EL
DÍA QUE ALMERÍA NO MURIÓ
CUATRO
BOMBAS NUCLEARES SIN EXPLOSIONAR SON CUATRO MILAGROS
¿Qué es un
día especial?
Seguramente cada uno de nosotros responderá
de forma distinta. Un día especial puede ser el día en
que nuestro equipo favorito se clasificó campeón de un
torneo de especial renombre o, el día en que nuestro hijo
dejó sentir su primer sonido gutural en este mundo, o
quizás sea el día en que nos sentimos más enamoradosque
el propio Romeo.
Si le preguntáramos a los almerienses cuál
ha sido su día especial harán memoria para recordar, triunfos,
amores, incluso alguno señalará uno de esos días que todos
queremos olvidar como su día especial.
Una de las capacidades de la mente humana
es olvidar y quizás por ello muchos hayan olvidado que
el 17 de enero es el cumpleaños de cada uno ellos.
El 6 de agosto de 1945 los Estados Unidos
de América zanjaban en forma definitiva y drástica las
diferencias que mantenían con Japón y forzaban una paz
teñida de sangre para terminar con una guerra que había
durado seis años.
Veinte días antes, el 16 de junio, en el
desierto de Alamogordo, en Nueva México, uno de los estados
de los EEUU, tuvo lugar la primera explosión nuclear de
la historia.Desde ese día la humanidad no volvió a sentirse
segura.
Desde ese día, nombres como Hiroshima, Enola
Gay y Little Boy pasaron a ser sinónimo del terror colectivo.
En la década de los sesenta los Estados Unidos
tenían entre manos dos guerras menores ¿Hay acaso guerras
menores?, que estaban en uno de sus puntos más álgidos:
Viet Nam con su carga de vergüenzas y miserias y la no
declarada y quizás por eso, "fría", con la Unión
Soviética y China.
Entre marzo de 1958 y julio de 1976 Estados
Unidos almacenó armas nucleares en suelo español. España
fue uno de los 27 países que le permitió introducir esa
clase de armamento en sus territorios.
Era una noticia poco conocida, quizás porque
no era conveniente que se supiera que en las bases americanas
en suelo español había almacenadas 200 bombas atómicas.
Los recuerdos de Hiroshima y Nagasaki estaban demasiado
frescos como para que la información pudiera circular
libremente sin crear rechazo y quizás obligar a la revisión
de los acuerdos internacionales.
Después de todo ¿qué son 200 bombas atómicas
cuando el total de armas nucleares que los yanquis tenían
distribuidas en esos 27 país superaba las 12.000?
En Hiroshima el impacto de la bomba había
matado en forma instantánea a 200.000 personas y destruido
60.000 edificios ¿Cuántas muertes pueden ocasionar 12.000
artefactos de la misma naturaleza?, ¿Cuánta destrucción
habría detrás de la explosión de tan solo doscientos?
El
17 de enero de 1966 el viento soplaba fuerte en el levante
de la provincia de Almería, en el sureste de España. Era
época de invierno y las playas estaban desiertas, salvo
la presencia esporádica de algún pescador del lugar.
Un avión B 52 de la fuerza aérea de los EEUU
cumplía otra de las diarias misiones de vigilancia de
una "invisible" cortina de acero.
En su panza el gigante transportaba cuatro
bombas de hidrógeno de 1,5 megatones y de siete metros
de largo. Llevaba ya doce horas sobrevolando el mar Mediterráneo
y sus tanques necesitaban reaprovisionarse de combustible.
Un avión nodriza, un K 135 despegó de la
base aérea que los Estados Unidos tienen en Morón de la
Frontera en Andalucía con más de 110.000 litros de combustible.
La cita con el B 52 estaba fijada para las diez de la
mañana sobre la costa española.
Hasta aquí todo había sido una continuidad
de trámites rutinarios. La colisión no estaba prevista
ni pasaba por la mente de ninguno de los tripulantes.
Por otra parte desde tierra no eran pocos
los lugareños que ya tan acostumbrados a ver repostar
los aviones en pleno vuelo y sobre sus cabezas, a esa
hora buscaban lo que hasta entonces habían tomado como
un espectáculo normal y hasta curioso.
Ese día la curiosidad se convirtió en asombro
y enseguida dio paso al temor: los dos gigantes acababan
de chocar en el aire. El B 52 se había dado contra la
panza de la nodriza y los testigos aseguran que vieron
saltar siete hombres en paracaídas.
El B 52 solo tenía tres ocupantes pero no
había error en el cálculo, los paracaídas llevaban hacia
tierra siete formas ovaladas. Tres sentían dolor. Las
otras cuatro eran objetos insensibles pero terriblemente
peligrosos.
La explosión y caída del B52 fue lo que alertó
a los vecinos de Palomares, y lugares tan distantes como
Vera, Garrucha, Águila (Prov. de Murcia), Cantoria u Olula
del Río, donde mi marido, desde el balcón de su casa,
fue testigo presencial del accidente.
Muchos almerienses, al igual que él, pensaron
que los aviones pertenecían a algún espectáculo de exhibición
aérea, más que en la fecha en varias localidades de la
zona se celebraban las fiestas en honor de San Antón.
El
17 de enero de 1966 cuatro bombas atómicas cayeron sobre
el poblado de Palomares, junto a Villaricos, en la desembocadura
del río Almanzora. Ninguna de ellas explosionó porque
no estaban "cebadas", no obstante el peligro
de que los detonadores de TNT hubieran estallado como
consecuencia de la caída abriendo las carcasas, dejando
escapar plutonio y uranio radioactivos estaba latente.
Inmediatamente de conocido el accidente los
consejeros militares estadounidenses en España informaron
a las autoridades del país y un buen número de altos cargos
políticos llegaron al lugar del siniestro. Al mismo tiempo
desde Estados Unidos, sin ninguna demora, partía rumbo
a España un equipo militar de emergencia que tendría a
su cargo calibrar la situación, solucionar lo solucionable
y evacuar los restos del accidente, supuestamente hacia
los Estados Unidos.
En un primer momento la prensa no tuvo acceso
a la verdadera información. No podemos decir que se haya
tergiversado nada. Lo que se dijo había sucedido: un avión
militar de la Fuerza Aérea estadounidense había sufrido
un accidente sin víctimas civiles.
Lo que se trató de ocultar fue el peligro
que en ese momento corría la desprevenida y confiada población
de Palomares. Solo cuando los cordones de seguridad y
el despliegue de efectivos fue notorio, los periodistas
comenzaron a atar cabos, investigando para hacer conocer
al mundo la noticia.
Pero a los 2.500 habitantes de Palomares
no se les informó de nada. Se dice que se pretendía evitar
generalizar el pánico que comenzaron a sentir cuando se
les prohibió salir de sus casas y vieron los aviones pasando
a baja altura sobre los campos cultivados. Cultivos que
se les prohibió cosechar.
Y sin lugar a dudas hubiera habido pánico
si se hubiera informado que las tres bombas que habían
caído cerca del poblado se habían abierto y por las fisuras
escapaba uranio y plutonio. El viento ayudaba a esparcir
aquel invisible veneno.
Y lo hubiera habido si los habitantes de
Palomares hubieran sabido entonces que las muertes por
cáncer aumentarían considerablemente en la zona y que
durante el resto de sus vidas, periódicamente y casi en
secreto deberían realizarse controles médicos en la capital
española.
La primera bomba abrió un cráter en un campo
cercano. La segunda se encontró en la zona montañosa a
unos cinco kilómetros y la tercera fue hallada por un
lugareño junto a su vivienda en las afueras del pueblo.
El artefacto, como los otros dos, estaba astillado y éste
despedía humo y algo de polvillo radioactivo.
Ese día Francisco Simó Orts (desde entonces
conocido como "Paco el de la Bomba") estaba
pescando en su barca, cuando vio un objeto metálico que
dos paracaídas sostenían en un descenso más bien lento,
y que caía a pocos metros de su embarcación.
Una vez en tierra Paco comentó a algunos
amigos lo extraño del suceso y con éstos decidió dar aviso
a la policía local pero ésta poco sabía de la que se había
dado en llamar "Operación Flecha Rota". La cuarta
bomba, que en esos momentos era buscada casi con desespero
estaba en el mar pero el misterio con que los americanos
venían manejando el asunto les bloqueaba el acceso a la
información.
Lo cierto es que a unas seis millas de la
costa el artefacto movilizó a 20 barcos, 2.000 marineros
y 120 hombres rana, un batiscafo y dos submarinos miniatura.
Hallarla era una necesidad de primer orden porque de no
hacerlo los dispositivos metálicos podían llegar a oxidarse
y producirse la contaminación del Mediterráneo.
Dos meses de búsqueda y tres semanas para
su recuperación la hicieron quizás, de las cuatro, la
más famosa. Al menos la que mayor cobertura periodística
recibió.
En
tierra se recogieron los restos del avión siniestrado.
Cada centímetro de terreno fue "peinado" cuidadosamente.
Durante meses un campamento de marines americanos
se instaló en las afueras del pueblo.
La tierra contaminada fue retirada, embolsada
y trasladada ¿a dónde?
Para tranquilizar a los habitantes del lugar
el entonces Ministro de Información y Turismo, Manuel
Fraga Iribarren bajó a la playa y, a pesar de la época
del año, se bañó en las aguas mediterráneas como prueba
de que no existía peligro de radioactividad.
Había sido evitada una catástrofe de consecuencias
imprevisibles. Palomares y Almería toda volvían a la normalidad.
Treinta y siete años después del accidente
de Palomares muchos almerienses han olvidado que cada
17 de enero es su cumpleaños, al menos su segundo cumpleaños.
¿Qué hubiera ocurrido si las bombas hubieran
estallado, si el material radioactivo hubiera escapado
en mayores cantidades, si Paco no hubiera estado pescando
aquel día en aquel lugar?
¿Creemos en los milagros? El 17 de enero
de 1966 Palomares vivió su propio milagro, más si tenemos
presente que cada una de las bombas en cuestión tenía
un poder destructivo dieciséis veces superior a la de
Hiroshima.
Almería (el sur del norte) cada 17 de enero.