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Año V Nro. 340 - Uruguay, 29 de mayo del 2009   
 
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Marcos Cantera Carlomagno

La tercera España
por Marcos Cantera Carlomagno

 
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          Quien sigue el desarrollo actual en España no ignora la omnipresencia de la Guerra Civil en todos los rincones de la vida cotidiana. A pesar de haber pasado 70 años desde el lacónico comunicado de Franco ("La guerra ha terminado"), el primero de abril de 1939, el sangriento conflicto marca aún, y en forma por demás nítida, el debate político y la vida cultural en la Península. Los intentos fallidos del juez Baltazar Garzón de contribuir a generar "memoria histórica" a costa del bando nacional y la ley recientemente aprobada por el gobierno socialista sobre la misma materia son dos ejemplos de ello.

          Pero sin lugar a duda, los ejemplos de la vida cotidiana son los más claros y contundentes. En el invierno de 1996, los efectos de una bomba que la ETA había puesto a menos de 200 metros de la casa de mi mujer, en Santander, se hicieron notar con especial dureza: la rajadura iba del segundo al tercer piso del edificio y las constantes lluvias del oeste (las temidas e interminables lluvias gallegas) habían convertido la pared en una enorme mancha que supuraba agua y tristeza. Como buen recién llegado al escenario, y desconocedor por completo de la profundidad de las raíces del odio, insistí para que mi mujer hablase con la vecina, sobre cuyo huerto daba la pared quebrada, de forma que los albañiles pudiesen montar un andamio y solucionar un problema que se agravaba constantemente.

          Pero cosa tan simple y sensata no fue posible, pues la familia de la vecina había peleado por los nacionales y mi suegro había estado preso por republicano. Años más tarde, cuando abandoné Santander, la rajadura seguía ahí, produciendo humedad a raudales. Era un testimonio patético del odio que sigue condicionando la vida española: el de las guerras por la Reconquista, el de las guerras internas del siglo XIX, el de la Guerra Civil de hace 70 años y el del salvaje terrorismo contra los civiles que practica la banda ETA.

          La guerra civil es la forma más sanguinaria de conflicto armado, pues ningún odio es tan ciego y tan violento como el odio entre hermanos. Esta idea, que el sabio Carlos Maggi acostumbra recordar, aparece estampada es un artículo mío (Det fanns också ett tredje Spanien), publicado el 24 de abril de 1998 en Sydsvenskan Dagbladet. Cuando Maggi se refiere a este fenómeno busca ejemplos en las montoneras que durante décadas deshicieron nuestra joven vida nacional. En mi artículo, yo hacía hincapié en lo que en esos precisos momentos estaba sucediendo en Bosnia. Dos conflictos, dos países, dos continentes, el mismo drama, el mismo odio, la misma violencia.

          La Guerra Civil española no escapó a las generales de esta ley. Nunca sabremos la cantidad de víctimas que se cobró durante los casi tres años que duró, y si bien ese famoso "un millón de muertos" que los republicanos convirtieron en eslogan en los años que siguieron no tiene mayor asidero en las fuentes históricas disponibles, la cantidad de muertos, lisiados y heridos graves que dejó se sitúa, de cualquier manera, en varias centenas de miles.

          La lucha entre los dos bandos dividió no sólo al territorio sino que también a poblados, a familias enteras, a matrimonios, a amigos y a hermanos. Muchos fueron quienes se encontraban "en el sitio equivocado el día equivocado" y ya no pudieron torcer su destino. Quizás, uno de los ejemplos más conocidos sea el de los hermanos Machado. Antonio, el poeta, quedó del lado republicano y le debió cantar a la espada del comunista Lister y a los bigotes de Stalin. Manuel, el poeta, se encontraba en el lado nacionalista y su pluma tuvo que magnificar la espada de Franco, ese nuevo Cid que la hispanidad estaba esperando.

          La historia nos habla de las dos Españas: la buena y la mala, la del gallo rojo y la del gallo negro, la España española y la España corrupta por la influencia militar y financiera extranjera. ¿Pero cuál de ellas fue la España pura, la de paella y pandereta? ¿Fue acaso la que tenía en su territorio un comando militar alemán con total independencia de acción? ¿O fue la que estaba atada de pies y manos a las armas y a los expertos militares del camarada Stalin?

          Cuando el calor de la guerra descendió -quizás debido al tiempo, quizás debido a una guerra que se llamó fría-, los historiadores comenzaron a poner la lupa en otra España, en una España que no había sido ni fascista ni revolucionaria. Una tercera España, lo sabemos hoy, que fue más grande que las otras dos juntas.

          El drama de las personas que no encontraron lugar en ninguna de esas dos Españas enfrentadas a sangre y muerte fue enorme. Allí están las trágicas historias de los miles de curas y monjas que lograron escapar a la matanza de religiosos que cometieron los anarquistas en la mal llamada España republicana para luego ser perseguidos por los nacionales, acusados de simpatías con "los rojos".

          El mismo drama le tocó vivir a las docenas de miles de ciudadanos democráticos (republicanos moderados y militares constitucionalistas) que por los medios más inverosímiles se salvaron de las checas -esos "tribunales populares" cuya única condena era al paredón- para luego ser perseguidos por la policía política de el Generalísimo. Fue el caso del general Domingo Batet, quien en octubre de 1934 reprimió la revuelta catalana y se convirtió en un héroe para la derecha pero luego fue fusilado por sus colegas cuando, manteniendo su fidelidad al orden constitucional, se negó a apoyar la revuelta contra la República.

          Pocas veces, muy pocas, los lazos históricos y sanguíneos le ganaron la pulseada al odio. A lo largo de algunos frentes somnolientos, donde los hombres de las barricadas enemigas eran parientes, amigos, vecinos o compañeros de trabajo, con el correr de los meses y los años se llegó a intercambiar vino y cigarrillos, lentejas y jamón. Hay documentados, incluso, algunos partidos de fútbol.

          Hace unos pocos meses, quienes buscan tumbas colectivas de aquellos años para alimentar "la memoria histórica" (o mantener vivo el odio…) encontraron, en Aragón, una fosa con unos 40 cadáveres. Grande fue la sorpresa cuando los expertos descubrieron que los huesos entreverados pertenecían a republicanos y nacionales. Esa fraternidad en la muerte no es buena para la causa de la memoria histórica flechada, que es la única que parece interesar, y los cadáveres fueron abandonados a la buena de Dios. Ni que hablar que se suspendió inmediatamente, y en el más profundo silencio, la rueda de prensa, las conferencias con invitados especiales, las declaraciones altisonantes, las lágrimas de los descendientes y todo el circo que acostumbra montarse a esos fines.

          El drama de un Manuel Azaña, el presidente republicano olvidado y despreciado por sus propios ministros; el drama de un Julián Besteiro, el dirigente socialista que antes que nada era español y pagó con su vida por ello; el drama de un Salvador de Madariaga, que recorrió toda la Europa diplomática en febril búsqueda de una solución dialogada; el drama de cientos de miles de personas cuyo único ideal era vivir en armonía bajo el manto protector de la Ley fue que, a pesar de ser mayoría, la historia la escriben los violentos y los intolerantes: los Francos y las Pasionarias.

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