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Jean Pisani-Ferry

Resurge el debate sobre el federalismo de Europa
por Jean Pisani-Ferry

 
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BRUSELAS – Es un debate antiguo, pero las tensiones dentro de la zona del euro lo han hecho resurgir: ¿puede sobrevivir una unión monetaria sin alguna forma de federalismo fiscal?

         Esta cuestión es un persistente motivo de preocupación para los inversores de todo el mundo. Los titulares de bonos estatales europeos creían saber lo que habían comprado. Desde luego, no existía una seguridad soberana de la zona del euro, pero los bonos alemanes, franceses, españoles e incluso griegos tenían más o menos el mismo tipo de interés, por lo que se los consideraba equivalentes.

         Ahora los inversores reconocen que no entendían en realidad lo que representaban esos bonos, es decir, la concepción institucional que había tras la divisa europea y, si la crisis financiera mundial nos ha enseñado algo, es que, cuando no se entiende un producto financiero, no se debería comprarlo. Ahora bien, si los inversores se toman en serio esa lección, la crisis europea se prolongará aún mucho más.

         Así, pues, ¿debería abrazar Europa el federalismo fiscal para fortalecer la zona del euro y restablecer la confianza de los inversores? El problema es que el federalismo fiscal significa cosas diferentes para las diversas personas.

         Los americanos creen saber lo que es: un gobierno central con un gran presupuesto (el 20 por ciento, aproximadamente, del PIB), cuyo papel macroeconómico es el de encargarse del gasto anticíclico y de la fiscalidad, pues la mayoría de los estados de los EE.UU. están comprometidos constitucionalmente con algún tipo de presupuesto equilibrado. Así fue claramente en el caso del programa de estímulo lanzado en 2009, que incluía transferencias federales a los estados para mantener el gasto fiscal en el nivel estatal. Asimismo, cuando un estado como, por ejemplo, Michigan se ve afectado por la recesión en su sector económico fundamental (la industria automovilística), Washington recauda menos impuestos federales, pero mantiene –si no aumenta– el gasto local, lo que contrarresta parcialmente la crisis en los ingresos del estado.

         Así, pues, económicamente, el presupuesto federal amortigua automáticamente las crisis regionales mediante medidas discrecionales y transferencias estabilizadoras a los estados. Políticamente, encarna la solidaridad y con ello contribuye a cimentar la unión.

         Si eso es lo que se entiende por federalismo, más vale que la Unión Europea lo olvide. El presupuesto de la UE asciende a un 1 por ciento, aproximadamente, del PIB, tan sólo una cuarentava parte del gasto público total. Nadie, ni siquiera los integracionistas europeos acérrimos, se imagina que pueda ascender al cinco por ciento del PIB (es más probable que disminuya), pero incluso un presupuesto del cinco por ciento del PIB sería insuficiente para desempeñar un papel macroeconómico sólido.

         Una segunda solución es lo que se puede llamar “federalismo distributivo”. El objetivo no es el de amortiguar las crisis, sino el de reducir los desfases de ingresos entre las regiones. En Alemania, los ingresos fiscales se redistribuyen entre los Länder. Ésa es otra forma de solidaridad, que también existe en la UE, donde se asignan fondos de desarrollo regional a las regiones más pobres para fomentar el crecimiento que reduzca su distancia. Esas transferencias son importantes para los países pobres: unos 300 euros por persona en el caso de Grecia y Portugal todos los años entre 2000 y 2006. A ese respecto, Europa no es cualitativamente diferente de los EE.UU.

         Esas transferencias han acelerado la convergencia, cuando se han aprovechado bien (por ejemplo, en varias provincias españolas), pero han resultado ineficaces cuando se han despilfarrado (como en Grecia), lo que infunde dudas sobre la utilidad de la solidaridad. Los alemanes, que desde la reunificación en 1990 saben de lo que hablan cuando se refieren a esa clase de transferencias, no quieren ni oír hablar de una Europa en la que las regiones ricas financiaran permanentemente las bolsas de subdesarrollo. No son los únicos al respecto.

         Entonces, ¿qué? Conceptualmente, la zona del euro debe incluir la solidaridad con los países que afrontan penalidades, porque eso es lo que une y da fuerza al todo... pero sin el rígido mecanismo de un presupuesto federal o un aumento permanente de las transferencias. Necesita algún tipo de seguridad mutua o lo que se podría llamar “federalismo basado en la seguridad”.

         En eso se inspiraba la decisión, adoptada el pasado mes de mayo, de crear el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (MEEF), mediante el cual se puede prestar asistencia, junto con el Fondo Monetario Internacional, a los países asociados en momentos de crisis. También es lo que inspiró al Banco Central Europeo el lanzamiento de un programa de compra de activos, que se ha utilizado para comprar bonos estatales griegos y portugueses.

         Pero el alboroto causado por esas decisiones refuerza las dudas en lugar de disiparlas. En Alemania, muchos consideran el MEEF una violación del principio fundamental de que los gobiernos de la UE no pueden ser rescatados por sus socios. Y la transformación del banco central en un agente cuasifiscal (porque, si se reestructura la deuda griega, el BCE tendrá pérdidas) inspira horror, pues viola la separación entre el dinero y las haciendas públicas.

         Hay quien afirma que, en lugar de eso, se debería haber permitido quebrar a los miembros de la zona del euro. No importa que la deuda pública media de los estados de los EE.UU. sea inferior al 0,5 de su PIB total, frente al cinco por ciento en la zona del euro, por lo que las repercusiones financieras de una quiebra soberana en la zona del euro serían mucho mayores, y tampoco importa que no exista la prohibición de la compra de bonos estatales en el mercado secundario: ya se ha cruzado el Rubicón y los alemanes están nerviosos.

         Así, pues, aún no hay un acuerdo para dar carácter permanente al MEEF, que se ha concebido para que sea lo menos federal posible. Por lo que se refiere a las compras por el BCE de bonos estatales, nadie entiende exactamente durante cuánto tiempo y para qué fin se utilizará esa nueva arma, lo que reduce su eficacia. Entretanto, las propuestas de que la UE evalúe antes de su aprobación los presupuestos nacionales han provocado críticas en Francia y en otros países, lo que sirve para recordar la distancia que media entre las peticiones de coordinación y la aceptación real de sus consecuencias.

         Los europeos han empezado a reunir los ladrillos para un nuevo edificio, pero sin haber acordado su tamaño ni su diseño. De momento, dan más bien la impresión de haber echado sacos de arena en desorden para intentar detener una ola, con lo que se puede infundir escepticismo a las propias personas a las que las autoridades europeas querían convencer. Es hora de aceptar que quienes financian a los gobiernos de la UE mediante la compra de sus bonos tienen derecho a formular preguntas inconvenientes y a esperar que se les den respuestas claras.

Jean Pisani-Ferry es director de Bruegel, grupo de estudio de las políticas y la economía de la UE radicado en Bruselas, profesor de Economía en la Université París-Dauphine y miembro del Consejo de Análisis Económico del Primer Ministro francés.

En este enlace puede encontrar un podcast de este artículo:
http://media.blubrry.com/ps/media.libsyn.com/media/ps/pisaniferry2.mp3

© Project Syndicate, 2010. www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
© Jean Pisani-Ferry
and Project Syndicate para Informe Uruguay

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