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Año V Nro. 363 - Uruguay, 06 de noviembre del 2009   
 
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Visión Marítima

 
Dr. Jorge T. Bartesaghi

Cuidado con el poder absoluto
por Dr. Jorge T. Bartesaghi

 
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         Las elecciones nacionales del último domingo nos dejan un escenario, si bien hipotéticamente previsible, muy sorprendente. Tanto que la extroversión de los sentimientos provocados por esos resultados no se alinearon con los paradigmas que podrían considerarse habituales para las mismas circunstancias.

         El Frente Amplio, vencedor por amplísimo margen, no se consolaba por no haber podido lograr la mayoría absoluta, y de esa forma el gobierno en “primera vuelta”, y a medida que pasaban las horas permitía que se esfumara la euforia inicial para dejar paso a una sensación de frustración, hasta de fracaso.

         Sus militantes, de cuya hiperactividad proselitista nadie tiene derecho a dudar, se dejaban ganar por los gestos adustos, casi tristes de sus líderes, y a las pocas horas abandonaban la gran concentración, retirándose sin estridencias, con una sensación parecida a la derrota. A pesar de que la diferencia en votos no era tanta, se estaba muy lejos de aquel “…festejen uruguayos, festejen”.

         El Partido Nacional, por su parte, que confirmaba una muy magra votación, sin duda inferior a la que sus partidarios predecían, que además era sorprendido por resultados negativos en departamentos de añeja tradición nacionalista, aferrándose a la esperanza de un triunfo en segunda vuelta daba rienda suelta a su alegría y festejaba bulliciosamente en varias zonas de la ciudad.

         Y por otro lado el Partido Colorado que lograba una estupenda votación que superaba incluso los pronósticos más optimistas, que volvía a posicionarse dentro del espectro político recuperando el peso específico que su tradición le otorga, y que sin duda tenía todo el derecho y las razones para festejar, lo hacía en forma alborozada despreocupándose de haber quedado eliminado de la justa por el gobierno de la república.

         No importaba porque el resultado primario mantenía vivos sus principios fundamentales y por tanto sus banderas ondeaban jubilosas junto a las del Partido Nacional.

         Todo parece un contrasentido. Pero no lo es. Es el nuevo esquema de política electoral en el que deberá moverse el Uruguay del futuro.

         Hoy, nos guste o no, tenemos un país fragmentado, partido al medio, y, por mera casualidad, en dos mitades bastante equilibradas.

         Por un lado el Frente Amplio, autoproclamado progresista, compuesto por corrientes del más diverso contenido ideológico, algunas de ellas antagónicas, que han entendido que sólo una firme coalición que los aglutine puede mantenerles en poder.

         A su frente los partidos fundacionales, y seguramente por afinidad ideológica también el Partido Independiente, han dejado de lado, superado, sus antagonismos y sus diferencias históricas coincidiendo en la defensa de los grandes principios democráticos de corte republicano y representativo.

         Cada uno con su independencia, su historia, sus luchas y sus muertos, comparten similares visiones de país al punto de conformar la otra mitad de la sociedad uruguaya que no acepta las propuestas del conglomerado frenteamplista.

         Esta es la realidad de nuestro Uruguay de hoy. Que sean dos mitades nada tiene de diferente a lo que exhibe el mundo contemporáneo que ordinariamente muestra dos grandes bloques ideológicos. Lo distinto, lo excepcional, es que esas dos mitades expresen dicotomía tal que ubican a los miembros de una de ellas en las antípodas del pensamiento que propone la otra.

         Lo grave y triste de esa realidad es que ambas visiones parecen irreconciliables. Y lo que es peor aún es que la división esté cimentada en el rencor, el odio y el resentimiento.

         El conglomerado de izquierda, sujeto al liderazgo personal del senador José Mujica secundado por el Partido Comunista y otros grupos de origen tupamaro, no se atreve a definir su ideología por cuanto seguramente no sería compartida por los otros integrantes de la coalición. Todo se mantiene en la nebulosa y entonces surgen dudas sobre infinidad de temas de crucial interés de los ciudadanos, como por ejemplo, cuál la nueva dimensión que se pretende dar al derecho de propiedad, cuál la relación política y la dependencia económica con el Sr. Chávez o los Sres. Kirchner, con qué contenido será citada la prometida Asamblea Nacional Constituyente, y tantas y tantas incógnitas más.

         La otra mitad, que propone la presidencia del Dr. Luis A. Lacalle, tiene claras, conocidas e indubitables definiciones sobre todos los temas que interesan a la gente, estado de derecho, seguridad, educación, salud, vivienda, justicia y amparo social, y el respaldo de colectividades que nacen con la patria y han forjado su destino.

         Los uruguayos ya hemos conocido los riesgos del poder absoluto. Sabemos de mayorías parlamentarias suficientes y engreídas que han evitado el control de las minorías, con todo el daño que ello implica.

         Sabemos del riesgo que supone imponer visiones excluyentes en la organización de la sociedad sin más autoridad que el carácter mesiánico de sus líderes.

         Conocemos la actitud de los grupos radicales, siempre dispuestos a sesgar la educación mediante la distorsión de los hechos del pasado y a magnificar diferencias sin otro sentido que fomentar la lucha de clases.

         No repitamos ese error, menos aún a manos de quien ninguna seguridad ofrece.

         En noviembre estará en juego el futuro, el nuestro y el de nuestros adversarios, el de nuestros hijos y el de los hijos de ellos.

         Los orientales, blancos, colorados, frentistas o independientes conocemos las consecuencias del voto en uno u otro sentido. No nos equivoquemos. Porque es nuestro deber. También, porque nuestros hijos nos lo pueden demandar.

© Dr. Jorge T. Bartesaghi

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