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Año I - Nº 48 - Uruguay, 17 de octubre del 2003

Mujeres Desbancadas
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Ojos Uruguayos en Brasil
Dos Modelos de País
Ley de Derechos y Libertades de los Extranjeros en España
Cuando Tarzán estuvo en la frontera
Hurgando en la Web
Recuerdos del Ayer
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El Marinero
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

MUJERES DESBANCADAS      

por Graciela Vera

 

 

Las mujeres hemos perdido uno de los últimos reductos que considerábamos de nuestra exclusiva propiedad: esas salas donde con tanto gusto concurrimos a sufrir, y aunque hay quién dice que con la intención de provocar envidia en nuestras congéneres, nosotras nos autoconvencíamos de que era, sólo y exclusivamente para agradar a nuestros hombres, y ya que estamos, también a los ajenos.

¡¿Qué podremos decir en el futuro para justificar que voluntariamente entremos sonrientes a los sitios donde se nos aplicará el martirio?!

Por ellos (los hombres) soportábamos estoicas y largas sesiones de peluquería con tintes que parecen escocer hasta nuestro cerebro…

- ¿Arde?

-  Un poquito, pero se aguanta.

Y aguantando apretamos los dientes y contamos los minutos que restan para finalizar el suplicio y recibir el baño de agua pura  mientras rogamos  que el bulbo capilar resista y que, después de tantos años de ser maltratado con pinzas calientes, permanentes y laciados, según los dictados de la moda, horas de secador y cepillos de púas, nuestro cabello nos perdone y no nos deje tan calvas como, según Isaías, estaban ‘las mujeres de Sión’.

Y mientras un mechón de nuestros cabellos es retorcido, cogido por una aguja decrochet  y pasado por la textura de una estrechísima gorra que nos comprime la cabeza sentimos, un pinchazo en el dedo meñique de nuestra mano derecha.

- ¡Ay!

- Perdón, ¿dolió?

- No querida, me tomaste de sorpresa.

- Es que aquí tiene la cutícula levantada, ¿quiere que se la corte?

Y aunque nuestro subconsciente nos grita un tremendo no:

- Sí, de lo contrario quedará desprolija.

Y mientras se ensaña con nuestras uñas y todo lo que las rodea, la manicura nos autoriza:

- Si vuelvo a hacerle daño me avisa.

Y nosotras sonriendo, ya resignadas, moqueando porque el olor del producto que nos están aplicando en esos mechones que sobresalen de lo que se asemeja a una bola de billar es tan fuerte como para irritar nuestros lagrimales, pensamos que después ¿para qué le vamos a avisar?, si el daño ya estará hecho.

Pero ésta es la sala de sacrificios menores, a la que cualquiera puede echar una miradita, nosotras sabemos que hay otra más privada y con herramientas de tortura más refinadas.

En el primer recinto hace ya algunas décadas que comenzamos a perder nuestro sitial y hoy por día dejamos de tener un templo privado; ya no podemos decir que estamos allí por ellos, porque ellos también están allí, y lamentablemente no lo hacen por nosotras sinó por ellos mismos.

Es por eso que en los últimos años hemos sentido un mezquino goce al verlos apretar los párpados para que no nos demos cuenta que en esta cámara de torturas sufren al igual que nosotras.

¿Qué quienes son ellos?

Pues ellos, esos seres que, desde que en los años 50 se crearon los perfumes masculinos a escala comercial, perdieron el recato y descubrieron que cubrir el olor de las feromonas con ‘Armani’ o ‘Polo Blue’ era un nuevo método de seducción, que les garantizaba más éxitos que los anteriores; pero no es de perfumes que estamos hablando y menos aún de camelos amorosos; ¡y por supuesto que me refiero a los hombres!

Al principio esperaban que no hubiera clientas para hacerse un cortecito de pelo, todo comenzó por aquellas melenas que los barberos tradicionales se negaban a modelar, después vinieron los laciados, las permanentes, los tintes y hasta las mechas… y ya no les importó compartir hasta nuestras tazas de café y ocupar, sin el más mínimo recato, el sillón a nuestro lado. Incluso llegan a comentarnos las notas de las revistas del corazón que, ya en tren de aguantar, tenemos que suponer que dárnoslas para entretenernos no es más que otro castigo que se nos impone  por ser tan masoquistas.

Y como las peluquerías ‘de señoras’ se habían convertido en ‘salones unisex’ y nuestras intimidades habían sido desbancadas, nos habíamos atrincherado en el último y aterrador reducto de los ‘centros de belleza’.

-¡Ay1, ¡Ay!, ¡Ayyy!

-¿Duele?

¿Porqué será que la letra de esta canción ya la he oído?

- No, bueno, un poco, no… nada, bueno, si…

- Es que el bello está muy rebelde aquí, ¿se ha pasado navaja?

¿Y que quieres que hiciera si no había turno para una depilación y tenía que encontrarme con los muchachos en la piscina del Country?

- Si, pero solo una vez.

Y con esta confesión, arrancada un poco a mansalva, me siento tan culpable que aprieto los dientes y aguanto.

- Mmmmmmmmmmm

¿Por aquí también?

- Si… ¡Uyyy!, ¡Ayyyy!... Mmmmmmmmmmm

La docilidad conque las mujeres modernas aceptamos la tortura debería haber hecho feliz al Marqués de Sade, de vivir este personaje que ya no me parece tan siniestro, en estos tiempos.

Seguramente que hubiera aprendido las refinadas técnicas de la tortura en pro de la moda. Y hablando de modas ¿sabe alguien quién dijo – si es que alguien lo ha dicho – que la mujer no debe tener bello en sus piernas, en sus axilas, en su rostro, cuando la realidad nos demuestra lo contrario?

Ahora sí que encontramos una cámara de torturas que nos deja totalmente satisfechas.

Si la Inquisición lo hubiera adivinado, seguro que cambiaba la hoguera por la cera.

Y ni ésta ni el otro (el otro es el Marqués)  hubieran tenido problemas para retener a las víctimas.

Suficiente con una camilla y allí, tendida, indefensa, la mujer aguarda, con el estómago encogido pero sin perder la sonrisa

– Ayyyyyyyyyyyyyy que le arranquen los pelos de un tirón mientras sobre un estante, la pinza para depilar las cejas aguarda su momento de gloria.

¿Quién, además de esta primitiva sufridora, podría voluntariamente solicitar una sesión para que alguien pase un torno por las uñas de nuestros pies mientras nosotros pensamos que si a ese alguien le llegara a temblar el pulso, seguramente deberíamos pedir un número menos cuando compráramos nuestro próximo par de zapatos.

Apuesto que analizar este comportamiento de la mujer moderna hubiera sido uno de los trabajos favoritos de Sigmund Freud, pero aquí estamos de nuevo en que ya ni siquiera nos han dejado este privilegio.

Masoquistas o no, las mujeres también hemos perdido este último reducto y mientras esperamos turno dando vueltas las páginas de una revista de modas y mirando esos modelitos que nos dejan pensando si habrá cristiano que se anime a ponérselos los vemos entrar y con total desparpajo preguntar si deben aguardar mucho rato para ser atendidos.

Me resulta difícil de creerlo. ¡Tan machos que parecían!

Y a nosotras que después de tanto sacrificio, la piel suave, lisa, perfumada, con el rostro donde lucimos dos cejas perfectas, con el cabello ligeramente ondulado pintado del color de moda, nos consideramos listas para dejarnos conquistar, pensando aún que hemos hecho todo por parecerles más bellas, se nos derriten los plomos.

¿Esperamos acaso un hombre de pelo en pecho?, ¿o tal vez soñamos con el recio de barba poblada, que se afeita en seco  con la hoja de su cuchillo de monte, mientras silba una tonadilla?

Bueno, pensándolo bien este estereotipo que nos dejaron las viejas películas del oeste americano, también tenían su cuota de masoquismo.

¿Pero quién dirá hoy día a su pareja?: - La tersura de tu piel me enloquece.

Mujeres: debemos resignarnos y aceptar que nos han desbancado también de este privadísimo sitio y si nosotras usamos pantalones, ellos usan afeites; y si nosotras conducimos camiones y no nos arrugamos ante ningún trabajo, ellos  se ponen ‘bonitos’  y desde atrás de la revista que están leyendo en la misma salita de espera nos preguntan… ‘te parece que otro aro en esta oreja me quedará bien’.

No se si se trata de una nueva clase de hombres o son los de siempre que se han sacudido las mojigaterías, lo cierto es que no tienen una edad definida, pueden estar recién salidos de la adolescencia o ser ya cincuentones; no todos lo hacen por trabajo, algunos simplemente por el placer de ‘quedar mejor’,en su primera visita los corta un poco que los atienda una mujer pero después ¡Que va!, y lo que
resulta más erubescente para nosotras es que ya no se ocultan, por el contrario compiten abiertamente por un turno  

Eso sí, aguantan menos que nosotras. Y hasta algunos se han desmayado y muchos llorisquean como bebes, pero llegan hasta el final.

Claro que debemos tener en cuenta que su bello es más grueso y que ocupa partes del cuerpo que nosotras tenemos libre, como por ejemplo, el tórax.

- ¡Uyyyyyyyyyy!. Me duele de solo pensar en ese tirón.

Y las profesionales que los atienden, no crean que las tengan todas consigo. El esfuerzo que deben hacer para arrancar el pelo de un hombre, ¿han visto que dejamos la palabra vello para las mujeres?, es mucho más y terminan recurriendo a los analgésicos para aliviar sus doloridos brazos.

A lo que aún no se han atrevido estos modernos Adonis, es a que les depilen la barba, en lo demás, lágrimas por medio, ¿acaso creían ustedes que los hombres que vemos pasear por las playas tienen poco o ningún vello por alguna variable genética?

Las mujeres pedimos igualdad en todo, pero me da bronca el que nos hayan desbancado de estos recintos donde con tanto placer nos dejábamos torturar.

Ya no somos las únicas que sabemos los secretos de esos dos recintos. Ya no podemos vanagloriarnos de ‘hacerlo por ellos’, y menos aún podemos decir que ellos ni se imaginan por lo que nosotras tenemos que pasar para resultarles bonitas.

¡Desbancadas! Y lo más ominoso es que ni siquiera lo hacen por nosotras.

Almería, octubre 2003


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