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No preguntes lo que tu país te puede dar, sino lo que tú puedes darle a él.
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Año V Nro. 401 - Uruguay, 30 de julio del 2010 |
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Hace 27 años en una clínica de Río de Janeiro se cerraba el último capítulo de la vida de MANE Garrincha, el genio de las piernas torcidas, que había nacido el 28 de octubre del año 1933 para regalarnos medio siglo de fútbol, si tenemos en cuenta que nació driblando. En realidad se había muerto mucho antes, acorralado por los fantasmas de su locura, por el alcoholismo, la miseria, pero fundamentalmente por la ausencia de fútbol. Fue un triste final que tuvo como testigos a los pocos funcionarios de la clínica Dr. Elías y donde quizás algunos ni supieran que se trataba del ídolo de Pau Grande, una pequeña localidad del interior de Río. Se trataba de una historia muy similar a la de muchos “garotos” brasileños que superaran el hambre y la miseria mediante el fútbol. También como ellos había comenzado en el equipo del barrio, pasando luego a Flumínense y Vasco da Gama, para llegar finalmente al Botafogo donde encontró la consagración.
Su bautismo internacional lo encontró en la Copa del Mundo del año 1958 disputada en Suecia. Lo demás es demasiado conocido. Corintians, Portuguesa Carioca y equipos de Matogrosso, Francia y Colombia. Fue por esos años que el drama comenzaba para Garrincha, apresurando el final de Manuel Francisco dos Santos. Su vida fue recreada magistralmente por Eduardo Galeano en su libro EL FÚTBOL A SOL Y SOMBRE, señalando en una de sus páginas. “Alguno de sus muchos hermanos lo bautizó Garrincha , que es el nombre de un pajarito inútil y feo. Cuando empezó a jugar al fútbol, los médicos le hicieron la cruz, diagnosticando que nunca llegaría a ser un deportista “este anormal, pobre resto del hambre y de la poliomielitis, burro y cojo, con cerebro infantil, una columna vertebral hecha una S y las dos piernas torcidas para el mismo lado. Sin embargo, nunca hubo un puntero derecho como él. En el mundial del 58, fue el mejor en su puesto. En el mundial del 62 fue el mejor jugador del campeonato. Pero a lo largo de su vida fue el jugador brasileño que más alegría le proporcionó a la “torcida”. Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo: una invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, era un niño defendiendo su mascota. En el camino los rivales se chocaban entre si, se enredaban las piernas, se mareaban, caían sentados. Garrincha ejercía sus picardías de malandro a la orilla de la cancha, sobre el borde derecho, lejos del centro. Jugaba para un Club llamado Botafogo. Encendía los estadios, loco por aguardiente, huía de las concentraciones escapándose por la ventana, porque desde los lejanos andurriales lo llamaba alguna pelota que pedía ser jugada o alguna música que exigía ser bailada, alguna mujer que quería ser besada...” Lo dijo Galeano, Garrincha murió de su muerte, pobre, borracho y sólo... Compartir este artículo en Facebook © Raúl Seoane para Informe Uruguay
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