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Año V Nro. 306 - Uruguay,  03 de octubre del 2008   
 

Visión Marítima

historia paralela

 

Sobre la redistribución
por Juan José Garrido Koechlin

 
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         Redistribuir implica, necesariamente, tomar de los bienes de un individuo a fin de proveer a otro. No existe otra manera de reproducir la acción redistributiva; constituye quitar a uno para darle a otro. Evaluemos —por ello— las implicancias de la acción en dos planos: el moral y el práctico.

         En el plano moral, es intuitivo tratar de teñir el tema sentimentalmente (el efecto del marco humanitario es muy potente), empero, moralmente la redistribución es inaceptable. Tomar de uno no es otra cosa que robar, y tomar de uno para dar a otro es esclavizar: robas al tomar aquella propiedad que no te pertenece, esclavizando al productivo a favor del improductivo (las razones de dicha improductividad es otro tema).

         Habrá quien argumente que está de acuerdo en que le quiten para darle a otros (en cuyo caso, sería más eficiente si donase directamente los recursos, pero ese también es otro tema); empero, eso es en lo que compete a sí mismo, no a los demás. Que el Estado sea el agente de redistribución tampoco cambia el sentido de la acción, y que sea aceptado por mayoría —léase, democráticamente— menos: el acto redistributivo sigue siendo el mismo (que el Estado extraiga de uno en beneficio de otro). Circunstancialmente, aceptar el acto significa estar de acuerdo con el carácter delictivo del mismo.

         En lo práctico, la redistribución es contraproducente por varias razones: vulnera el sistema de propiedad privada, desbarata la estructura de incentivos que enfrentan los individuos, fomenta el encubrimiento de beneficios en perjuicio de la inversión y el ahorro, convierte a un grupo de individuos en parásitos, fomenta la informalidad, alimenta la envidia y el conflicto social, entre otros. En resumen: vulnera los conceptos de libertad y justicia que el sistema dice promover.

         Quienes apadrinan las políticas redistributivas aluden al carácter utilitarista del mismo: al redistribuir, se equipara a unos con otros, reduciéndose a través de ello las fricciones sociales. Al final, sabemos que no es así, en tanto es lógico que unos exigirán más de los expropiados, y los otros demandarán que se reduzcan los montos de expropiación.

         Por supuesto, no hay que desesperanzarse. Primero, cada quien es libre de ayudar voluntariamente, y enhorabuena por los que así deciden —que son, dicho sea de paso, muchos. Empero, la solución real gira en torno a los incentivos que enfrentan los individuos para crear riqueza, más que en simplemente redistribuirla. En otras palabras, hay que fomentar la creación de riqueza más que en redistribuir la ya creada.

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Fuente: Cato Institute
 
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