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El Salvador de la Patria
por Raúl Seoane
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Las actuales internas del Partido Nacional y del Frente Amplio generan más reacciones de los candidatos que las próximas elecciones presidenciales. Blancos contra blancos, progresistas contra progresistas, proyectos y propuestas que sólo parecen ser dirigidas a sectores ideológicamente distantes de los candidatos es lo que día a día aparecen en las tapas de los principales medios de comunicación.
Desde la antipatriótica propuesta de José Mujica de eliminar el supuesto secreto bancario uruguayo hasta la impropia postura de Jorge Larrañaga al declararse de izquierda y tratar de encasillar a su contrincante Luis Alberto Lacalle como de derecha, todos los candidatos, sin excepción, tratan de mover sus piezas para captar los votos indecisos que los postulen a la primera magistratura nacional.
A todo esto hay que agregarle el intento de dar un paso a la izquierda de Lacalle cuando habló de una reforma agraria, de las mentiras de José Mujica tergiversando la realidad nacional y embaucando descaradamente a los uruguayos con propuestas imposibles de realizar, del abrazo de Jorge Larrañaga con el líder tupamaro y la decisión de acordar políticas comunes para gobernar el país. También hay que agregarle la candidatura forzada de Marcos Carámbula, impulsada por las huestes mujiquistas y de los comunistas para restarle votos a Danilo Astori.
Más allá de las válidas camisetas partidarias, desde el regreso a la democracia los uruguayos buscan exasperadamente al Salvador, aquel que con su varita mágica solucione todos los problemas habidos y por haber. Los uruguayos están a la búsqueda de una figura, de un líder, de un presidente que saque al país adelante, que mejore la calidad de vida, que solucione los problemas que durante décadas aquejan al país, que les dé trabajo, que les dé bienestar, que refuerce la nacionalidad y lleve adelante un país utópico.
Según informó el director del CEDES, Ernesto Talvi al diario El País, “De un 82% de la sociedad que en 1985 sostenía valores de "clase media" (esto es, que la posición en la vida depende del esfuerzo personal, la educación, el ahorro y el trabajo), se pasó a un 67% en 2008. Mientras que de 16% de la población que se ubicaba en grupos de "excluidos" en 1985 (la posición en la vida no depende del esfuerzo personal y las posibilidades de ascenso son escasas y muy dependientes de programas de asistencia) se pasó a un 32%.”
Es por ello que desde el ’85 se vienen sucediendo diferentes partidos en la conducción nacional como muestra de esa desesperada búsqueda que parece de nunca acabar. Sanguinetti, Lacalle, Sanguinetti, Batlle, Vázquez, son un ejemplo del rastreo al que está abocada la sociedad uruguaya.
Es indudable que esa búsqueda desesperada del Salvador de la Patria nunca llegará a buen puerto, sencillamente porque no existe ningún salvador en los términos en que parece estar inserta en la mentalidad de los uruguayos. Parecería como que el país estuviera dividido en dos sectores, por un lado los empleados públicos y por el otro los privados. Mientras los públicos buscan mantener su privilegiado status de garantía laboral ilimitada, incrementos salariales y comodidades, los privados piden baja de impuestos, más trabajo y más libertad para poder crecer social y económicamente. Pero un reclamo común es exigir que el Estado Nacional se ocupe de brindarles el bienestar que ellos mismos no son capaces, o no quieren, proporcionarse.
El error de esta concepción es que el Estado Nacional no es el partícipe obligado en brindar bienestar. La función del estado es generar políticas para el desarrollo e intervenir realmente en casos muy puntuales de extrema necesidad, políticas que permitan la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos, pero que de por sí no son generadoras de bienestar, porque el verdadero bienestar individual proviene del trabajo, del estudio, del esfuerzo de cada uno de los ciudadanos. No es justo que sin trabajar, sin esforzarse, sobre todo en la administración pública, tengamos los mismos beneficios de aquel que cumple cabalmente con sus funciones y obligaciones. Por eso el bienestar colectivo no existe y por ende jamás podrá existir el Salvador de la Patria tal y como se representa en el imaginario popular uruguayo.
Todos somos los salvadores de la patria con nuestro trabajo, con nuestro esfuerzo, con nuestras ideas, cumpliendo nuestras obligaciones, porque ni Larrañaga, ni Mujica, ni Astori, ni Larrañaga, ni Bordaberry podrán jamás llegar a ser el Salvador de la Patria, porque no es su función, son y serán simples administradores de eso que creamos entre todos y llamamos Nación.
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