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Año V Nro. 336 - Uruguay, 01 de mayo del 2009   
 
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Marcos Cantera Carlomagno

La paella de siempre
por Marcos Cantera Carlomagno

 
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         Vivimos tiempos terremóticos. Se caen todas las estanterías, desde las de Wall Street hasta las de los Abruzos. Y con la caída queda al descubierto que aquí no ha cambiado nada. He ahí la gran enseñanza: al final, no habíamos inventado el capitalismo perfecto ni habíamos superado el eterno cretinismo.

         Ya en 2001, la Protección Civil italiana señaló la necesidad de solucionar la peligrosa fragilidad edilicia en la ciudad del Aquila. No se hizo nada. Al geólogo que anunció el terremoto, hace varios meses, no sólo que lo echaron del trabajo sino que, además, el gobierno le inició juicio penal por alarmista (vamos mejorando: antes, la Inquisición lo hubiera quemado vivo en la hoguera). Al final no quedó ladrillo sobre ladrillo: la historia le dio la razón al especialista pero el juicio sigue.

         Y ahora, los mismos cretinos que miraron para otro lado durante años se rasgan las vestiduras y denuncian que las casas antisísmicas, que tanta plata costaron, no eran antisísmicas. Fueron hechas con arena marina, más barata que la de rigor, pero llena de sal que se comió los hierros. Más de media Italia está construida con elementos de cartón por las empresas de la mafia, para desgracia de la gente y bienestar del bolsillo de la delincuencia (no sólo la siciliana de escopeta con caño recortado, que aun vemos en el cine, sino que la de traje y corbata de seda, esa que se sienta en los municipios, en el Congreso y en el gobierno).

         Se me dirá que Italia es Italia y que por eso no sirve como ejemplo de estudio. Veamos entonces otro caso cercano.

         Seducidos por la bonanza de los últimos años, casi todos los especialistas en economía y política y buena parte del periodismo analizador han insistido en que España había, finalmente, abandonado la ruta del atraso y entrado en el mundo desarrollado. Esto fue posible, nos han querido hacer creer, gracias a la aplicación de un mecanismo de reconocida eficacia. Una especie de aspirina social.

         La conclusión de estos análisis era: si la Madre Patria pudo, nosotros, como herederos naturales, también podemos poder.

         Una de las cosas que sostenía esta gente tan entendida era que si el PBI crecía un 5% durante una década ininterrumpida, si se liberaran algunas trabas aduaneras y se cultivaba el diálogo con las minorías políticas, Uruguay, Argentina y todo el resto del mundo colonial hispano podía seguir el brillante ejemplo de España. Y tanto repitieron la receta, que al final habían convencido a muchos. La puerta para entrar al desarrollo estaba ahí, a la vuelta de la esquina.

         Pero resulta que Argentina creció al doble por ciento de lo “necesario” durante siete años consecutivos y está hoy peor que nunca. Resulta que Uruguay bate récords de exportación pero también de violencia callejera; que sube el PBI pero baja, con la misma velocidad, el nivel de armonía ciudadana; que aumenta la conexión a Internet y disminuye la conexión entre los integrados y los marginalizados. Algo, evidentemente, ha fallado en el análisis que durante años dominó el escenario regional. ¿Por qué, si España pudo, nosotros no podemos?

         En la presentación de mi libro La herencia, cultura y atraso, cuyo nombre lo dice todo, alguien del público cuestionó mi postura de que el subdesarrollo es cultural, tiene que ver con los valores dominantes en una sociedad, y que la cultura no se cambia sino en cientos y miles de años. Como ejemplo de que yo andaba mareado y me había caído de la calesita se nombró, justamente, el caso de España.

         Y ahí vino la Historia a los pocos días y me dio la razón, igual que al geólogo desoído. Y es que España atraviesa hoy una crisis especialmente dura, pues a los problemas comunes con las naciones desarrolladas, el país se enfrenta a sus propios problemas de subdesarrollo secular. La cosa casera. La misma paella de siempre.

         No se trata solamente de los créditos tóxicos. Se trata, también, de una visión tóxica del mundo y la vida. Una prueba de ello lo tenemos en la reciente reorganización ministerial de Zapatero y en los comentarios que la misma produjo a todos los niveles.

         El nuevo gobierno representa una alternativa más sectaria que el anterior. Eso anuncia que los duros enfrentamientos entre socialistas y populares, que han envenenado la vida política y social de España en muchos años, no se mitigarán sino que recrudecerán. En vez de colaboración interpartidaria, como en los países desarrollados, veremos más tortazos ideológicos y golpes bajos, que es la marca registrada del subdesarrollo.

         Pero la oposición no es mejor. Sintomático hasta decir basta fue el mensaje editorial del diario El Mundo, que empapela los kioscos con veleidades de madurez política y desarrollismo intelectual. La tesis central del editorial, al analizar el último cambio ministerial, es que Zapatero se equivocó, pues podía “haber aprovechado” el reajuste gubernamental para ahorrar plata, eliminando un par de ministerios de poca monta. Por ejemplo, “Ciencia y Cultura”. Cuando todo está dicho, no hace falta agregar nada.

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