las napas se secarán porque estamos plantando eucaliptos "a mansalva".
 
El chamanismo verde mueve a risa. En el norte argentino se apuran a impedir que se agreguen tierras al cultivo oponiéndose al desmonte de "los bosques nativos". En el Uruguay se oponen a la forestación porque se quitan tierras potencialmente cultivables y se afecta la "biodiversidad".
 
El mensaje de fondo es que nada debe hacerse, que todo provocará la catástrofe, que el hombre está condenando al planeta Tierra al colapso.
 
Por supuesto, el chamanismo verde no nos dice que su mundo ideal significa que el 90% de los seres humanos estamos de más, sobramos, no merecemos vivir, pero por eso le ponen trabas al progreso combatiendo todo aquello que mejore nuestra calidad de vida (y la mejora es evidente al punto tal que hoy los más pobres del planeta tienen una esperanza de vida equivalente al doble de la que tenían los más ricos hace 300 años).
 
El chamanismo verde protesta porque se tala y protesta porque se foresta. Protesta porque se planta y porque no se planta. Junta dinero para los pingüinos empetrolados pero se opone al desarrollo de la energía nuclear que puede realmente disminuir nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Dice preocuparle el hambre y la miseria pero es furiosa su oposición a los transgénicos que nos permiten multiplicar la producción de alimentos a escalas nunca antes vistas y alimentar a toda la humanidad.
 
El chamanismo verde no es más que otra expresión de la irracionalidad, de la idiotez, de la elevación del mito al nivel de la ciencia. El chamanismo verde es enemigo del hombre. Por eso, cuando el Uruguay decide que hay una oportunidad de desarrollo apostando a la industria maderera desempolva falacias seudo científicas y se opone a la plantación de eucaliptos porque nos quitará el agua, curioso cuando esas mismas voces se alzan en defensa de una supuesta existencia de agua tan gigante que será la causal del gran conflicto por venir y que se ubica, justamente, debajo de los eucaliptos que el Uruguay está plantando.
 
Pero no es todo. ¿Cómo se explica que el imperio vendrá por el agua del acuífero guaraní y simultáneamente contaminará sus napas con los desechos tóxicos de las plantas de celulosa?  ¿Cómo es posible que vengan a envenenar la misma fuente de agua que nos vendrán a robar después?
 
La teoría de la dependencia nos ha intoxicado con la creencia de que el imperialismo impide nuestro desarrollo condenándonos a meros productores de materias primas. Este ha sido el argumento de fondo esgrimido para expoliar la riqueza de la producción agropecuaria en beneficio de la protección de la industria nacional.
 
Los hechos históricos y la ciencia económica han demostrada la ineficacia del proteccionismo y no es difícil concluir que las constantes transferencias de recursos de sectores eficientes de la economía a sectores ineficientes ha sido a la larga lo que ha impedido nuestra industrialización y desarrollo.
 
Son la mala asignación de recursos y las constantes violaciones a los derechos de propiedad  las causas de nuestro subdesarrollo y no alguna conspiración perversa del imperialismo y en este punto resulta cuanto menos curioso que los mismos que denuncian al imperialismo por "condenarnos" al papel de productores de materias primas se ponen de patitas cuando al Uruguay se le ocurre dejar de exportar madera para convertirse en productor de pasta de celulosa, esto es, en agregar valor al producto primario.
 
¿Contradicción? Es evidente para todo aquel que al que se le ocurra pensar. Para los enemigos del progreso, en cambio, mutar los argumentos,  sostener lo contrario y lo contrario de lo contrario es lo más natural del mundo.
 
¿Cómo reponerse a la doble postura de oponerse ideológicamente al papel de proveedor de materias primas y simultáneamente boicotear todo proyecto de industrialización?
 
En seguida la respuesta es un supuesto desarrollo sustentable del que no sabemos ni que clase de desarrollo es ni que sustentabilidad plantea. Lo central es oponerse al desarrollo para seguir llorando el subdesarrollo. Lo importante para ellos es que la realidad no contradiga sus teorías y si hay que poner la realidad patas para arriba no dudan un segundo en hacerlo. Finalmente, ellos son cultores de una verdad a la que nosotros pobres mortales no podemos acceder por lo que se justifica que se nos mienta y se nos esclavice "por nuestro propio bien".
 
Necesitan la miseria y la tragedia como necesitan respirar. Su negocio político y su estructura mental les impiden otra cosa. Es más fácil azuzar a la población, hacer de brujos y curanderos. ¿Cómo nos venderían su ideología si no lograran convencernos de que estamos sometidos a oscuras fuerzas que solo buscan de nosotros explotarnos hasta la muerte? ¿Cómo toleraríamos su totalitarismo, su egolatría, su auto impuesta "superioridad", si no lograran intoxicarnos con sus profecías apocalípticas?
 
Si no fuera porque nos mienten y nos engañan, si no consiguieran inmovilizarnos e impedirnos volcar nuestras energías hacia aquello que nos haría progresar ellos no tendrían más remedio que ponerse a trabajar y a producir para vivir en vez de vivir de nosotros, de nuestro esfuerzo y gracias a nuestro miedo.

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